Sin derecho a ejercer la tristeza

Nada fuera de lo común | Por Manuel Esnaola

UNO

¿Desde cuándo el trabajo pasó a determinar la organización del tiempo en nuestra vida? ¿Cuánto hay de cierto en aquella muletilla gastada de que el trabajo dignifica?, o más aún, ¿por qué los seres humanos actuamos, incluso en contra de nuestros intereses y nuestra pasión, para obedecer las órdenes, deseos y hasta los desatinos de otro? Como diría Pekka Himanen, un filósofo-hacker finlandés que la rompe, “la mayoría de los directivos no ha comprendido las profundas consecuencias de la pregunta siguiente: ¿Qué propósito tenemos al trabajar: cumplir una condena o hacer algo?”

Leí el libro de Himanen este verano, de un tirón. Se llama “La ética hacker y el espíritu de la era de la información”. El loco reflexiona sobre cómo la ética protestante sacó el esquema de organización del tiempo que había en los monasterios (laudes, prima, sexta, nona, vísperas, completas, maitines) y lo trasladó a la vida cotidiana. Así, atrapados en un capitalismo que parece metamorfosearse de acuerdo la sintonía de cada época, la organización de nuestra vida pasó a estar determinada por el trabajo. “(…) La noche pasó a ser lo que queda del día; el fin de semana, lo que queda de la semana; y la jubilación, lo que queda de la vida. En el centro de la vida se halla la regularidad repetida del trabajo, que organiza todos los demás usos del tiempo”.

No quiero que el lector se apresure a catalogarme de “vago”. Muy lejos de esta etiqueta estoy. Lo que quiero decir es que hoy vivimos en un eterno presente, lleno de reglas, planificaciones, reuniones, comités, documentos preliminares, minutas, evaluaciones de desempeño que se empeñan en medir la actuación teatral del “desempeñado”, actas, calendarios, deadlines, que nos dejan hastiados de las cosas que alguna vez nos apasionaron. No puede haber pasión en las estructuras rígidas, en la mera obediencia irracional hacia un directivo. Allí no hay oxígeno para que la creatividad pueda encender su chispa.

¿Cómo puede uno sentir pasión en un ámbito donde se considera a las personas por el tiempo desperdiciado y no por lo conseguido en un período de tiempo considerable? Doblemente trágica es esta falta de pasión que se expande como una sombra del capitalismo tardío, porque al salir del trabajo llegamos a nuestras casas y ejercemos, también, el ocio sin pasión. Estamos tan exhaustos que prendemos la TV o activamos YouTube y nos ofrecemos, como presa fácil en estado pasivo-receptivo, para que otros nos diviertan.

DOS

Una que sepamos más o menos… ¿Se acuerdan de la famosa sentencia de Spinoza en su Tractatus Theologico-Politicus? Dice: “ocurre a menudo que los hombres luchan por su esclavitud como si se tratara de su salvación”. Como una flecha desafilada se me vino esta idea a la cabeza… vamos pergeñando una sintonía autómata donde el rendimiento y el éxito son las claves simbólicas para la aprobación social de un otro tan inseguro como nosotros. Seguramente más de uno estará pensando en la reina del baile de este sistema: el dinero.

Dirá, el lector desconfiado, que si no trabajo no puedo vivir, porque no tengo dinero suficiente para satisfacer mis necesidades básicas. Y no estará muy errado en plantearse esto. Pero el determinismo no evita que podamos, al menos, repensar el asunto y ponerlo en jaque. Lo que quiero decir es que todo empezó al revés: el “summum” de la sociedad capitalista es “hacer más y más dinero”. En base a esto, entonces, elijo mis preferencias, mis inclinaciones profesionales, mis estudios… y acabo haciendo algo que no me interesa y peor aún, tengo que “vender ese algo” a otros, hacer que les interese. ¿No es acaso este el objetivo primero de la publicidad?

“Existe una enorme diferencia entre escoger un campo de estudio o responder a un anuncio clasificado buscando maximizar los ingresos, y pararse a considerar primero lo que en realidad uno quiere hacer con su vida y luego sopesar cómo hacer que sea financieramente factible”, dice Himanen. Conjura, claro está, una alternativa a la desteñida ética protestante de perseguir el dinero y el éxito como si fuera una zanahoria: la ética hacker, donde el organizador básico de la vida no es el trabajo o el dinero, sino la pasión o el deseo de crear algo valioso para la sociedad. Obviamente no hay en esta óptica un utopismo romántico ni un rechazo a la idea de ganar dinero. Para hackear al capitalismo, primero, hay que conocerlo. Sin un capital individual difícilmente uno pueda “tener tiempo” para invertir en su pasión y su deseo. Es sabido que el empleador capitalista afianza su poder sobre las vidas ajenas a través del dinero. Por eso, como me dijo alguna vez un filósofo, hay que tratar de conseguir dinero para salvarse de este sistema que te hace pensar las 24 horas sobre cómo conseguir dinero. La cosa radica en repensar por qué estamos cada vez más automatizados, sumidos en una corriente vertiginosa, compitiendo y aislándonos. El desafío es, al menos, con uno mismo. Reflexionar sobre el trabajo y la organización del tiempo en nuestra vida.

TRES

A finales de los 90, la Long Now Foundation -entre sus creadores se encuentran el músico Brian Eno y los hackers Mitch Kapor, Stewart Brand y Danny Hillis- se propuso construir un reloj que simbolice y estimule el pensamiento a largo plazo. Lo llamaron “el reloj del largo ahora”. Hillis declaró: “Quiero construir un reloj que haga `tic´ una vez al año. La `manecilla´ de los siglos avanzará una vez cada cien años, el cucú saldrá una vez cada mil. Quiero que el cucú salga fuera cada milenio durante diez mil años”. Jaque a aquellos que nos empujan a planificar cada segundo que vamos a invertir en una hora, haciendo añicos toda posibilidad de creación o innovación.

Cierro. Hace unos meses, en una columna publicada en este diario, alguien escribía que “el capitalismo tiene como uno de sus rasgos no dejar escapar excedente, ni de tiempo ni de energía, sino reutilizarlo para producir más”. Quisiera agregar: el capitalismo necesita de cierta estabilidad para que avancemos progresivamente hacia una meta. La meta se convierte en el fin último de nuestra vida, alcanzar esa meta de la cual nunca tenemos una información acabada. En el medio, no habrá lugar para ninguna “emoción negativa” que pueda perturbar la consecución de la meta.

La tristeza es un pullover raído que ya no tiene valor comercial y sólo puede ocasionar un gasto de energía, un retraso. Por eso nos quieren informes, atiborrados de planificaciones y sub tareas, hipócritamente alegres siempre, sin derecho a ejercer la tristeza, que es la materia desprovista de tiempo y calendario, con la que se escribe el poema escondido, en el acta notarial de la vida.

19 Febrero 2019
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