La soledad detrás de una selfie

Nada fuera de lo común, por Manuel Esnaola

UNO - La producción de uno mismo

Hay cierto mecanismo neoliberal perverso, disfrazado en aplicaciones digitales de marquesina, que consiste en instalar, contra viento y marea, el imperativo categórico de “la autenticidad”. Se supone que ahora todos debemos ser auténticos, luchar por una autenticidad que en definitiva acaba siendo impostada, pues esa búsqueda que “nos proponen” sólo puede hacerse entre un abanico de matices que ofrece el mercado.

Para poner un ejemplo corriente, el imperativo de autenticidad rezuma, obsceno, en las historias y posteos de Instagram. Su huella es la evidencia: “fuerza al yo a producirse a sí mismo”. De este modo, vivir en-el-mundo a través de una vidriera de exposición permanente, nos fuerza a una obligación tenaz con nosotros mismos, a cuestionarnos, a vigilarnos, a estar al asecho de la proyección de nuestra imagen. Hay una lógica de mercancía en la producción del yo, una dialéctica funcional al mercado de venta que, al mismo tiempo, intensifica la referencia narcisista y la transforma en su materia prima fundamental.

En definitiva, ese mecanismo neoliberal nos hace creer que somos auténticos –lo auténtico es, en el fondo, ser igual a todos– y que esa autenticidad modela nuestra identidad. Así fortalece su argumento de venta en las nuevas redes digitales. ¿Acaso no sienten que están en una especie de loop macabro cada vez que entran a Instagram y ven un rostro –que podría ser siempre-el-mismo-rostro– abriendo y cerrando los párpados, con las pestañas resplandecientes por algún filtro y los labios apretados, en una pose que hace tiempo, por obra de la repetición, ha dejado de ser sexy?

DOS – La desaparición del otro

En medio de la vorágine del yo que parece ocupado sólo en “producirse a sí mismo”, hay cierta frontera necesaria para nuestra constitución como sujeto, que parece difuminarse: el otro. El aislamiento narcisista se convierte en un hábitat natural dentro de algunas redes sociales: deslizamos el dedo por una superficie plana y vemos como, en una sucesión deliberada de selfies “(…) viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin tener ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto.”

Así, el otro, aquel infierno tan temido (y deseado) por Sartre, la alteridad como seducción, como deseo, como dolor, como goce, como mirada que nos reconoce y nos confirma, va desapareciendo. El narcisismo, en medio del imperativo de ser auténtico y exitoso, evoca a un yo vaciado de contenido, que es pura imagen y ya no tiene reverso. No resulta difícil pensar en la lógica de Instagram, para seguir con el ejemplo, donde, como ya lo señalara algún columnista de este diario, no se hace lugar a la reflexión ni a la posibilidad del pensamiento. La lógica responde a la dinámica del espectáculo, en donde la imagen atonta, aplaca, inmoviliza.

TRES – El yo que se ha quedado solo

Hace unos meses comencé a devorarme los ensayos del filósofo Byung-Chul Han. Es una especie rara, mezcla de filósofo apocalíptico, postmarxista, con cierta dosis, si uno lee muy entre líneas y hasta forzando, diría yo, el límite interpretativo, de esperanzada redención. Hay una sentencia suya que me encanta. Escribe: “La adicción a las selfies no tiene mucho que ver con el sano amor a sí mismo: no es otra cosa que la marcha al vacío de un yo narcisista que se ha quedado solo.” El reverso de una selfie es, en el fondo, una herida.

No hay vestigios del mundo en la sobreutilización de la autofoto. Durante la copa mundial de fútbol, por ejemplo, uno abría Instagram y no veía jamás el acontecimiento que estaba ocurriendo, sino, por el contrario, una sucesión de selfies morbosamente artificiales, tratando de representar, para una cámara que es, en última instancia, una extensión de nosotros mismos, sentimientos como “emoción”, “patriotismo”, “garra”, “estupor”, “felicidad”, “deslumbramiento”. En realidad, detrás de ese intento de proyectar una imagen, el yo muestra de manera obscena su vacío, ese narcisismo que pretende esconder lo roto, “lo herido”, bajo el significante de autenticidad.

Lo que sucede aquí es que nada puede ser, verdaderamente, auténtico. Donde no hay lugar para lo distinto, sobreviene una fuerza, un exceso de igualdad, que únicamente puede generar aburrimiento y hartazgo. Rusia ya no será la patria roja ni los generales asesinados por Stalin. Rusia fue, durante un mes, los miles de rostros autorretratados, digo, un único-rostro-retratado, que arruinó toda posibilidad de acontecimiento. Los invito a hacer el ejercicio de pensar a Rusia a través del bombardeo de selfies que vieron en el último mes. ¿Qué perdura detrás de eso?

CUATRO – La selfie como asesinato del deseo

La primera vez que uno ve al destinatario de su deseo, sucede cierto acontecimiento inexplicable. El estado de trance, como le gusta decir a un amigo, de “fascinación-deseo”, es quizás la experiencia más intensa que uno puede vivir. La repetición, ya lo sabemos, arruina toda posibilidad de supervivencia del deseo. Así, en Instagram, como para redondear, esa repetición incansable de una-misma-imagen, con variaciones prácticamente imperceptibles, asesina el deseo (que alguna vez tuvimos) y lo convierte en monumento. Todo monumento es, también, la ruina de una nostalgia. Nada queda ya, en aquella imagen “auténtica” dosificada mil veces por día.

“Las selfies son bellas superficies lisas y satinadas de un yo vaciado y que se siente inseguro”, nos dice el filósofo. Yo digo: la autopropaganda y la necesidad de transmitir nuestra vida entera a través de selfies, denota la magnitud de nuestra soledad y lo incapaces que somos de producir algo con ella.

03 Enero 2019
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