Él

Ecos de mañana | Por Ezequiel Dellutri

Escuchá Él en su versión audiocuento 

Cuando hace poco la doctora me mostró uno de esos libros para chicos con imágenes de duendes, me empecé a reír. Después terminé llorando, pero primero me causó gracia.

En mi pueblo, los duendes no son buenos. Nunca son buenos.

Imbéciles hay en todos lados. Cada pueblo tiene uno o dos tarados parados en las esquinas, babeándose o berreando. A veces, hasta se ríen, hablan, susurran cosas que ni ellos entienden.
Cada pueblo tiene dos o tres, pero el mío tiene muchos. Se juntan en las veredas para disfrutar de su estupidez.
El mío es un pueblo pequeño, por eso si los hubiesen dejado se habrían transformado en mayoría. Cuando las parteras se dieron cuenta, empezaron a ahogarlos no bien nacían.
Yo no sé si lo sugirió Él o fue cosa de ellas. En todo caso, nadie se quejó. Un pueblito como el mío puede soportar uno o dos tarados, pero no que sean mayoría.

De dónde llegó, no lo sé. Las viejas del pueblo hablan mucho, pero ninguna se pone de acuerdo y hasta se contradicen.
Algunas sostienen que vino escondido en un barco. Otras, que están acá desde antes, mucho antes, aún antes de que llegaran los primeros gringos.
En lo que todas están de acuerdo es en que es viejo. Muy viejo, lo que no impide que sus apetitos sigan intactos.

Pocas veces escuché a los hombres hablar de Él. Lo hacen solo por necesidad, o porque están muy borrachos. Muchos, reconocen que nunca lo vieron. Otros, los que dicen que lo vieron, mienten. Piensan que decir eso les da poder. Unos pocos lo han visto y hasta han hablado con Él. Esos, esos no dicen nada.
Con las mujeres pasa algo distinto: todas en el pueblo lo conocemos. Las viejas se refieren a Él con cierta añoranza. Las madres, con odio. Las niñas, con temor y curiosidad.
¿Y yo? Bueno, yo le guardo rencor. No mucho, solo lo justo. El resto lo conservo para los hombres, que se emborrachan para no escuchar nuestros gritos.

Nadie sabe dónde vive. Es un rey sin palacio, sin corona, sin manto. Su poder no reside en lo que tiene, sino en lo que es. También, creo, en lo que la gente dice que es.
Si uno sabe serle fiel, Él puede cumplir con lo que le piden. El problema es que a veces, su voluntad es retorcida, engañosa, egoísta.
No pide mucho a cambio: algo de tabaco cada día, tal vez una botella de alcohol barato cada tanto y no mucho más.
Y mujeres, claro. Eso también. Eso también y sobre todo.

La maestra llegó un día al final del verano. No sé por qué vino a verme. Alguien, no sé quién, le dijo que me gustaba leer. Necesitaba que la ayude a volver armar la escuelita y le pareció que yo podía darle una mano.
Fui con ella. Era linda la maestra. Tenía el pelo muy claro y los ojos oscuros como nosotras. Me gustaba estar con ella, era amable, simpática. Inteligente pero no agresiva.
Me gustaba estar con ella.
Me gustaba.
Ese día, mientras limpiábamos el aula, me preguntó por el pueblo, por la gente. Quién era el más importante, quién el más chismoso, quién el más inteligente, quién el de más cuidado. Iba a hablarle de Él, pero la maestra venía de la ciudad. Pensé que no iba a creerme, así que me callé.
Ya se enteraría solita, pensé. Uno no puede pasar mucho tiempo en mi pueblo sin enterarse.

Para ella eran solo supersticiones. Yo no le decía nada. Si quería negarlo, era su problema.
A la gente del pueblo no le importaba que los tratase de ignorantes. Se reían de ella, pero en el fondo la compadecían. No creo que imaginasen lo que iba a pasar. Lo intuían, tal vez. Pero no lo imaginaban. En mi pueblo, imaginar no es necesario. Las pesadillas tienen nombre y apellido.
Sin embargo, algunas mujeres trataron de advertirle, fueron a golpear la puerta de la habitación en la que vivía al costado de la escuelita. Pero todo fue en vano. Ella no escuchaba.
¿Y Él? Él sí que escuchaba.
Él siempre escucha.

Lo vi de nuevo una noche cuando salía de la escuela. La maestra había logrado que me asignaran como portera. Era invierno ya y la nochecita llegaba rápido, tan rápido que a veces me sorprendía. Yo sabía, como saben todos, que Él se mueve mejor por las noches, así que trataba de salir antes de que oscureciera. Pero esa noche se me pasó, o tal vez Él hizo que oscureciera más temprano. Puede hacerlo, lo sé. Lo he visto realizar milagros todavía más complicados.
Primero escuché el silbido. Es como el canto de un pájaro, de un pájaro que los del pueblo sabemos, no existe. Cuando me di vuelta, allí estaba. Me quedé paralizada, porque aunque sabía que podía suceder, no esperaba volver a verlo. Él me sonrío, igual que la otra vez. Vi su miembro monstruoso mientras se masturbaba. Cuando eyaculó una bilis negra sobre el camino, eché a correr.
Pero no me siguió. Recién cuando me detuve, ya en la plaza del pueblo, me di cuenta de que no era a mí a quien buscaba.

Pensé en advertirle, pero el miedo me lo impidió.
Recordé mi primer encuentro con Él. Yo tenía… ¿doce, trece años? Mi madre me puso un vestido blanco y una tiara de flores. Mientras me ayudaba a vestirme, lloraba. Yo trataba de comprender lo que iba a suceder, lo que iba a sucederme. Pero en aquel momento mi mente era la de una niña… ¿cómo podría imaginar aquello?
Mi padre me llevó a la pradera. Todavía amaba a mi padre, pero después de eso, nunca más pude mirarlo a la cara.
Llegamos cuando comenzaba a oscurecer. Todavía me parecía escuchar los gritos de mi madre cuando me vio salir de la casa de la mano de mi padre. Y sin embargo, no había impedido que me lleve, no había impedido que me dejara sola en la pradera.
Cuando anocheció, Él se desprendió de la oscuridad, como si siempre hubiese estado agazapado allí. Vi sus ojos pequeños y negros como los de un pájaro, su cuerpo deforme, su virilidad bestial. Yo no sabía qué iba a suceder, no sabía qué era lo que quería hacer conmigo.
Lo supe recién cuando se abalanzó sobre mí y rasgó mi vestido blanco con sus garras de yaguar. Comprendí por qué mi madre había llorado cuando me dijo que no me pusiera ropa interior.
Para que todo pase más rápido, me había dicho.
Para que pase más rápido.

A la mañana siguiente, encontraron a la maestra sentada junto a la puerta de la escuela. Tenía la mirada perdida. Cuando la ayudaron a ponerse de pie, habían visto la sangre.
Se había resistido. Todos le habían dicho, pero ella se había resistido. Si una se deja, Él puede ser suave. Duele, pero no desgarra.
Pero ella se había resistido.

La maestra pasó el día con fiebre. Por la tarde, le dije a los hombres que había que llevarla a la ciudad porque yo sola no podía detener la hemorragia.
Conversaron en susurros y por fin, me dijeron que si pasaba la noche igual, a la mañana siguiente la llevarían.

La maestra se despertó por la madrugada. Me miró largo rato. No supe si se daba cuenta de donde estaba, qué había pasado. No supe si se acordaba de Él hasta que me habló.
Le dije que todas nosotras vivíamos con eso, que podía hacerlo. Ella me dijo que no era una de nosotras. Que ella no podía vivir con eso. Que quería morir. Que quería que yo la matara. Por primera vez, noté el desprecio en su voz. Ella creía entender, pero no entendía y por eso nos despreciaba.
Quizás hubiese muerto antes de la mañana. Pero yo sabía por lo que había pasado. Y sé que por más que trates, siempre vas a tener que vivir con eso, sintiendo ese olor, pensando que puede estar agazapado en cualquier parte.
Así que puse mis manos en su cuello, suavemente, muy suavemente
Y esta vez, ella no se resistió.

Me dan asco. Los hombres me dan asco. Nunca hicieron nada contra Él, pero cuando llegaron la mañana siguiente, encontraron a la maestra muerta y les conté lo que había pasado, me trajeron hasta acá.
La doctora viene a hablar conmigo todos los días. Me pregunta siempre lo mismo, anota algunas cosas. Yo le pido que me suelten o que por lo menos, aflojen un poco las correas. Pero ella parece no escuchar mis reclamos. Cree que estoy loca… ¡cómo para no estarlo!

El otro día, la doctora me mostró ese libro con los duendes, ese libro para chicos que me hizo reír y llorar.
Ella no me cree, pero eso no me importa. Prefiero estar acá y pasar por loca.
La vida en mi pueblo puede ser muy dura.

Ezequiel Dellutri

(Buenos Aires, 1977) Escritor, conductor radial y docente especialista en géneros.Recibió numerosas distinciones en el ámbito de la literatura fantástica. Publicó las novelas Sobre la convergencia y Sobre los inmortales, además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas. Publicó dos libros de ensayo para adolescentes, ambos editados por la editorial Verbo Vivo, y es autor numerosos artículos sobre literatura de género para medios especializados.Finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas policiales Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas, Alambre de Púas y Putaparió, que conforman la serie del detective Gillette. En 2017, ganó el Premio Internacional de Novela Negra por su libro Carroña, editado por Raíz de Dos, y en el 2018 fue distinguido con el Premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil por su novela Koi.

Especialista en la tradición fantástica de la literatura, Dellutri nos muestra en sus relatos que con pocos y bien utilizados recursos puede retrotraernos a los tiempos de la narración oral, frente al fuego, en la caverna. Es decir, a la época en que el mundo era un vasto territorio desconocido. Y el miedo a lo desconocido, como ya sabemos, es el más antiguo de los miedos.

El audiocuento es una realización de “El Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

02 Enero 2019
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