La larga risa de todos estos años

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO
La felicidad, en el imaginario colectivo, supongo que no es trabajar y pagar las cuentas. Eso, en todo caso, es lo que llamamos “una-rutina-llevada-con-dignidad”… esa explotación diaria que nos hacemos a nosotros mismos pensando que nos estamos realizando. Pero banquemos la mecha.

Hay un cuento de Fogwill que empieza así: “No éramos tan felices, pero si en las reuniones de los sábados alguien hubiese preguntado si éramos felices, ella habría respondido ‘seguro sí’ (…) o tal vez habría dicho directamente ‘sí’, volteando su largo pelo rubio hacia mi lado para incitarme a confirmar que todos éramos felices”. Encuentro en estas líneas, sacadas absolutamente de contexto, una descripción acertada de la sensación que muchos seguidores del modelo de Cambiemos comenzaron a manifestar con el tiempo, con los segundos semestres que pasaban con pena y sin gloria, medio a escondidas, cada vez que tenían que defender lo indefendible, soportando con esmero el peso específico de la llamada “revolución de la alegría”, aún con cierto padecimiento real a cuestas, las boletas sin pagar, el fin de mes como un horizonte inalcanzable, sonreían, o respondían que seguro sí, eran felices, mirando a los otros con ese nerviosismo mutilado de quien busca cierta complicidad fingida, para confirmar un júbilo que no existe. Porque no, no eran tan felices. Nadie es feliz todo el tiempo. Menos aún se puede depositar el molde de la felicidad propia en un modelo de país. El modelo te alimenta, te educa, te proporciona, lo que se dice, o decían mejor que nadie aquellos que se quemaron las pestañas leyendo al bueno de Marx, las condiciones para que desarrolles tu vida. La felicidad es otra cosa.

Pero, en el fondo, ¿Qué es la felicidad? Yo no lo sé. Nadie lo sabe realmente y se nos va la vida en la persecución de ese interrogante. Entonces, si no sabemos exactamente qué es “la felicidad”, ¿Cómo se puede comprar la promesa de una felicidad que viene de la mano de un gobierno? Un gobierno no te hace feliz. Pero la gente necesita creer que se puede ser feliz, porque la vida es opaca, repetitiva y sin épica. Entonces, allá en el fondo, como un horizonte que se va corriendo, lejos ya del cachetazo de jornadas laborales interminables o de jornadas no laborales insoportables porque desespera la certeza de que no habrá pan, uno compra con devoción el significante de una felicidad mágica, la idea de un país como paraíso celestial. Esa venta, hace tres años y medio, fue el jonrón que asestó el gurú Durán Barba con la idea del cambio, la alegría, la promesa de un aire nuevo, menos espeso, ligero, transparente. Hubo, en ese entonces, una compra masiva de acciones de felicidad.

DOS
No importa el color de una idea política. La democracia nos ha enseñado que cada uno es libre de pensar, elegir y andar por la vida haciendo y diciendo lo que le plazca. Lo que quiero decir es que, en la alternancia de la historia argentina, se ha votado por múltiples opciones: mayor trabajo, mayores libertades, liberaciones cambiarias, esquemas de protección a la industria nacional, industria pesada, desarrollismo, gasto público para generar empleo, intereses de clase, intereses individuales, rebeldía contra A o B, voto venganza y hasta voto por odio a…

Pero quisiera hacer una pregunta: ¿Era necesario caer en la trampa de una supuesta “revolución de la alegría” coronada por globos amarillos?, como si fuera una fiesta de cumpleaños, parecida a esas a las que yo iba con mi hermano cuando éramos chicos, un par de medias uno, una botella de perfume Paco el otro, ofrendas para el cumpleañero, para después reventar piñatas y correr por un patio de provincia, extasiados, enajenados del mundo, decía, ¿era necesario caer en ese significante vacío tan premeditado? La pobreza escuece las llagas de una argentina dinamitada y no puede haber alegría en el país del hambre. Y una cosa más: si hubiera trabajo, estabilidad cambiaria, créditos, previsibilidad, multiplicación del empleo por una inversión real, producción y no sólo especulación financiera… si hubiera esto -el check list del manual de prosperidad- aun así no sería “la felicidad”. Habría estabilidad para que cada uno moldee su propio tótem imaginario de felicidad.

TRES
Después de tres noches de pijama party en medio de la crisis de incertidumbre, el presidente, el mismo que prometió la tan ansiada revolución de la alegría, aquel país que “entre todos vamos a sacar adelante”, dijo: “El domingo hubo muchos argentinos que creyeron en el camino que empezamos, pero que después de un año y medio muy duro dijeron ‘No puedo más’. Sintieron que durante este tiempo los exigí mucho y que lo que les pedí fue muy difícil. Fue como trepar el Aconcagua y hoy están agotados, cansados, enojados.” Metáfora de montaña aparte, remató: “Llegar a fin de mes se transformó en este último año en una tarea imposible muchas veces. Sé que muchas familias tuvieron que recortar sus gastos y que ya no saben dónde más recortar, de qué más privarse (...) Cuando arrancamos en el 2015, creyeron que iba a ser más fácil. Yo también lo creí.” Y acá me detengo. Porque el presidente también “creyó”, o sus guionistas nos quieren hacer creer que lo creyó, en el edén del progreso de la “Argentina luminosa”, alejada de “la oscuridad”, con alegría, al frente, caminando junta. No hay empatía en su ignorancia, Mr. President. Usted trajo la ilusión de una tierra prometida. Usted infló las acciones de un pueblo que optó por cambiar y “ser feliz”. Así ganó legítimamente su mandato. Pero nadie debería prometer la felicidad, porque la edificación de una idea de felicidad es algo íntimo y no admite representación política. Lo que se promete es acción, construcción, desarrollo, educación, promoción científica, cultura, más país y menos cháchara... nada hay adentro de los globos amarillos y los trabajados eslóganes que no se pueden comer.

Porque una cosa es clara: comer y pagar las cuentas, no es ser feliz. Tener trabajo es, si se quiere, dignidad. Un “achievement” necesario para no morir de hambre o de tristeza. Pero… ¿y si yo no quiero una revolución de la alegría? De un gobierno, sea del color político que fuere, pediría que garantice libertad, sensibilidad, empatía real, acciones para eliminar la pobreza, determinación para avanzar hacia una prosperidad realista y gradual, con trabajo, redistribución equitativa del ingreso y etcéteras. No quiero que me prometan alegría, felicidad. Tal vez lo que yo quiero es estar triste, a solas y en silencio. Perforar la tristeza con la magia y la devoción de quien puede hacerlo porque no está quebrado, contando las precarias monedas de su alcancía.

20 Agosto 2019
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