Sostener la clandestinidad

Cuaderno de bitácora, por Nelson Specchia

Apuntes a vuelo de pájaro. Tres de la madrugada del jueves 9 de agosto de 2018, 16 horas de sesión en el Senado. Acaba de votarse y decidirse la suerte transitoria de la mayor movilización social de los últimos tiempos: el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, con media sanción ya de Diputados, y ha sido rechazado: 38 votos en contra, 31 a favor, dos abstenciones. Afuera, una abarrotada multitud permanecía en “vigilia” al viento helado y bajo la lluvia; las movilizaciones y concentraciones se replicaron en todos los centros urbanos: crucé un par de veces por la Hipólito Yrigoyen y no pude menos que emocionarme por el tamaño de esa marea humana de pañuelos verdes, la alegría que se palpa en los grupos arracimados, y la juventud del colectivo. Además, la mayoría aplastante son mujeres, ratificando que esta causa es –y seguirá siendo- la suya.

idea era, con el streaming del Senado y el Twitter en el teléfono, ir punteando una crónica como la que hice cuando el tratamiento en Diputados (ver “Metáforas de una noche interminable”, HDC, 15 de junio). Aquel debate fue importante, rico en conceptos y en matices, más allá de las chicanas de los duelos verbales o del anecdotario, entre hilarante y surrealista, que alimenta Lilita. Pero la sesión de Senadores no fue comparable con aquella; entonces los colectivos feministas, transversales a bancadas y bloques, encontraron a los sectores que reaccionan al proyecto con la guardia baja. No se lo esperaban, y no tuvieron el tiempo suficiente para una coordinación interna y armar un lobby externo que, como pinzas, apretaran para cerrar el paso a la iniciativa. También fue diferente la postura del Gobierno: según la versión Carrió, el Presidente habilitó el debate cuando le aseguraron que el tema no se aprobaba en Diputados. Pero se aprobó. Entonces las primeras espadas del Ejecutivo salieron, en formación cerrada, a frenar la convalidación del Senado. Fue especialmente activa (y también grotesca) la actuación de la vicepresidenta Gabriela Michetti, que militó abiertamente el rechazo y, en consecuencia, saludó efusivamente con un “¡Vamos, todavía!” el resultado final. Pocas cosas más alejadas de su rol institucional al frente de una sesión histórica, aunque superada por el insulto que le propinó, con micrófono abierto, al senador Luis Naidenoff (a la sazón presidente del bloque de Cambiemos, al que responde la misma Michetti): “Es un pelotudo, que no rompa las pelotas” expresó la segunda autoridad de la República ante un cuestionamiento para que dejara hablar sin interrumpir a una senadora opositora. Si se tiene en cuenta que Naidenoff acaba de sufrir una catástrofe personal en la que ha perdido a su familia, y que a pesar de ello estaba, incólume y entero, haciendo su trabajo, la ruindad del insulto es aún más grave.

Y junto con esta actitud de la vicepresidenta, el propio Macri había quitado hierro al tema (“No importa el resultado de la votación”), una incoherencia con el hecho de impulsar su tratamiento legislativo. También la gobernadora María Eugenia Vidal había dejado clara su oposición (“Estaré más tranquila si no se aprueba la ley”), como antes Lilita Carrió y el resto de las mujeres dirigentes de Cambiemos. La excepción, como lo fuera la diputada Silvia Lospennato (Pro) cuando la media sanción de junio, fue la senadora por Buenos Aires Gladys González (Pro), que en su enardecida defensa de la futura ley se emocionó hasta las lágrimas.

El nivel general de las alocuciones fue, en todo caso, muy bajo, mediocre, insuficiente, y lejos de lo que el tema –un quiebre cultural determinante- requería. En la antología del olvido y de la vergüenza quedarán varias intervenciones, como la pseudo-teológica de José Mayans (PJ, Formosa, en el Senado desde 2001); el bochorno del salteño Rodolfo Urtubey (PJ) al intentar relativizar las violaciones intrafamiliares; o la sanjuanina Cristina López Valverde (PJ también), que sostuvo su voto en contra en que no había tenido “oportunidad de leer el proyecto” que tiene 13 páginas, el sueldo de la senadora ronda los $ 120.000 mensuales; huelgan comentarios. Sorprendente la UCR, cuyo bloque aportó la mayor proporción de votos negativos. También, por fortuna, hubieron posturas trascendentes: la de Naidenoff (UCR, Formosa) y la de Miguel Pichetto (PJ, Río Negro) en los cierres, ya de madrugada, fueron sustantivas. Aunque, a mi criterio, muy lejos de todas estuvo la enfática intervención de Pino Solanas (Sur, CABA). A sus jóvenes 82 años, Pino desnudó algunas de las reales líneas divisorias de la discusión, esas que la hipocresía y la doble moral solapan: hay miedo a la libertad de la mujer, especialmente a su libertad sexual y al derecho al goce pleno de su sexualidad. Solanas embistió contra la presión de la iglesia católica –la gran protagonista en las sombras, y la gran victoriosa de la jornada- y Pichetto apeló a don Miguel de Unamuno para sintetizar el día: “Vencerán, pero no convencerán”.
De momento, el Senado ha decidido que nada cambie: seguir sosteniendo la clandestinidad del aborto y la muerte de las mujeres, sobre todo de las mujeres pobres, las que no pueden pagar una cara intervención clandestina. Pero ya nada será igual: los colectivos de mujeres han dejado claro que esto no es una moda pasajera ni tiene vuelta atrás. La historia no se detiene, y este capítulo lo escriben ellas.

10 Agosto 2018
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