¿Qué tan jodida está mi generación?

Simulacros del fin del mundo, por Lucas Asmar Moreno (De nuestra Redacción)

Tengo 35 años. Cuando los antropólogos definen a mi grupo etario dicen estupideces, como que transitamos una adolescencia tardía, que no queremos crecer ni asumir responsabilidades o que vivimos en un bucle narcisista. Garabatos psicológicos que descuidan la trama cultural, el marco de contención que genera las subjetividades que nosotros, ahora, reflejamos.

El mismo Freud entendió en la última etapa de su pensamiento que la teoría de las pulsiones no tenía rigor científico y empezó a reformular la idea de neurosis según las leyes sociales de una época. Poco tiempo después se le pudrió la mandíbula por un cáncer.

Al pensarme como adulto -porque cronológicamente lo sería- me encuentro con el siguiente dilema: la categoría de adultez no tiene para mí ningún sentido. ¿Qué es ser adulto? Lo primero que asocio es formar una familia, casarse, vivir bajo un mismo techo, criar hijos, llevar el pan a la mesa.

Se desprende de aquí un sistema de valores obsoleto: sabemos que la institución del matrimonio se debilitó, que la tasa de casamientos no sólo bajó estrepitosamente sino que también se divorció de la iglesia. Es decir que los nuevos casamientos son más técnicos que simbólicos, como decir “me caso por comodidad burocrática y no por su carácter ritual”. Esto reconfigura la noción de familia, junto a otros procesos periféricos como la dilatación de las sexualidades o la deconstrucción del patriarcado que obsesiona al feminismo.

Aquellos que aspiran a complementarse con una narrativa familiar clásica son jóvenes utópicos que pronto descubren cómo apostar por el amor romántico les coartó libertades preciadas dentro de la sociedad de consumo. O también suelen producirse embarazos accidentales que empujan a la convivencia de la pareja por cuestiones operativas. Esta inercia es ajena al ideal de familia y si vemos a un padre y a una madre turnándose por las noches para calmar a un bebé que llora, no interpretemos allí un sacrificio parental sino a unos autómatas despojados de voluntad a largo plazo.

Aniquilada la familia como esa institución que diagramó la vida de nuestros padres y abuelos, surge como reemplazo la institución de la amistad. La amistad, a diferencia del amor romántico, habilita relaciones recombinantes, flexibles y arrítmicas, que a su vez protege el individualismo que nos impuso el consumo. Los amigos exigen una fidelidad low cost, son un amor sin geografía ni apremio temporal. Equilibrio perfecto entre mi egoísmo y la necesidad de establecer intimidad.

Las parejas que logran armonía son aquellas que se conciben como amigas y destituyen el imperativo monogámico. Esto no implica que los miembros de la pareja sean promiscuos: la percepción de que no se deben exclusividad descomprime el intercambio emocional y logra un funcionamiento ajeno a los celos posesivos.

Por lo tanto, ser adulto ya no tiene conexión con la familia como núcleo duro. Si hay jóvenes de mi edad extraviados en un espiral ansiógeno, no será por taras psicológicas, sino porque carecen de una categoría que los oriente a escala existencial. Asumimos responsabilidades “de adultos” sin que la adultez nos represente.

Ni hablar de padres primerizos, incapaces de conciliar una crianza que los haga sentir auténticos en sintonía con el anacrónico sistema educativo de nuestras escuelas. Padres primerizos, seres que contemplan cómo su bienintencionado progresismo naufraga ante la resaca conservadora de la generación antecedente. Padres primerizos, seres que gozan con los videojuegos pero sienten el mandato de restringir el uso de los videojuegos en sus hijos. Padres primerizos, seres que compran merchandising de Peppa Pig porque están narcotizados con la serie animada. Padres primerizos, seres que en las selfies se preocupan por salir mejor ellos que sus hijos. Padres primerizos, seres que fuman cannabis por las noches y durante las mañanas escuchan los consejos del pediatra.

Sin la estabilidad de la familia como sangre metafísica, recurrimos a valores satelitales que también podrían convalidarnos como adultos. El trabajo, por ejemplo. Pero tampoco es ese trabajo como destino de grandeza sindical: nuestro trabajo se interioriza como un microemprendimiento del yo, el desafío de nuestras capacidades, un juego que pone a prueba mis límites y tendrá el plus de la remuneración económica. Si mi generación trabaja con tanta eficacia es porque allí encuentra el anclaje identitario que ni un linaje ni una nación les puede dar.

Detalle final dentro de este reacomodamiento de la adultez contemporánea. Detalle tragicómico por su impulsividad y evidente vacuidad. ¿Qué le pasa a un sujeto de mi generación cuando comprende que ya hay otras generaciones en camino y él no ha encontrado un rumbo histórico que lo habilite para transmitir un legado? Su síntoma será el sobresalto ideológico. Se trata de un alineamiento espasmódico y exprés hacia algún discurso épico que apenas sale de circulación es reemplazado por otro. Calentamiento global, terrorismo, eutanasia, igualdad de género, negacionismo, proteccionismo animal. Da igual: es una lógica símil a las modas que implementan los adolescentes para ser rápidamente categorizados en sus gustos e intereses.

Quizás en este sentido los antropólogos tengan razón al definirnos como adolescentes tardíos. Pero será, en mi opinión, un término pasajero, apto para la última enciclopedia de la Ilustración. Con mis 35 años, una sola certeza se asoma en el horizonte polvoriento: de viejo tampoco entenderé de qué se trata la vejez.

22 Mayo 2018
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