La japonesa

Ecos de mañana | Por Diego Arandojo

Escuchá La japonesa en su versión audiocuento 

Ayer enterramos a mi hermana.
Papá no quiso explicarme qué le pasó. “Cuando seas grande”, prometió.
Esa noche no pude dormir. Veía a Kika (así la llamaba yo) por todas partes; sentada frente a la ventana, bajo la luz de la luna, o en el cuarto de baño, secándose su larga cabellera rubia frente al espejo.
Me preparé un vaso con leche tibia. Bebí lentamente, saboreando el líquido en mi garganta, y regresé a la habitación. Me metí en la cama. Cerré los ojos. Le recé a Dios. Pero no sirvió. Seguía sin poder dormir.
Con el paso de las horas la situación empeoró. Me faltaba el aire. Mis manos transpiraban, al igual que mis pies. Me levanté de la cama. Sobre las sábanas había un manchón húmedo.
Abrí la canilla. Me lavé la cara una y otra vez con agua caliente. Mis dedos pasaban cerca de los ojos, como queriendo aplastarlos. Me mordí la lengua a propósito. De la herida brotó un poco de sangre. Kika… ¿Por qué te fuiste?

Dos golpes me despertaron. Estaba dentro de la bañadera, recostado y con el pijama abierto. Los golpes en la puerta se repitieron.
–¿Adrián, estás ahí? –preguntó papá.
–Ya salgo.
–Dale. Vas a llegar tarde al colegio… –explicó.

Mientras viajaba en el auto la ciudad parecía diluirse. Los edificios se desarmaban y dejaban a la vista un extenso campo de hierba negra. Suspiré sintiendo un dolor en el pecho. Otra vez la sensación de falta de aire. Bajé la ventanilla de un manotón nervioso. El viento inundó mi rostro.
Unos minutos después ya estábamos en la entrada del colegio. Mis compañeros y compañeras corrían, gritando y burlándose de algún maestro en particular.
Papá me abrazó. Fue algo raro.
–Te paso a buscar cuando salgas –explicó.
Eso también era extraño. ¿Por qué se interesaba tanto en mí?

Me estaba durmiendo. El maestro Víctor, entusiasmado con la lección de literatura, escribía un poema sobre el pizarrón. La tiza… iba y venía… Por momentos me parecía que sacaba chispas. No podía concentrarme. Crucé los brazos. Dejé caer con lentitud la cabeza sobre la carpeta abierta.
–Cuidado –dijo una voz.
Tosí y me erguí de inmediato en el asiento. En ese instante la mirada del maestro se posó en mí; simulé rápidamente escribir. Garabateé con mi bolígrafo unas palabras incomprensibles sobre el papel.
–De nada –dijo Liliana, la compañera que se sentaba detrás de mí. Era simpática, de cabello negro y piel morena.
–Gracias –le respondí, en voz baja.

Durante el recreo jugué a la pelota con los chicos. Eran mis amigos: Gabriel, Gustavo y Gonzalo. “Las tres G”, como los llamaba. Pero lo hice para dejar de pensar en Kika y en mis ahogos.
Me aparté un momento para tomar un poco de agua. Estaba exhausto. En ese momento Liliana se me acercó.
–¿Cómo estás? –inquirió.
–Bien.
El silencio lo dejé adrede; no quería más preguntas ni nada. Solo quería jugar a esa maldita pelota y olvidarme de todo. Pero la niña insistió. No lo hacía de mala manera, yo lo sabía.
–Perdón… Es que… mi hermana –dije, trémulo. Se me vino otra vez la imagen de ella peinándose frente al espejo.
–Sí. Me enteré. Lo siento mucho.
Intentó abrazarme pero se lo impedí.
–Tengo que volver –y me fui corriendo con las tres G.

Papá cumplió. Cuando salí del colegio estaba parado junto al coche, con la puerta abierta. Entré sin decir nada. Él tampoco.
El resto de la tarde me la pasé leyendo historietas, tirado sobre la cama. La mancha de mi transpiración seguía húmeda, así que la tapé con una frazada.
Llegó la noche. Cenamos arroz. Estaba un poco pasado pero lo comí igual. Mi padre miraba televisión. No estaba concentrado en el programa (una comedia). Más bien miraba por mirar.
–¿Te puedo preguntar algo? –consulté.
Balbuceó una frase que no entendí.
–Es sobre Kika…
De inmediato giró la cabeza hacia mí. Tenía una expresión de enojo terrible. Cerró el puño derecho. Dejé todo y subí a mi habitación. Me encerré con llave.
Estuve quieto hasta que escuché un sonido como algo que caía al piso. Algo pesado. Apoyé la oreja en la puerta. Era papá. Lloraba desconsoladamente.

Al día siguiente, intenté mostrarme más apacible en el colegio. Las tres G me ofrecieron jugar al fútbol. Accedí y de hecho metí dos goles. Liliana me invitó a tomar un helado en el kiosco, acepté. La pasamos muy bien. Hasta incluso sonreí.
Pero la angustia no se iba. Cada noche era lo mismo: insomnio. Cuando finalmente podía dormir, una hora a lo mucho, despertaba en lugares distintos de mi habitación. Siempre en la misma posición; siempre con el pijama abierto.
Hasta que me hablaron de aquel dibujo. Fue un viernes. Cuando entré en el aula había un tumulto en el fondo. Me aproximé por simple aburrimiento, no por curiosidad. No tenía nada mejor que hacer antes de que llegara el maestro Víctor.
Un compañero arrancó una hoja en blanco de su cuaderno. Luego dibujó la cara de una niña. En lugar de hacerle los ojos, escribió unas palabras. A continuación dobló el papel hasta hacerlo un bollito y lo aplastó con su zapato izquierdo.
–¿Qué es eso? –le pregunté a Liliana.
–El juego de la japonesa. ¿No lo conocés? –preguntó.
Negué con la cabeza. De repente entró el maestro, con gestos apurados.
–¡Ya empezamos! –gritó.
Mi compañera me agarró del brazo y me sentó.

Al sonar las campanas, todos se levantaron desordenadamente y se retiraron del aula. Yo decidí quedarme.
–¿Me contás? –le pedí a Liliana.
La chica arrimó su asiento junto al mío. Recogió hoja de papel y un marcador negro.
–Primero tenés que dibujar la cara de la japonesa. Así, mirá… –detalló y dibujó un rostro redondo y fino en el mentón.
–Segundo, pensá qué querés que haga.
–No entiendo –le dije.
Liliana suspiró.
–La japonesa, si hacés todo bien, te cumple cualquier deseo. Por ejemplo… a ver… pasar bien el examen de la semana que viene, el de inglés –apuró a decir ella, y escribió en el ojo derecho la palabra “Examen”, y en el izquierdo “Aprobar”.
Seguidamente hizo un bollito con el papel. Lo tiró al suelo y aplastó con la pierna izquierda.
–¿Entendiste? Lo de la pisada es fundamental para que el deseo se cumpla –aseguró.
Asentí.
–¿Y funciona de verdad?
–Si tenés fuerza y coraje… sí. Pero si sos débil, la japonesa se enoja –concluyó Liliana.

No me pude quitar la idea de la cabeza. Pero, al mismo tiempo, hacer el juego de la japonesa me daba mucho miedo. Más que nada por lo que quería preguntarle.
Otra noche de insomnio y sudor. Yo boca arriba. Mirando la nada. La luz de la luna entrando por la ventana. Todo era ausencia, vacío.
Reuní el coraje suficiente e hice el juego de la japonesa. Escribí “Kika” y al lado “De qué murió”. Hice el bollito, lo tiré al piso y lo aplasté con el pie izquierdo.
Pasaron dos horas sin novedades. No tenía ninguna respuesta. Empecé a preguntarme cómo se manifestaba la japonesa; ¿aparecía en persona, te hablaba telepáticamente?
Y me quedé dormido.

Desperté. Todavía era de noche. Vi el reloj; las cuatro y media de la madrugada. Caminé en dirección al baño, ya que me hacía pis.
Cuando terminé, me lavé las manos. Antes de irme… la vi en el espejo. Fue algo fugaz. Un segundo. Dos, como mucho.
Estaba a mi lado. Una figura oscura, femenina y pequeña en estatura. Jamás olvidaré su boca. Blanca, como si tuviera varias lenguas.
Me tomó de la nuca con una mano tan, pero tan fría… Y entonces pude ver.

Kika escuchaba música. Tirada en la cama. Vestía ropa interior. La puerta se abría e ingresaba mi padre. Él se acercaba a mi hermana, se sentaba en el borde de la cama. Le acariciaba las piernas. Kika quiso defenderse; lo pateó varias veces hasta dejarlo atontado. Mi hermana corrió por la casa, pidiendo ayuda. Yo estaba en el colegio. Papá se reincorporó y persiguió a Kika. Cuando la agarró de los pelos, tiró con fuerza… fue demasiado brusco. Mi hermana cayó contra la punta de un mueble. La sangre salpicó a mi padre. Y Kika no volvió a despertar.
Cuando las imágenes terminaron, me desvanecí. Me costó recuperarme. Vi el espejo pero ya no había nada.
No pude resistir más. Lloré. No lo había hecho ni durante el entierro ni después. Lloré lágrimas casi rojas. La verdad dolía tanto…

Papá dormía muy tranquilo. Roncaba de a ratos. Yo me ubiqué a su lado. Le acaricié la mejilla.
–Papito… –le dije.
Fue abriendo sus ojos marrones.
–¿Qué pasa? –me preguntó, confundido.
Mi respuesta fue una puñalada en el pecho.
Luego le di otra más, y otra…
Sentí su sangre caliente empapando mi pijama.
Seguí hundiendo el cuchillo.
Me sentía tan bien.

Tiré el arma a un lado. Me aparté de la cama y retrocedí. Mi espalda rozó la pared. Ahí fue cuando vi el cuadro completo; la carnicería que había provocado.
–¿Viste? Ya soy grande –le dije.

Súbitamente sentí una manito agarrándome del tobillo derecho. Tiró con fuerza y me arrastró por el suelo.
–¡Dejame!
Otra manito me tapó la boca.

Recuerdo fragmentos. Me llevaron fuera de la casa. En el jardín. Luego la calle. El asfalto lastimando mis manos y piernas.

Lo último que vi fue a la japonesa, vestida de blanco y con la cara como de porcelana, que se reía de mí.

Diego Arandojo

(Buenos Aires, 1978) Investigador, documentalista y escritor.Es autor, entre otros, de los libros: “Manu en la playa” y “Manu en la montaña” (2010 y 2018, cómic junto a Ed Carosia), “Esquina 718” (2009 y 2010, junto a Chino Volpato), “Bastón de mando, un secreto guardado durante 30 años” (2014), “La vida secreta de las empanadas” (2014), “Negrísimo” (2016), “Trilogía del terror antropológico” (2017), “Morondanga” (2017), “Bela el terror mudo” (2018, cómic junto a Hernán González) y “Beatnik Buenos Aires” (2018, cómic junto a Facundo Percio).Como guionista escribió series documentales para la cadena “Encuentro”, de Buenos Aires. Dos de éstas (“Presidentes Argentinos” y “La Era de los Caciques”) recibieron el Premio a mejor serie documental, otorgado por Argentores en las ediciones 2012 y 2016.Dirigió los largometrajes documentales “30 años de silencio” (2013), “Opium, la Argentina Beatnik” (2014), “Alcatena” (2015) y “Garaycochea” (2017). Además, desde 2014 lleva adelante la serie de crónicas sobre historieta argentina titulada “Documentales en viñetas”, que se publica regularmente en YouTube.Asimismo impulsa las revistas digitales Lafarium (nacida en 1997) y la más reciente Ragus. Es padre del pequeño Adam y reside junto a su familia en la Ciudad de Buenos Aires.

Verdadero polígrafo, Arandojo es uno de los escritores más particulares de la escena nacional. El tratamiento de temas disímiles junto a su concepción del arte como una disciplina mágica y transformadora de la realidad lo emparentan con AleisterCrowley, mientras que sus prospecciones sobre el terror, el fantástico y el absurdo lo sitúan como digno heredero natural de quien fuera guía intelectual de sus primeros textos, Juan Jacobo Bajarlía.

El audiocuento es una realización de “El Staff de Cuentos Criollos

@cuentoscriollos

03 Enero 2019
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