La última figurita que un padre le cambia a su hijo

Simulacros del fin del mundo, por Lucas Asmar Moreno (Especial para HDC)

El viral moralizante es una rareza acorde a nuestra época: puede tratarse de un animal con sororidad de especie, como una perra amamantando gatos, o bien un anciano alzándose como ejemplo de vida por bailar eufórico pese a tener noventa años.

Uno de estos videos se difundió días antes del Mundial: un nene abre un paquete de figuritas y sufre una crisis histérica porque le toca la figurita de Lionel Messi. Un par de reflexiones se desprenden del suceso: el niño nace cuando la carrera futbolística de Messi ingresa en su declive pero lo ama igual; el niño colecciona figuritas aunque pertenezca a una camada de humanos ya completamente digitalizados.

Fanatismo y colección de figuritas actúan por contagio generacional, un pase de tradición con cierta salvedad: mientras el legado mitológico se necesita para sostener la coherencia cultural (allá estarán Evita, Maradona, Piazolla, el Che Guevara, Moria Casán, etcétera), el mandato de juntar figuritas es un anacronismo para el círculo consumista del chico, una práctica en desuso que sólo pudo ser adoptada a la fuerza. ¿Es acaso el niño un testaferro del álbum mientras que el coleccionista de facto es su padre treintañero, padre que supo pasar tardes enteras en la plaza de su barrio cambiando las figuritas del Mundial 94?

La Editorial Panini comercializó desde siempre estos álbumes. El primero fue en 1970, el último es el actual y de seguro los derechos ya estén reservados para el 2022. La lógica es idéntica: reunir a los jugadores de las selecciones que participan en el torneo.

Históricamente supieron existir para el consumo infantil de los 80 o 90 álbumes de figuritas de diversas series o películas. Hoy el merchandising se aggiornó y nunca se vivió el furor de un álbum de Harry Potter o de Marvel Studio. Para el consumo actual es más sencillo meter a Harry Potter o a Iron Man en una app, en un videojuego o en una cajita feliz. ¿Por qué funciona entonces un álbum del Mundial? ¿Hay alguna astucia de marketing que inyecta trastornos obsesivos compulsivos en los niños, o es la retromanía de los padres la que incita una extorsión con el hijo? La respuesta combina ambos factores: el entusiasmo nostálgico del padre transmigra en un trastorno obsesivo compulsivo del niño, como un alma cambiando de cuerpo sin memoria de una vida pasada. Los niños no se desesperan por el afán coleccionista, pues esa neurosis caducó; los niños anhelan reproducir la emoción infantil que detectan sobre los fetiches paternos porque hay en esa transferencia un auténtico punto de apoyo intergeneracional, una comunión entre padres e hijos imposible bajo otros clivajes culturales como las fiestas patrias o los hábitos distintivos de una clase social. Estos clivajes autóctonos que antaño tenían peso se convirtieron en resacas sin la capacidad de imponerse ante la envestida del marketing global.

Si una generación emergente se identifica con prácticas opuestas a la anterior, ¿el álbum de figuritas es una excepción? Estamos ante un objeto vintage, de orden lúdico, que los padres por vergüenza no implementan como práctica propia. No obstante, para una complacencia nostálgica y velada, pueden habilitar el dinero y lograr que sus hijos continúen la práctica sin que estos últimos descubran el carácter hereditario.

En términos de mercado no es casual que el pasado resucite como novedad museística, conjunción capaz de agrupar a generaciones dispares. Una película de Transformers, de Gardfield, de Los Pitufos, o de Alvin y Sus Ardillas, calibra el ocio infantil con la añoranza del adulto. Pero este adulto jamás reconoce ante su hijo que esa película lo reivindica y allí está la estrategia maestra: darle al niño los ingresos materiales para que consuma lo que en definitiva él quiere consumir.

La generación que completó los álbumes de los 90 no tiene las agallas para juntarse en una oficina a pasar los fajos bajo el mantra de “yala” y “nola”, pero sí puede darle los recursos al niño para que lo haga por él. ¿Y por qué el niño se reusaría al goce del consumo, si el consumo es lo único que estructura la personalidad en estos tiempos?
Para entender el éxito del fenómeno es crucial esta discreta conexión que logran padres e hijos acortando imaginariamente el fatalismo generacional. La luz verde para un gasto en figuritas complace la competitividad del hijo ante otros hijos por un lado, y el anhelo por recuperar un mundo analógico en el padre por otro. Una transacción perfecta desde todo punto de vista.

Por ello es tan poco celebrada o conocida la app que Panini lanzó en simultáneo con la edición de papel. Es una app para dispositivos celulares que copia cada página del álbum y cada figurita y que permite el intercambio vía red social con usuarios de cualquier parte del planeta.

Si el marketing del Mundial para los más chicos se limitase a esta copia digital del objeto álbum, nada hubiese funcionado como lo está haciendo hoy; los adultos se indignarían con la perversión de su fetiche del mismo modo que se indignaron con el fenómeno de Pokémon Go. Y tampoco existiría ese viral moralizante que pretende demostrar con un niño colapsado que toda época pasada fue mejor.

03 Julio 2018
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