ShowMatch debe morir

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

“Hoy sabemos que las audiencias son diferentes, la forma de ver tele es diferente (…) Y las mujeres están impulsando un cambio cultural que es imparable (…) Nosotros somos hombres de otras generaciones que nos criamos con otros códigos (…) Lo bueno es que tenemos que repensar, tenemos que corregir (…) Y lo digo en primera persona: por más tapes que pasen, hay cosas que hice, que hicimos acá, que no las volveríamos a hacer, contenidos para el programa que hoy no los haría nunca (…) Las sociedades no cambian para atrás pero sí cambian para adelante”.

Estas palabras las pronunció Marcelo Tinelli el lunes 20 de diciembre de 2018 en la clausura de su vigésimo noveno año al aire. Uno supondría que la reflexión implica reevaluar el modo de generar contenido y amoldarlo a nuevos soportes. En definitiva son inquietudes que exceden a Tinelli y ensombrecen a la industria televisiva.

Con el discurso de 2018 fresco, al televidente lo invade una mezcla de estupor y vergüenza: Tinelli no solo es incapaz de reinventarse sino que decide volver a las fuentes. Con la misma tropa de humoristas, productores y figuras mediáticas, ShowMatch insiste en el sketch, el baile y la búsqueda de talentos. Un retorcimiento vintage, la nostalgia asfixiándose en su impotencia. Pero así como Tinelli regresa al pasado, asume las prohibiciones del presente y agacha la cabeza ante un Mefistófeles que le notifica que su pacto de éxito se venció y es hora de entregar el alma.

¿Aquello que nos dio gracia en los noventa puede seguir dándonos gracia hoy? Quizás sí; el recambio generacional no está del todo consumado. Tinelli sin embargo entiende que de reproducir ciertos contenidos suicidaría su trayectoria. Los mismos sketches vuelven con un humor atado a la incoherencia de lo light. Sabemos que las cámaras ocultas y las microficciones eran motorizadas por la misoginia, la homofobia y lo guarro. ¿Qué nos queda sin este factor constitutivo? Una evocación fantasmagórica, el holograma de un pasado negándose a sí mismo. El formato pretende perdurar como formato vaciando su contenido.

La picardía, la viveza criolla y la burla superadora fueron la esencia de Marcelo Tinelli y de su programa. Durante los noventa y comienzos del nuevo mileno, los psicoanalistas se sorprendían por la cantidad de pacientes que manifestaban odio hacia sus padres por no responder estos al prototipo de éxito de Tinelli. En su época dorada, Tinelli se erguía como ese pibe de barrio canchero que forjándose desde cero se transformaba en un empresario codiciado por todas las mujeres, habilidoso para ningunear al prójimo y reírse de él sacándole rédito por su sed de fama. En la figura de Tinelli se atomizaba la idiosincrasia argentina.

No obstante, el conductor asegura haberse repensado y corregido. ¿Pero cómo trastocar una personalidad televisiva si el formato sigue siendo el mismo? Tinelli se posiciona en un lugar absurdo e incomodo; su rol como conductor parece reducirse a disimular la violencia simbólica que propulsó desde siempre al programa. Tarea condenada al fracaso: la televisión jamás se alinea a los buenos modales. Un show de estas características es una descompresión libidinal, un purgante de vilezas y pasiones ruines. La primera pelea del Bailando consistió en criticar a un participante por estar gordo; y este mal gusto consagró históricamente al programa.

Más gráfico aún es el segmento Genios de la Argentina, un federalismo mendigante en donde el show desembarca en zonas del interior para que los desclasados mediáticos accedan a sus quince minutos de fama. Esquema de cazatalentos antiguo como los albores de la televisión, siempre al servicio del ultraje. No basta la bondad sobreactuada de Tinelli: los participantes no soportan la exposición y se derrumban psicológicamente. Lágrimas de niños y adultos se maquillan de ternura socialista, pero detrás de esa cosmética yace el usufructo de la fama, esa distinción que todos buscan para aplacar la irritabilidad del anonimato.

¿En dónde queda la destreza para entender a las nuevas audiencias o a los nuevos consumidores? La impericia para cambiar las reglas de la televisión decreta su muerte. Todo es obvio al punto de tornarse sospechoso. ¿Y si las intenciones de Tinelli fuesen otras? Con la parodia desaturada de sus treinta años de programa, que alterna la sede de la productora en Buenos Aires con viajes al interior del país, Tinelli parece simular esa campaña electoral que nunca irá a concretarse por déficit en las mediciones. Aquí ingresamos en una fantasía narcisista: Tinelli dispone de su propia productora para jugar al candidato perfecto, llevando de gira a su mujer y dándole el protagonismo austero pero necesario que merecería toda primera dama. No existe otra forma para explicar la anulación de su maldad como conductor, que tan buenos resultados le dio, y ceñirse a la moralina de la corrección política, el mea culpa y la exacerbación del sí-se-puede.

En su versión 2019, Tinelli termina haciendo una televisión políticamente culposa y una política televisivamente cínica. Es decir que saca lo peor de ambas instancias. Esta dualidad deberá marcar un antes y un después en su biografía, con suerte el fin de un programa infértil pero también el fin de un político en potencia monstruoso. Como audiencia debemos sumarnos al juego narcisista de Tinelli y apagar el televisor del mismo modo que nos rehusaríamos a votarlo. Será la mejor forma de ratificar que las sociedades no cambian para atrás pero sí cambian para adelante.

07 Mayo 2019
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