La profanación inalcanzable: el episodio Sztajnszrajber

Cultura y tecnología, por Darío Sandrone

I
Algunos días atrás, Darío Sztajnszrajber se presentó en el Coloquio Idea, que reúne no solo a la cúpula empresarial del país sino a diferentes actores políticos y sociales de corte (neo)liberal, que suelen enarbolar principios diferentes e incluso opuestos a los que el divulgador propone en sus intervenciones públicas. Con motivo de ello, el filósofo del apellido intrínsecamente googleable ha recibido críticas, al menos en el pequeño mundillo filosófico y sus alrededores virtuales. Quienes no lo quieren se encarnizaron y algunos de sus seguidores se mostraron decepcionados. Se lo acusó de traicionar sus ideales, de ser funcional a los poderes fácticos legitimando sus espacios, de ser un mercader que solo busca dinero. Más allá de este caso puntual, que en última instancia es anecdótico, emergen algunas preguntas sobre la función social de la filosofía y sobre la ética de su ejercicio: ¿qué espacios debe habitar el filósofo en el contexto actual y de cuáles debe huir? ¿a quiénes debe hablarle y a quiénes negarle el saludo? ¿cuál es el propósito, en última instancia, de hablarle de filosofía a los no-filósofos?

II
Sócrates ejercía la filosofía discutiendo con los vecinos, incluso con los sofistas y mercaderes; golpeaba la puerta de uno al que en la ciudad se tenía por sabio o exitoso y ponía a prueba ese reconocimiento. Su alumno, Platón, en cambio, fundó una escuela de filosofía en un sitio alejado de la ciudad, los jardines de Academos, y restringió el ingreso. Con ello, colocó al ejercicio de la filosofía en una esfera separada, la Academia, sustrayéndola del uso común de las personas en la ciudad.
Hace unos años, un filósofo italiano, Giorgio Agamben, publicó un texto llamado “Elogio de la profanación”. Allí propone que cualquier actitud que implique sustraer algo del uso general de los hombres y mujeres para llevarlo a una esfera separada donde no se puede usar, tiene en el fondo un núcleo religioso. Después de ser bendecida, el agua de uso corriente se coloca en el templo y ya no puede ser usada más que para los ritos religiosos. Sin embargo, esa actitud que nace en la religión no termina en ella. Los museos, por ejemplo, son en general instituciones laicas a pesar de lo cual, cuando un objeto comienza a formar parte de su patrimonio, no se puede usar, si bien se lo puede contemplar.

En ese sentido, la fundación de la Academia inauguró la museificación de la filosofía, y con ello comenzaron las dificultades para usarla en la vida cotidiana. Una forma en la que se suele mirar a los académicos es como fieles seculares: admiran la filosofía, la estudian, la investigan, la sistematizan, pero rara vez la usan, y si la usan lo hacen en rituales apartados: clases, congresos, seminarios. Pero si la filosofía se considera un saber y una práctica importante para que los ciudadanos puedan pensar mejor la realidad y entonces transformarla, ¿cómo hacer para que todas las personas (y no solo los académicos) usen la filosofía en todos lados?
Frente a eso, Agamben parece darnos una pista: la profanación. Profanar algo es restituirlo al uso general. Usar el agua bendita para tomar mates es profanarla, es sacarla del ámbito separado del templo para usarla en la vida cotidiana. Profanar es usar negligentemente las cosas sagradas, comprarlas y venderlas, usarlas para propósitos mundanos, aunque se rompan.

III
Sztajnszrajber pertenece al tipo de filósofo que quiere profanar la filosofía: propone que a la sociedad le conviene usarla, aunque la rompa, que resguardarla en la Academia. Sin embargo, nuestros tiempos no son como los de Sócrates y existen muchos obstáculos para lograr esa profanación. Uno de ellos, es que los saberes se presentan frente a las multitudes bajo la forma de espectáculo. Un principio básico de la comunicación es que cuánto más simple es el mensaje, mayor es la cantidad de personas a las que llega. Por eso, parece imprescindible presentar el conocimiento filosófico de manera simple y atractiva. Pero entonces, la filosofía se divide a sí misma: por un lado, lo que de ella se puede exhibir espectacularmente, por el otro, lo que no, lo que solo se puede comprender con tiempo (en ocasiones años) de estudio sistemático y descubrimiento intelectual personal.

El problema, es que eso que no se puede mostrar en una charla de veinte minutos es muy importante: sin eso la filosofía no se puede usar, solo se puede consumir. El consumo es distinto del uso, y en cierta forma es su contrario, porque implica la destrucción de la cosa que se quiere usar en el mismo acto de uso.
Una vieja anécdota (que siempre cuenta mi amigo Juan Kolasinsky) podría ilustrar esta diferencia. En una ocasión una persona le pidió a Ernesto Sábato que le explique la teoría de la relatividad. Sábato (que además de escritor era doctor en Física) estuvo varios minutos desarrollando los conceptos centrales, sin embargo, su interlocutor no comprendió y exigió una explicación más simple. Entonces, Sábato volvió a desarrollar los puntos centrales de la teoría, esta vez de forma más esquemática y con ejemplos ilustrativos, a pesar de lo cual, su alumno seguía sin comprender y una vez más le pidió que se lo explicara de una forma más sencilla. Finalmente, tras varias exposiciones cada vez más rebuscadas, el alumno expresó con alegría: “¡bien, ahora comprendí!”, a lo que Sábato respondió: “bien, pero eso que comprendió ya no es la teoría de la relatividad”.

IV
Muchas de las críticas a Sztajnszrajber que he leído en las redes parten de una concepción cuasi religiosa de la filosofía. Por ejemplo, “¿por qué no lleva la filosofía a las cárceles y neuropsiquiátricos en lugar de llevársela a los empresarios?”. Esa pregunta solo se entiende si se asimila el rol del filósofo al de un sacerdote cristiano secular, que debe llevar La Palabra al ámbito separado donde yacen los desposeídos. Por otro lado, “Sztajnszrajber solo quiere hacer plata”. También allí se concibe a la filosofía como un objeto sagrado, que transforma a las personas, que cambia sus vidas, pero que no puede venderse y comprarse. Se pide que la filosofía se salga del mundo del trabajo, se pide que habite un lugar separado. Frente a ello, creo que hay que defender el comportamiento profanatorio de Sztajnszrajber y de todos aquellos que intenten restituir la filosofía al uso general, en todos los ámbitos y para todos los sectores sociales y económicos.

Sin embargo, el problema no es ese. El problema, como señala Agamben, es que el capitalismo desactiva todos los intentos profanatorios, los anula, los deja sin efecto: es “una religión de lo Improfanable”. No importa qué haga Sztajnszrajber para restituir la filosofía al uso general, la actual dinámica socioeconómica colocará a la filosofía como objeto de consumo o espectáculo. Pero ese problema no es solo de Sztajnszrajber, sino de todos los que ostentan un saber y sienten el compromiso de difundirlo y ejercitarlo en comunidad. La verdad es que, mientras la sociedad se corre cada vez más peligrosamente a la derecha, no podemos dar en el clavo sobre cómo profanar la filosofía, la política, la ciencia, la tecnología, la economía. La verdad es que estamos desorientados y frustrados, pero el filósofo del apellido difícil no debe convertirse en el chivo expiatorio de esa frustración.

30 Octubre 2018
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