La mentira como renuncia

Cuaderno De Bitácora, por Nelson Specchia

Hace algunos días, me invitaron a dar una conferencia en el segundo Congreso Psicopedagógico de la Provincia del Chaco: ya había estado el año pasado, para estas fechas, inaugurando el primer Congreso, que se centró en las principales problemáticas del sistema educativo del siglo XXI. Es muy interesante el trabajo que hacen los colegas de Resistencia en torno a estas reflexiones sobre la educación, y los Congresos anuales van cuajando el proyecto de instalación de una nueva Universidad en aquellas tierras, donde el trabajo pedagógico sigue siendo hoy, como hace un siglo, una deuda pendiente que reactualiza su imperiosa necesidad con cada generación. Me han invitado, muy generosamente, a sumarme a ese proyecto educativo, y en esta oportunidad me pidieron que diera una conferencia centrándome en el fenómeno de las “fake news” y cómo impactan en los procesos de enseñanza-aprendizaje, que han estado tradicionalmente vinculados a la verdad objetiva.

No es casual, me dije, que me pidieran que hablara desde esa perspectiva: las provincias del Norte están mucho más cerca –sentimental y culturalmente- de Brasil de lo que revelan los mapas: las presidenciales, con el neofascista Jair Bolsonaro como candidato cantado y con las “fake news” como principal método de campaña, volvía a poner el tema en el centro del candelero. Y que Bolsonaro haya hecho realidad la profecía obliga a mantener el análisis del fenómeno “fake news” abierto.

Quizás -especulé en Resistencia- la causa de este gran malentendido haya que buscarla en un exceso de confianza: nos confundieron las victorias de la razón y del método científico desde la emergencia de la modernidad, y creímos que esos logros de la inteligencia y de la deducción racional conformarían el sistema de conocimiento e interacción social para siempre. Pero ya nos había advertido aquel artista que era también un agudo filósofo, don Francisco de Goya: “el sueño de la razón genera monstruos”. Las “fake news” (no traduzco como “noticias falsas” y las nombro en inglés porque así se las conoce en todo el mundo) son un monstruo colateral, marginal, generado por el mismo sistema que intentaba evitarlo. Y como resultado, esa larga tradición racionalista, que acumula ya un milenio, se enfrenta hoy a una crisis inédita de valoración: las tendencias de legitimación de “verdades alternativas” avanzan con una fuerza inusitada, e impactan en las maneras de pensar, de reaccionar socialmente frente al conocimiento, y de transmitir los resultados de éste.

Un intento de definir las “fake news”: serían aquellas afirmaciones sobre sucesos, difundidas masivamente y viralizadas por las redes sociales, que desplazan la comprobación empírica sobre el hecho de que hayan acaecido y relativizan su importancia, haciéndola depender de la efectividad lograda por el impacto de su conocimiento masivo. La “verdad”, podríamos resumir, se desplaza desde la relación entre lo que se dice del objeto y de su concordancia con el “objeto-en-sí”, para hacer foco en las consecuencias de lo que se dice del objeto. Una vuelta instrumental al aserto “si sucede, conviene”: en la avanzada de las “fake news” ni siquiera hace falta que haya sucedido, es como si el aserto fuera “si se dice que ha sucedido, conviene”. La cultura está definida por el lenguaje; a través de él, por el hecho comunicacional; y éste por el hecho dialógico. Así, la pérdida de confianza en las afirmaciones contenidas en la comunicación dialogal pueden afectar no solamente los contenidos transmitidos en el proceso de enseñanza-aprendizaje, sino a la efectividad del proceso mismo.

Este impacto en la confianza de lo que se trasmite comienza en la comunicación social, y ha tenido sus primeras repercusiones concretas en la comunicación política, con efectos directos en las posibilidades de manipulación de los colectivos sociales en las elecciones: de ahí Bolsonaro. Y la victoria de Trump sobre Hillary Clinton de hace dos años. Desde entonces, no ha habido elección en ningún país del mundo en que la desinformación no haya estado en el centro de las preocupaciones.

La literatura había adelantado los temores que el avance tecnológico posibilitaría en el control del poder colectivo sobre el individuo. Quizás el momento cumbre de las distopías futuristas del último tramo de la modernidad estuvo expresado por George Orwell y su “1984”. La figura central de la metáfora orwelliana es la del “Big Brother”, el “gran hermano” que todo lo ve y todo lo sabe, porque el énfasis estaba puesto en el control: los distopistas del siglo XX estaban convencidos que la tecnología llevaría al control autoritario de los colectivos sociales y a la reducción de los márgenes de iniciativa y libertad individual. La sociedad resultante sería autoritaria, dictatorial, aplastada por la mirada permanente del Estado que desplazaría a márgenes ínfimos la vida privada. Pero las “fake news” muestran que el fenómeno ha tomado otro rumbo: la manipulación por la vía de la pérdida de confianza en las referencias objetivas, para orientar, sin que sea necesaria la alteración de las vías democráticas, la direccionalidad misma del poder.

La cuestión es que la alternativa, esto es, la regulación de las redes para evitar las “fake news” (como lo hace China), también acerca el escenario orwelliano del hipercontrol del Estado. Estos son los términos, por eso, de la discusión de fondo hoy: ¿Debe imponerse una regulación intensa sobre las redes sociales, o debe apostarse a una negociación con las empresas tecnológicas que determinan los contenidos de las redes, intentando que éstas se auto regulen sin generar tensiones con la libertad de expresión?

La censura es una sombra ominosa, pero la aquiescencia con la falsedad y el auto engaño admitido no proyectan una zona menos oscura para el futuro político.

02 Noviembre 2018
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