Todo perro es político

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Es una falsedad que el perro de un político ablande su imagen, lo enternezca, lo convierta en alguien capaz de dar y recibir cariño. Quizás se trate de un desprendimiento facilista del slogan “el perro es el mejor amigo del hombre”. ¿Qué implica entonces ver a un político siendo amigable con quien ya sería, de por sí, el amigo de la humanidad? ¿El político reafirma en su mascota la vocación de servicio, demuestra un feedback de fidelidad? Estas postales ofrecen una ternura sospechosa. ¿Por qué Dylan, el collie de Alberto Fernández; Simón, el mucuchí de Cristina Kirchner; Balcarce, el genérico de Mauricio Macri, son dotados de fama? ¿Qué activa un perro en el inconsciente del electorado?

Este fenómeno es viejo: Perón posaba con caniches, Hitler con ovejeros alemanes y Lenin, curiosa excepción, con gatos. Un dirigente sin una mascota es una figura inconclusa, una semiótica trunca, por lo tanto ningún político perderá la oportunidad de verse envuelto en un affaire zoofílico. Vidal visita una escuela de perros policías y Kicillof, curiosa excepción o guiño soviético, promueve la adopción de gatitos.

En los tendederos de pañuelos que se montan en la vía pública –además de los colores a favor del aborto o en contra, a favor de la diversidad de género o en contra de la ESI, colores exigiendo la separación de la iglesia del Estado o una ley de adopción– asoma uno sin popularidad: el pañuelo en contra del maltrato animal. Esta causa flotante debe comprenderse como una profecía: cuando la población se aburra de debatir sobre género, feto, adopción y evangelio, o bien trascienda educadamente estos tópicos, la furia dialéctica concernirá al derecho del animal.

Los elementos en juego son similares al debate sobre el aborto: nadie se opone a la vida, pero hay una zona gris en donde se despliega la batalla: el comienzo exacto de la vida. Del mismo modo, nadie odia a los animales, pero ese amor conlleva encrucijadas: ¿podemos amarlos y comerlos?, ¿podemos no comerlos pero sí odiarlos, ser veganos estrictos y celebrar el incinerado de palomas enfermas?
El derecho del animal establece una jerarquía injusta y oportunista: los ojos de un caballo entrenado para la doma empatizan más que los de una vaca pastando a la vera de la ruta. ¿Cómo denigrar a una especie para que ingrese en el catálogo alimenticio? ¿Y qué especies cobran poder mitológico para las cruzadas de Greenpeace? Una rata será de inmediato fumigada pero un chihuahua envenenado activará la furia mediática.

Dentro de esta pirámide, el perro se mantiene intacto en la cúspide. Sus privilegios van de vestirse con estampados a tener dos comidas diarias, estar vacunado, dar paseos e ir a peluquerías caninas. El perro adquiere una instancia jurídica similar a la humana, simbólica por el momento pero así comienzan las revoluciones culturales.

¿Qué sucede en esta esfera con los felinos, segundos en la pirámide? El felino aún no tiene slogan, su independencia, frialdad y zigzagueo los pone en un lugar ambiguo dentro del imaginario jurídico. Los gatos no son del todo serviles, saben traicionar; la fidelidad del perro, en cambio, raya el ridículo. Los gatos quizás no merezcan un paquete de derechos, porque quien tenga derechos adquirirá obligaciones y ningún gato está preparado para cumplirlas.

Los perros ganan nuestro beneplácito si ofrecen algo a cambio: ternura, diversión, servilismo y protección. Si quieren humanizarse, que ingresen en nuestra farsa contractual. Jean Baudrillad adoraba desestabilizar los signos y sostenía que las mascotas simbolizaban el fracaso de las relaciones humanas y que inclusive esterilizarlas regulaba nuestra angustia de castración. No sería extraño, pues, que el agotamiento y la incapacidad para dignificarnos como humanos encuentre un sucedáneo en la dignificación del reino animal.

Un error de lectura en las imágenes de políticos con perros es suponer que ayudan a humanizar al dirigente, cuando en efecto es el mismo político quien lo subsume a su universo humano e intenta ponerlo en igualdad de condiciones. En conclusión, arrastra a su mascota hacia un terreno de derechos y obligaciones para que el electorado pueda identificarse desligándose de cualquier ideología. Balcarce en el sillón presidencial no molestó a nadie; fue una imagen icónica porque sugirió que el votante ejercía el poder; era el pueblo encarnado en la figura de un perro callejero. Dylan, Simón y Balcarce son microfórmulas presidenciales: carecen de signo político y allí los indecisos encuentran un amo. La simpatía del votante por el perro se decodifica en la tranquilidad de haber hallado a su dueño, de haber sido, por fin, adoptado.

Los niños en las campañas políticas, por caso Antonia, poseen idéntico magnetismo: son un híbrido entre una virginidad rousseauniana y un potencial compromiso cívico. Identificarse con un niño aliviana la culpa ante una mala decisión en las urnas. Hay que ser cautelosos: cuando en una campaña electoral se incorporan niños y perros no se intentan transferir valores familiares ni sensibilidad animal: se ofrecen recipientes puros, limbos éticos, para ofrendar el destino propio y colectivo.

En un futuro cercano, la humanización estratégica de los perros saltará este campo simbólico para debatirse de facto. Quizás puedan dar un tercio de voto o asistir a marchas opositoras. Luego, por supuesto, será el turno del reino vegetal mientras los minerales nos contemplen pavorosos, rogando no ser parte, también, de esta descontrolada antropomorfización de la política.

18 Junio 2019
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