¿Qué es un G-20?

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Un G-20 es un conjunto de imágenes memorables:

* Macron saludando a un trabajador aeroportuario con chaleco amarillo.
* El mantel en la cabeza del príncipe descuartizador.
* Trump arrojando un auricular al piso.
* Trump abandonando a Macri en el escenario central.
* Las miradas de Trump hacia Putin.
* El sex appeal de Trudeau.
* Lagarde sonriente.
* La idiotez teenager de Crónica TV.
* Juliana Awada hermosa y radiante.
* Merkel en una parrilla.
* Ram Nath Kovind practicando yoga en La Rural.
* Xi Jinping rodeado de muchos Xi Jinping.
* Macri llorando.
* Etcétera.

¿Qué otra cosa sería un G-20? ¿Acaso la audiencia que siguió desde sus televisores el evento sabe exactamente qué acuerdos se pactaron, o intenta descifrar los tecnicismos de los tratados, o desea leer cada página del documento final? ¿Acaso la audiencia “quiere” saber eso? ¿Los periodistas tendrían el compromiso de explicar las claves de las reuniones bilaterales? ¿Por qué lo harían, si un análisis minucioso no agilizaría la narrativa del G-20? Sí agiliza la narrativa, en cambio, las panorámicas de una ciudad en puntos suspensivos, con miles de gendarmes apostados con artillería pesada.

Sí agiliza la narrativa el fetiche de “La Bestia” o los arribos en vivo de los presidentes bajo pantallas partidas y técnicas de edición sacadas de una película de Paul Greengrass. Sí agiliza la narrativa los operativos de seguridad con caravanas interminables de autos, o los datos de color de los hoteles y sus huéspedes, ni hablar de las rupturas de los protocolos (por caso, Macron visitando El Ateneo de Avenida Santa Fe).

Y de pronto, ese mismo Macron, en el peor momento de su mandato, se ve enfocado por decenas de celulares y es aplaudido por los vecinos de Recoleta. No tanto como presidente sino como ícono internacional. Porque, en definitiva, un funcionario público es de por sí una celebridad. Una celebridad absoluta en tanto puede ser espectacular sin aportar artísticamente a la industria del espectáculo.

Afirmar que la espectacularidad es inmanente a la política no es novedad; lo erróneo es suponer que se trata de una herramienta más entre otras, cuando acabó convirtiéndose en el recurso excluyente de la maquinaria política, en su quintaesencia. Es natural que así sea: ¿de qué otra forma el votante podría acceder a la cartografía ideológica de su candidato, a su pensamiento y sus intenciones?

Las imágenes ofrecen un pack de emotividad pura. El ciudadano, sin entender qué significa la derecha o la izquierda, responde por hartazgo intelectual a estímulos sensoriales, exige un discurso vaciado de logos, porque las palabras ya se revelaron inoperantes para transmitir ideas.

El discurso actual que diseña la opinión pública es estrictamente sensorial, sustentado en formas, colores y texturas. Una buena campaña (no sólo para ganar elecciones, sino también para levantar índices de aprobación) dependerá de la correcta articulación de las imágenes disponibles, de una sintaxis visual capaz de desatar torrentes emocionales. Mientras nadie pueda refutar una emoción, lo real jamás será otra cosa. Aquí estamos ante un punto crítico: una democracia adicta a la emoción quizás no sea un sistema del todo confiable.

Al G-20 de Buenos Aires hay que reconocerle su virtuosa sintaxis visual. Cada mandatario quedó reducido a un psicologismo chistoso encastrado en un “physique du rôle”. El conjunto estructuró una sitcom con su clímax en la gala del Teatro Colón, mostrando a Merkel aplaudiendo como una abuela viendo actuar a su nieto, a los árabes matándose de risa, a Putin aprobando el show con un sospechoso ladeo de cabeza, a Trump hastiado de tantos saltimbanquis, y, por supuesto, a Macri con ojos acuosos. Además de ser el momento más divertido de la reunión, transformó en marquesina el slogan preferido del Pro: ser parte del mundo.

El ciudadano queda imposibilitado de verificar por otros medios que la Argentina es ahora parte del mundo. La misma frase “ser parte del mundo” es enigmática, por no decir tautológica. Abrir las exportaciones o recibir una lluvia de inversiones son abstracciones imposibles de chequear a corto plazo. Pero las imágenes de los principales mandatarios del planeta reunidos en Buenos Aires son signos concretos, contundentes, irrefutables. ¿Cómo no sería Argentina parte del mundo si el mundo estuvo en Argentina un fin de semana? Y si estos mandatarios le hablan a un celular festejando la organización del G-20, se instala además la sensación de que somos ese nuevo compañero de curso aceptado entre los populares.

Resulta indistinto que tras el G-20 mejore la economía. Macri como anfitrión de una cumbre presidencial es la prueba de que somos un país prestigioso. Ningún argumento de la oposición será más potente que el conglomerado de imágenes desplegado a lo largo de estos días. Más aún: a esta organización coreográfica se le contrapuso la revuelta en Francia, junto a la sombra de la revuelta de Hamburgo del año pasado. Es decir que Argentina no sólo forma parte del mundo, sino que es más civilizada que el mismísimo primer mundo. ¿Orgullo? Por supuesto, el mismo orgullo de quien fue ninguneado y ahora demuestra estar a la altura de las circunstancias. Un orgullo ploteado en la emoción de Macri que a su vez podrá plotearse en el corazón de todos los argentinos.

¿Pero, qué se decidió en el G-20, además de charlar vaguedades sobre el cambio climático, los nuevos trabajos de la era digital y la inclusión de la mujer? ¿Cómo perfila el nuevo orden mundial? ¿Argentina se beneficia en algo? Estas preguntas son ociosas e inútiles. La jugada del Pro ha sido una jugada maestra: hacer del mundo su voluntad y representación.

04 Diciembre 2018
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