Escritores, navegantes, comerciantes

Cuaderno de bitácora | Por Nelson Specchia

Cuando un oficio vinculado al arte se hace profesión, las reacciones que registra la historia en los hacedores son de las más variadas, sin que pueda establecerse ningún tipo de patrón. Víctor Hugo, cuenta la leyenda, cuando comenzaba una novela de esas que le insumirían años enteros, se encasquetaba una túnica por única vestimenta, y no modificaba ese atuendo estrafalario hasta que la obra estuviese concluida. A pesar de los hábitos de los franceses respecto de la higiene y la perfumería para aplacar los vahos de los cuerpos, me imagino que el prócer de las letras galas renovaría de tanto en tanto la larga túnica, para lavarla. O tendría varias (tal nivel de detalles no registra la leyenda). Ese vestido le impedía salir de su casa, ya que hubiera sido escandaloso salir en camisón por París, y esa reclusión obligada le era funcional a la dedicación exclusiva al trabajo escritural.

Lejos de los extremos del maestro Hugo, en los escritores de obras de largo aliento hoy percibo otra estrategia de concentración y de renovación de fuerzas de un hacer que, como queda dicho, debe combinar la inventiva creacional original con el yugo transpirado de la rutina profesional: mechar el espacio entre grandes proyectos escriturales con más escritura. Una estrategia curiosa; como si se tratara de descansar corriendo después de jugar un picado de fútbol. Pero seguir escribiendo libros entre libro y libro tiene, a diferencia de aquella reclusión vestimental de Hugo, un costado comercial: mientras se descansa de las grandes obras, las pequeñas del “intermezzo” también se venden, mantienen al autor en los escaparates de las novedades y en las secciones culturales de los diarios, y generan dividendos sobre esa marca registrada que son los apellidos “best seller”.

Entre los nuestros, la estrategia ha sido claramente asumida por Martín Caparrós: después de “Valfierno” (2004), “descansó” con “Boquita” (2005); después de “Los Living” (2011, Premio Herralde) vino la pausa con “Argentinismos”; después de “Echeverría” (2016) acaba de sacar “Todo por la patria”, y así sucesivamente. También mi querida Almudena Grandes lo hace: entre tomo y tomo de ese enorme intento de retratar la Guerra Civil en seis títulos, que a la manera de Pérez Galdós ha denominado “Episodios de una guerra interminable”, “descansa” escribiendo otras historias: tras dos historias contundentes de 800 páginas cada una, “Las tres bodas de Manolita” y “Los pacientes del doctor García”, aún le alcanzó el tiempo y el envión para publicar una novela exquisita y fuera de ese registro, “Los besos en el pan”.

Hay varias diferencias entre estas estrategias contemporáneas y aquellas, más ascéticas, a lo Víctor Hugo: la cantidad de títulos por año y la perentoriedad de alimentar el mercado de novedades en cada temporada pone necesariamente en riesgo la calidad de los escritos resultantes. Un riesgo del que no escapa ni siquiera esa docena de grandes popes consagradísimos a nivel Premio Nobel: “Cinco esquinas”, la novela de “descanso” que publicó Mario Vargas Llosa en 2016 se vendió tan poco que ni siquiera alcanzó a recaudar la suma que había recibido como anticipo, según reveló el libresco Manuel Rodríguez Rivero en su columna en El País.

Y eso percibo en el último libro de Arturo Pérez-Reverte que he terminado esta semana: “Los perros duros no bailan” (Alfaguara, 2018). Con tapa dura, una bella cubierta, y la mirada entre desafiante y lastimosa de un perro mestizo en la imagen de presentación, la novela de este corresponsal de guerra (cubrió conflictos bélicos por más de 20 años) y hoy navegante de los mares es un cuento sobre peleas de perros, asumiendo una perspectiva interesante: los que hablan son los perros, reflexionan, meditan y llevan adelante el argumento. Aquí comienza la originalidad. Pero también aquí es donde termina: todo lo demás es una sucesión de lugares comunes.

“Negro” –el protagonista- es un mestizo cruzado, esperablemente cliché, como todos los demás: “Boris el Guapo” es un borzoi ruso, rubio y de pelo largo; “Margot” es una chucha argentina malhablada y bolichera; el maricón imprescindible del cuento es un caniche gris perla rizado; “Agilulfo”, el filósofo, es un podenco; el renegado es un sabueso rodhesiano; la perra narco es mexicana; el perrito inmigrante en marroquí; el amigote buenón es un labrador; el perro policía es un pastor alemán, y el perro neonazi es un... adivinen: ¡claro, un doberman!. Y así sucesivamente, hasta el cansancio: los luchadores son dogos y molosos; la tercera en discordia del triángulo amoroso es una setter irlandesa; el petizo busca peleas es un teckel salchicha...

Si, a pesar de la crisis del sector editorial, de la necesidad de vender libros a toda costa, y la búsqueda de ingresos del escritor profesional, el lector no fuera consciente de que está leyendo una novela de Arturo Pérez-Reverte, miembro de la Real Academia Española, con 29 novelas publicadas (entre ellas, la serie del capitán Alatriste, ahora la trilogía de policiales protagonizada por Lorenzo Falcó, y textos geniales como “El Club Dumas”); si uno no fuera consciente de que atrás de este cuento artificialmente alargado –digo- está quién está, se diría que es una novela hecha automáticamente, abriendo sucesivas páginas de Wikipedia y poniendo, uno detrás de otro, todos los lugares comunes posibles. Hasta el “happy end”, donde el héroe mestizo y valiente se queda con la chica más bonita de la manada. Guau. Requeteguau.

23 Noviembre 2018
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