Boca-River y el voluntarismo mágico

Nada fuera de lo común| Por Manuel Esnaola

UNO
Mientras veía la proyección de la gran novela argentina en todos los medios de comunicación, me acordé de un relato del negro Dolina, de su libro “Bar del infierno”. Busqué el ejemplar en la biblioteca para releerlo. Curiosamente, en la dedicatoria, que data de mayo de 2005, una compañera de la facultad, quien me saluda por mi cumpleaños, pone una cita del Zarathustra de Nietzsche. La dedicatoria habla del amor. En noviembre de 2018, en medio de una estampida nacional de odio, la Pauli, desde el año 2005, me dice que Nietzsche escribió “Yo amo a aquellos cuyas almas están tan repletas que se desbordan y se olvidan de sí mismos (…) Yo amo a quienes poseen corazón y espíritu libres”. Me resultó agradable encontrar una dedicatoria tan hermosa, justamente cuando todo parece haberse descarrilado y el patetismo y la confusión se apoderan de mi bandera. Por eso creo que son importantes las dedicatorias. Como sucede con el vino, el tiempo modifica su estructura, su función social, por decirlo de algún modo, y uno llega a creer que son un bálsamo para apaciguar el fulgor amargo de cada época. En aquel momento habrá sido la revolución adolescente: supongo que la Pauli veía en mí algún destello de esas personas “que dilapidan su alma y nunca buscan agradecimiento”, como escribía el filósofo alemán. Pero ahora esos párrafos hablan de otra cosa. Hablan de un amor ausente, de un ethos fragmentado e irreconciliable en medio de la marea discursiva y la opinión pública. Volvamos a Dolina, Esnaola, por favor.

DOS
Cuando empecé el punto UNO, no me acordaba de la dedicatoria del libro de Dolina. Permítanme rápidamente, pedirles disculpas por el desliz. La cosa es que el relato en cuestión se llama “El juego de pelota en Ramtapur” y está compuesto por cinco informes de un supuesto profesor Richard Bancroft, corresponsal de la Enciclopedia Británica. Allí, a la manera de un etnógrafo, el profesor observa cómo la población de Ramtapur se desvive por un deporte en donde la rivalidad es constitutiva de la disciplina. Las familias se dividen, a veces hijos contra padres, hermano contra hermano, amigo contra amigo. Cualquier realidad con la similitud es pura coincidencia, carnal.
Hace poco más de un mes conversé un rato por Skype con mi amigo Joaquim, que vive en Núremberg. Él es catalán y, claro está, aficionado al balón pie y al FC Barcelona. Me preguntaba, el Quim, sobre la mítica “final del siglo”… cómo veía yo el Boca-River. Le solté un par de apreciaciones futbolísticas, pero sin dejar de mostrar mi preocupación en el hecho de que las masas proyectaran en ese enfrentamiento todas sus frustraciones sociales, políticas y económicas. Le dije que estas pantallas irracionales son el caldo de cultivo perfecto para un estallido social, sobre todo en un país cuyo gobierno -con sus recetas viejas de Chicago- se ha encargado de secar hasta las lágrimas de las clases medias y las clases bajas, que han descendido hasta tocar el fondo de la indigencia. Estoy sentado en mi escritorio con el libro de Dolina entre las manos y releo: en Ramtapur (…) “la población consiente la injusticia y soporta la pobreza, siempre que no se perturben sus peculiares anhelos de gloria”. Allí, la naturaleza que mueve a ese juego de pelota es el odio (…) “Las gentes de Ramtapur, los ricos, los menesterosos, los brahamanes y los parias, van al estadio de la Shanga a odiar. Los pobres de espíritu, incapaces de cualquier energía pasional, sienten correr por su sangre una ira más grande que ellos mismos, un furor que los posee con majestad foránea”.

El Quim me vuelve a llamar ese sábado, luego de que el partido se suspenda en un letargo indefinido y amorfo, mientras los periodistas, políticos y directivos de asociaciones, confederaciones y demás aglutinaciones de militantes de eufemismos… de la corrupción intrínseca a una Latinoamérica devastada, decía, mientras todos ellos desplegaban su letanía de argumentos para señalar a un “otro”, “a un puñado de vándalos”, que lejos estaban de “ser la Argentina”, manga de ciegos, la Argentina, lo que se dice, la patria, está rota, sale, como un chorro de sangre espeso, desde la manga repostera que ustedes aprietan, para que escueza la herida, para que la costra asuma su nacimiento en la nada misma, como si el tajo fuese autoinfligido, como si no hubiese responsabilidad en el pensamiento cortoplacista e individualista del siempre irreflexivo poder argentino, mientras todo eso sucedía, yo le respondía al Quim que estábamos perdidos, de una forma u otra, estamos perdidos, Quim.

TRES
David Smail, un terapeuta británico, hablaba del concepto de “voluntarismo mágico” reinante en el capitalismo tardío, para referirse a la noción de que, con la ayuda experta de un consejero o terapeuta, pareciera que “[podés] cambiar el mundo, porque el mundo es cosa tuya en última instancia, para que ya no te provoque estrés”. Hay como una despolitización absoluta de los problemas de la época. De la depresión, de la angustia, del estrés, de la violencia.

El voluntarismo mágico, esta apelación naif a las masas, este nuevo formato de pan y circo, parece sobrevolar el aire en estos días. Escucho a la gente repetir como loros retardados el discurso de los políticos, periodistas y “confederados” dirigentes. Pareciera que todo es producto de “un par de inadaptados”. Que la violencia que sublima en las canchas argentinas, en las calles, es el resultado premeditado de un par de individuos que quieren arruinar el espíritu deportivo que tanto enaltece a los argentinos. Qué fiasco de cambalache. “El que ha oído el alarido sanguinario de la Shanga ya no puede regresar”, escribe Dolina, mientras los D’Onofrios, los Angelicis, la Conmebol, los ministros dimitentes, los barras, las ministras esquivas, los presidentes twitteros y toda su comitiva, juegan a mover las marionetas de madera de un pueblo que ya ni hambre tiene, porque les han entretenido el estómago con puro espectáculo.

Las declaraciones del presidente, el del Estado-Nación Argentino y también el de la otra patria camisetera que ridículamente se denomina Conmebol, proferidas en ese tono “new age”, provocan menos irritación que impotencia. Venden un mensaje evangélico -y esto no es casualidad- de “autosuperación de los pueblos”: la receta crucial para el éxito del neoliberalismo. Una privatización y despolitización total de la violencia, del sufrimiento, como si fuera un síntoma individual adjudicado a un trauma de la infancia. Si no se repiensan estos problemas como algo “dentro de lo público”, no hay salida posible para la salud de un pueblo adormecido. Declarar que “los abuelitos” están mejor que nunca, que ahora pueden ampliar la casa de toda la vida o pagar unas vacaciones para los nietos, también es violencia, Sr. Presidente.

04 Diciembre 2018
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