Mascarones, caretas, caretones

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

El uso habitual de una máscara es esconder, disfrazar, disimular el verdadero rostro detrás de una figura, una imagen que lo reemplace desde la simulación grotesca o la ironía. Pero la utilización ritual de las máscaras, en su acepción más antigua, no estuvo tan relacionada con la simulación sino con la representación de una realidad invisible a los sentidos ordinarios pero presente –o de presencia necesaria- en el grupo social. El rostro del cadáver del faraón se cubría con una máscara que reproducía los rasgos de cuando esa cara tenía vida, como una manera de expresión de la continuidad de la misma, por otros medios, en otras dimensiones. El chamán mesoamericano cubría su rostro con complejas máscaras rituales para traer al presente, al seno de la comunidad reunida, la presencia de la lejana divinidad. Hasta el día de hoy la ritualidad tribal africana se desarrolla en torno a una figura enmascarada, que salta y baila en el trance de los conjuros.

Prácticamente no hay registros de una cultura primitiva que no haya utilizado, en algún momento, la figura vicaria para hacer presente la “otredad”, cualquiera sea, desde la amable lluvia hasta el caretón terrible del diablo. Y esas máscaras nunca desaparecieron: mutaron, en el desarrollo social, hacia sistemas de signos en el lenguaje –oral y gestual- que termina definiendo a una cultura. En cuanto a la comunicación hablada y escrita, las sociedades modernas han evolucionado hacia multi-sistemas de signos, cada vez más complejos, en sus tres dimensiones: la forma (que la lingüística desagrega en fonología, morfología, y sintaxis); la semántica, con foco en el significado de los fonemas; y en el uso, o sea en la pragmática. Al hablar de semiótica, la figura de Umberto Eco sobresale, pero aún antes que él la pragmática ya había sido el centro del interés del profesor estadounidense Charles S. Peirce. Después, con el empuje del estructuralismo en las ciencias sociales, Ferdinand de Saussure introdujo su teorización del signo lingüístico, promediando el siglo XX. Los libros de Eco, a partir de estos dos precursores, han sido determinantes para el análisis y la crítica cultural desde entonces y hasta ahora, porque el profesor de Bolonia concluyó que si la sociedad en la que vivimos no es otra cosa que un complejo sistema de signos, esa mediación, esa máscara, esa figura vicaria de una cosa que representa otra cosa, son las que realmente hacen posible la vida en sociedad.

No tengo intención aquí de hacer una introducción a la semiótica ni mucho menos, sólo quería traer la referencia para remarcar el hecho de que las ciencias sociales contemporáneas han remarcado, en sus reflexiones, la importancia constitutiva de la dimensión simbólica para las estructuras sociales. No se trata de elementos accesorios, de adorno, de folklore. Los símbolos, en una sociedad, no son elementos de los que se pueda prescindir ni, de una manera irresponsable, marginar. Menos que ninguno, aquellos que hacen a la identidad colectiva, aquellos que en el vocabulario escolar designábamos como “símbolos patrios”.

Cierta izquierda “internacionalista” generó una tradición de desapego hacia los elementos que conforman la representación simbólica de un colectivo social frente a la comunidad mundial, entre otros elementos porque aquellos eran fuertemente reivindicados por el nacionalismo vernáculo: la vieja derecha que, junto con el poncho de vicuña doblado sobre el hombro izquierdo, y las “peñas patrióticas”, también consideraban casi un patrimonio propio a bandera, himno y demás elementos en que la personalidad de una nación se enmascara.

Pero ahora asistimos, perplejos, a una paradoja ideológica: a aquella prescindencia de los símbolos patrios heredada del cosmopolitismo marxista (porque la revolución debe unir a las clases proletarias del mundo contra la opresión de cualquier Estado), ha venido a unirse la prescindencia que inaugura la nueva derecha.

Al ajuste estructural en la economía y en el trabajo, el Gobierno suma también el ajuste en los símbolos, con meras argumentaciones de coyuntura. Primero, sacan a los hacedores de la Nación de los billetes, para reemplazarlos por horneros, ballenas, guanacos y yaguaretés; el Presidente de la República no asiste a la conmemoración nacional por el Día de la Bandera, en Rosario, alegando condiciones poco satisfactorias en el dispositivo de seguridad contra su persona e investidura (léase, la posibilidad de un escrache, marcha, cántico popular irónico u otra amenaza de índole similar). Menos de un mes más tarde, el ministerio de Defensa anuncia la suspensión del desfile con que se honraría a uno de los momentos fundacionales de la Nación, alegando motivos presupuestarios. Los militares, por su parte, dejan trascender a los medios que son ellos quienes se niegan a participar de la celebración simbólica de la patria, porque sus sueldos se han atrasado a niveles de miseria y se sienten destratados frente a la Gendarmería, el cuerpo de seguridad escogido como guardia pretoriana y mimado por el Presidente y su gabinete.

Desde donde se lo mire, no puede concluirse sino que constituye una sumatoria de errores, de daños imprevisibles en el largo plazo. Los símbolos -como lo han demostrado de una manera contundente Pierce, Saussure y Eco- contienen los elementos que representan el ideal de la comunidad sociopolítica que aspiramos a ser, y las luchas libertarias y emancipadoras que nos han traído hasta aquí. No hay futuro político sin arraigo en la personalidad, social y cultural, propia y diferenciada. No hay sociedad sin símbolos. No hay república sin construcción de una identidad que teja el entramado popular con su historia común, su territorio, su lengua y su forma de ser en el mundo, de vivir y de morir.

No será gratis prescindir irresponsablemente de las máscaras que nos permiten mirar el rostro del pueblo que aspiramos ser.

06 Julio 2018
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