El pintor

Ecos de mañana | Por Javier Quintá

Escuchá El pintor en su versión audiocuento

Gómez vivía en Alberdi. Por las tardes sacaba una silla a la vereda, el mate y el termo. Había colocado un cartel en la puerta de su casa: “Pintor de obra”, decía. Y daba un teléfono celular. A veces se caía al bar de la Santa Rosa y se quedaba horas en la barra. Compartíamos tragos, contaba en qué andaba.

Esa vez dijo que estaba contento porque estaba pintando una casona de dos pisos, en zona Norte, donde trabajaría por un tiempo. Dijo que no tenía otra cosa más que pintar y lijar, y que gracias a Dios, no tendría que volver a su anterior trabajo. Que salía temprano en la mañana y cuando llegaba, la dueña de la casa lo hacía pasar al patio para que dejara la bici y buscara los guantes, las lijas, el removedor, los pinceles, la cinta papel y los diarios. Que los días de mucho calor, ella le ofrecía una jarra de agua con hielos.

A la tarde, Gómez pasaba por el bar, se tocaba la visera de la gorra para saludar.
¿Gómez, para cuándo me termina esa casa?
Tengo para rato, decía.
Mejor entonces.
Sí.
Siempre la misma banqueta apartada. Pedía un vino, ojeaba el diario. Una vez apareció rengueando, la camisa desgarrada, los puños con manchas de sangre.
¿Eh, Gómez, qué le pasó?
El perro, dijo.
¿Cómo?
Los dueños, la puta que lo pario, se olvidaron de atar al perro. ¡Perro hijo de puta!
Un mediodía, mientras lijaba la puerta que daba al comedor, Gomez escuchó lo que hablaban los dueños de la casa al otro lado, en la mesa. Había olor a bife, el televisor encendido.
Viste, papá, y vos que decías que era puto.
Qué vergüenza, Carlos −dijo la mujer−, le hubieras visto la cara al pobre hombre.
¿Cómo fue?
No sé, me dijo que el Klaus le saltó encima y que lo tiró al piso.
Tan bueno que es siempre, dijo el padre.
Al Klaus no le gustan los negros, dijo el chico.
Es por el olor.
¡Carlos, por favor!
El padre y el chico se rieron.

Para pintar el frente y el segundo piso de la casa, a Gómez le hacía falta una escalera larga. Con el rodillo, apenas si alcanzaba los techos y las paredes, por eso dijo que iba a conseguirse una, que su antiguo patrón, Domínguez, le debía un favor. Y fueron con el dueño y el chico en una camioneta hasta el galpón de una empresa constructora en barrio San Martín.

Cuando llegaron, ellos esperaron en la chata a que Gómez volviera. Él se paró en frente de un portón de chapa verde, aplaudió un par de veces. Había unas personas trabajando adentro, pero nadie lo atendía. Estuvo así un rato. Cada vez que alguien miraba hacia la calle, Gómez le hacía señas con las manos.
¿Qué necesita?
Quiero hablar con Domínguez, dijo él.
No se encuentra.
¿Y Loza?
Un hombre de mameluco, con un alambre y una tenaza en la mano saludó a Gómez.
Domínguez me la presta, por favor.
No puedo hacer nada, Osvaldo, dijo Loza.
Es por unos días nomás.
Bueno, pero vos te hacés cargo después.

Entre dos hombres trajeron una escalera larga hasta la vereda. El chico bajó a ayudarlo a Gómez y la subieron atrás.
Deje, señor, yo la sostengo. Y se sentó en la capota.
Esa misma tarde, Gómez volvió al bar. Tenía la cara hinchada, un lunar negro en los labios y los dientes sucios, la gorra en la mano, los pelos pegoteados al cuero cabelludo. Se sentó, pidió un vaso de soda. Entonces contó la historia de Domínguez.
Dominguez me había prometido trabajo para todo un año. Había que pintar unas viviendas, de noche laburaría de sereno. Pintaba todo el día y después tenía que fijarme que nadie se llevara nada. Controlaba el galpón, las pilas de ladrillo, las herramientas, las máquinas.
¿Y no dormías nunca, che?
Me tiraba de a ratos.

Contó que tenía que pintar un tanque de agua, pero que en la obra no había ninguna escalera larga. Que Domínguez le dijo que se las arreglara como pudiera, así que Gómez tomó dos escaleras viejas, les cambió algunas maderas y las juntó. Así y todo, Domínguez vino un día y lo echó. Dijo que tenía un montón de gente decente esperando para trabajar.
¿Por qué? ¿Te robaste algo?

Eso dijo el capataz, me dijo que yo sabía lo que había hecho. Pero yo no robé nada. Fui hablar con Domínguez, no quería escuchar. Me dijo que lo tenía harto, que no hacía bien las cosas y encima me pagó sólo por la pintura, me dijo que ni eso tenía que pagarme.

Gómez era un tipo muy metódico. Sacaba las ventanas, ponía diarios sobre una mesa, empezaba con el removedor y la viruta, después lijaba. Había que llegar a la madera virgen, decía, para que el color tomara fuerza. Las ventanas de la casa eran viejas, las hojas de las persianas flojas, con algunas partes grises y manchas negras de hongos. Gómez empezaba temprano y no paraba hasta que la madera no quedara como seda.

Al Klaus lo habían pasado al otro patio. Gómez oía los ladridos, veía la sombra de las patas por debajo de la puerta. Dijo que de chico uno lo había mordido. Se desabotonó la camisa y mostró la cicatriz, iba del codo hasta el hombro, deforme, como cuando se desgarra una tela.

El Klaus era un ovejero alemán de orejas largas, pelo negro, la cola doblada en la punta. Gómez lo veía caminar de un lado a otro. Oía el suspiro cuando se desplomaba en la galería a la siesta.
Perro hijo de puta, decía Gómez.
Al fondo de la casa había una pileta tapada con una media sombra. El agua verde, llena de hojas. Mientras lijaba los marcos de las ventanas y colocaba cinta adhesiva sobre los vidrios para no rayarlos, Gómez repetía para sí: “Perro hijo de puta”.
Una semana antes de terminar el trabajo, apareció en el bar con una bolsa negra. Pidió un vaso de vino y se sentó. Parecía que el tiempo pasaba más rápido en el cuerpo de Gómez. Se lo veía más flaco y encorvado. Antes de irse, apoyó el vaso sobre la barra.
Lo maté, dijo.
¿A quién?
Al perro culiado.
Dijo que todo había sido muy sencillo, que abrió la puerta del patio y que el perro apenas levantó las orejas y la vista cuando él se apareció. Acostumbrado a su olor, Gómez le dio un pedazo de su sándwich mientras le rodeaba el cuello con una soga. Con los brazos extendidos tiró, las patas se movieron en el aire hasta que dejó de respirar. Después lo alzó y lo abandonó en la parte honda de la pileta.

Dijo que él tenía pensado hacer como si nada, pero la familia creyó que el Klaus se había escapado. Pusieron carteles en los kioscos, en los postes de luz, ofrecían recompensa. Pasaron días sin saber nada del perro, hasta que los tipos que limpiaban la pileta, al quitar la media sombra, lo encontraron flotando, hinchado, el hocico verde, duro, los ojos abiertos, la lengua negra.

Que el chico no quiso ni salir al patio. Que se oían los llantos desde adentro de la casa, mientras él daba la última mano de barniz a una de las celosías.
Al final, decidieron ese año no limpiar la pileta y lo enterraron en el fondo. Gómez ayudó incluso con el pozo, cavaron como dos metros y lo largaron. El olor a podrido se sintió aún después de tapar todo con tierra.

Javier Quintá

(Córdoba, 1981). Licenciado en Comunicación Social, docente y editor. Dicta talleres de escritura creativa. Sus cuentos han sido publicados en distintos medios nacionales y revistas culturales. Participó en las siguientes antologías: Es lo que hay, antología de la joven narrativa en Córdoba (Editorial Babel, 2009), Diez bajistas, antología de la nueva narrativa cordobesa (Editorial Eduvim, 2009) y Autogol (Editorial Funesiana, 2009). Ha publicado Defensa personal (Recovecos, 2017).

Aunque publicó su primer volumen en 2017, Quintá trabaja la narrativa corta desde hace más de una década, no solo en sus propias producciones sino también a través de la labor que realiza en los diferentes talleres que dicta. Tiene una prosa seca y sensible a la vez, que acerca su producción a las búsquedas de grandes cuentistas contemporáneos como Bitar y Radilov Chirov, entre otros. En sus relatos suele flotar el desencanto de la clase media profesional que no encuentra su lugar en un mundo plagado de incertidumbre y en donde los mandatos sociales terminan quedando obsoletos como plan pero no como cadenas.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

07 Febrero 2019
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