Una pequeña caja de cartón

Ecos de mañana | Por Maricel Palomeque

Escuchá Una pequeña caja de cartón en su versión audiocuento

Cierto día, mientras despachaba carne en el mercado, oí unos gritos que venían de la pescadería. Dos mujeres, la empleada del puesto y una señora mayor, se disputaban a tirones una pequeña caja de cartón forrada con papel araña color verde.

Ambas decían ser las dueñas del objeto y cada cual tenía un argumento para demostrar su verdad. La señora de batón floreado y ruleros sujetos con pañuelo de seda había comprado medio kilo de camarones y, presuntamente, antes de retirarse habría robado la caja de cartón que estaba a un costado de la registradora. La empleada del puesto, una muchacha rubia y lacia con delantal blanco en el cual se limpiaba las manos nerviosamente, pedía que por favor alguien diera aviso a la policía. Por su parte, la mujer de batón floreado aducía que su caja había estado todo el tiempo en su bolsa de las compras y que sólo la había retirado y apoyado sobre el mostrador por un instante para buscar el monedero. Así se superponían los dichos. Mientras la muchacha gritaba ¡Ladrona! ¡Policía! ¡Ladrona!, la otra recitaba con voz chillona, tapándose las dos orejas con las manos: ¡Esta caja me pertenece! ¡Es mía, es mía, es mía!

El oficial de policía apareció agitado luego de atravesar los laberínticos pasillos del mercado y preguntó de qué se trataba el disturbio, llevándose la mano al cinturón donde guardaba el arma. Las mujeres repitieron sus relatos entre acusaciones coléricas, frente a un público cada vez más interesado en conocer la verdad.
-A ver, señoras, mantengamos la calma -dijo el oficial mostrando las palmas a la altura del pecho.
Pero las mujeres berreaban sin entender razones, por lo que el oficial les arrebató la caja, la apoyó en el suelo apretándola entre sus borceguíes y anunció, dándose aires salomónicos:
-Ahora me van a contar, de a una por vez y sin levantar la voz, qué hay en el interior de esta caja. Cuantos más detalles puedan brindar, más fácil será comprobar quién es la verdadera dueña.
Las mujeres volvieron a pelearse porque las dos querían ser las primeras en hablar, hasta que el oficial, ya malhumorado, declaró el desacato y en medio de gritos y forcejeos disparó un tiro al aire. Los curiosos se atajaron las cabezas y las mujeres por fin hicieron silencio.
-Empieza usted. Dígame exactamente qué hay aquí adentro -ordenó señalando a la muchacha con el arma.
Sin pausa, y como si se tratara de un poema aprendido de memoria, la empleada de la pescadería enumeró:
-En la caja hay un paquete de alfileres, dos conejos negros en una galera blanca, un jacarandá florecido, una misa con un cura y ochenta carmelitas descalzas, mil litros de chicha, un peine con tres piojos, una ramita de albahaca fresca, la mantilla de la madre de San Martín, y tres policías de su patrulla dispuestos a declarar que esta caja es mía.
-¡Oficial! -levantó la mano su antagonista, en señal de que era su turno para testimoniar-. ¡Lo que dice esta zorra es una gran mentira! Bien sé yo que en la caja hay un naipe de tarot egipcio, cuatro bifes de cerdo recién cortados, dos enanos de yeso, media docena de empanadas de jamón y queso, una peluca de payaso, una isla deshabitada en medio del Caribe, una cueva sombría donde duerme un ogro que se ha comido a veinte mujeres, la mitad de la arena del Sahara, una avenida con colectiveros en huelga, además de su madre y de su suegra que pueden atestiguar que esta caja es mía.
-¡Esto me faltaba! -farfulló el oficial cerrando los ojos y moviendo la cabeza de un lado a otro. Con ironía deslizó: -¿Algún otro detalle que deseen agregar las señoras?
-Sin pedir turno para hablar, la joven empleada se arrodilló ante los pies del oficial, suplicante:
-¡Ay! ¡Si usted supiera lo que significa esta caja para mí! Aquí están los bosques nativos de América, el genio de la lámpara maravillosa dispuesto a cumplirle tres deseos, un reloj que marca siempre las doce, un anillo de bodas que a nadie le pertenece, una mujer que se mira al espejo y pregunta quién es la más bella, la ojota que usted perdió en la playa el verano pasado, una nave espacial a punto de dispararse a Marte, una chimenea encendida, un jinete triste que perdió su alazán, un avión sin destino, un chancho gritando en el matadero y la voz de mi padre que dice que no descansará en paz hasta que yo recupere esta caja.

Confundido con la descripción de la muchacha (en efecto, unos meses atrás había perdido una ojota en la playa) el oficial señaló con el arma a la mujer de batón y ruleros, que entendió era su tiempo de revancha. Al borde del llanto, gritó:

-En esa caja conservo un barco con siete velas, dos manatíes en celo, una alfombra mágica con siete turcos encima, el rocío de la noche más fría, un plato humeante con ravioles de verdura y seso, una calle sin salida, las azafatas del avión sin destino que nombró recién esta zorra, un hombre bañándose a orillas del Orinoco, varias pinzas para atar ruleros, la corbata celeste de su traje de bodas, una jaula de mimbre con monos asesinos, y el monstruo del Nahuel Huapi que amenaza con tragarlo a usted y a su familia si la caja no me es devuelta en este instante.-¡Basta, señoras! ¡Por favor! -gritó el oficial y ¡pum! ¡pum! volvió a disparar al techo del mercado, quizás afectado por el recuerdo de la corbata celeste de su traje de bodas-. ¡Me cansé de que me tomen el pelo! -dijo, y se agachó para abrir la caja al tiempo que los curiosos aplaudían y preparaban sus cámaras para registrar el gran momento.

Sin embargo, después de abrirla con un cortaplumas y de darla vuelta, no cayó ni un solo alfiler. Al cabo de unos segundos, de la boca abierta de la caja, comenzó a emanar un polvillo azul que fue envolviendo el aire y afectó a los que estaban más cerca, tal como les sucede a los profanadores de tumbas.

Bajo los efectos del atontamiento, y conteniendo la respiración, no sin sentir un punzante ardor en los ojos, pude apoderarme de la caja sin que nadie lo notara y esconderla bajo mi abrigo.

En cuanto pudieron reaccionar, las mujeres fueron llevadas a la comisaría y los curiosos se fueron disipando, entre preguntas y reclamos.
Muy pronto, el suceso quedó en el olvido. Y si ahora los clientes la observan extrañados, no es porque la reconozcan, sino por simple curiosidad. Yo mismo forré la caja con papel naranja brillante y la colgué de un gancho entre los embutidos, sobre el mostrador. Cuando alguien pregunta para qué sirve, contesto que es sumamente efectiva para ahuyentar a las moscas.

Maricel Palomeque

(1976) vive y trabaja en Villa Allende, Córdoba. Estudió Comunicación Social (UNC) y es Magister en Escritura Creativa (Universidad de Sevilla, España). Ha publicado los libros Manga de animales (Los Ríos, 2015) y Cuando llega un dragón (Los Ríos, 2017) distinguido con los premios “Destacados de Alija”, “Mención Fundación Cuatrogatos”, y Mención en Casa de las Américas en el género Literatura para niños y jóvenes. También participó de las antologías Es lo que hay, Dora narra y Córdoba cuenta, editadas y publicadas en Córdoba, en 2009. Actualmente coordina talleres de escritura creativa para jóvenes y adultos.
Una pequeña caja de cartón está inspirado en el relato “El saco prodigioso”, de las Mil y una noches.

Dueña de un estilo sencillo y directo, Maricel Palomeque cultiva el relato para adultos y para niños con igual calidad. Sus temas van desde los periplos de la existencia cotidiana hasta los orígenes de la cultura colectiva, los mitos y la preocupación por redescubrir la esencia de las narraciones orales primigenias.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

10 Enero 2019
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