La Punta del Diablo

Ecos de mañana | Por Rosanna Patricia Nelli

Escuchá La Punta del Diablo en su versión audiocuento

Me habían llevado mis padres para que me olvidara o, al menos, me distrajera algo.
Sé que al principio estaba apática, perdida, pero luego me ganó un tenue entusiasmo; me motivaron las perspectivas, los pormenores del viaje; también la lejanía, la soledad.

Salimos de Córdoba a las cinco de la mañana; casi con frío. Era febrero del setenta y siete.
La ciudad, de un lado oscura, del otro, malva, salvo por los canillitas, se veía desierta y cerrada.

Al principio anduvimos friolentos, adormilados, pero llegamos a Frontera, y todo se empezó a animar. Ya estamos en Santa Fe, dijo mi padre; mi madre, que había permanecido hablando, se durmió un rato, y mis hermanos, comenzaron a apostar acerca de la marca de los autos que pasaban. Yo miraba los campos de maizales oscuros, parejos, y cortavientos cada vez más verdes, más altos.

Toda esa parte del viaje estuvo fresca y soleada; por lo menos, hasta el subfluvial; es una obra única en el mundo, dijo mi padre: de avanzada, muy costosa: una obra argentina, federal; adentro todo era tenue, con suave brillo de mayólicas y un fuerte olor a agua, cuando por fin emergimos, el cielo nos pareció más diáfano. Nos dimos vueltas para mirar el río, bajo el que habíamos estado; no era azul, ni transparente, era un río ancho y sorprendente, plano y sin gracia.

Después, todo el trayecto fue bajo un sol nuboso, agobiante.
En Corrientes, cuando bajábamos las cuchillas y ya antes, en grandes tramos de la llanura entrerriana, mi padre desconectaba el motor y andábamos en punto muerto; demorábamos bastante, pero el ahorro, decía, era sustancial.

La primera parada, se demoraba.
A la siesta, almorzamos en un cortavientos de álamos, sobre el capot del auto.
Al rato, todo había cambiado: había cabras, un raro ganado inmóvil, pardo, jorobado, y verde más verde, menos sembrados.

De tanto en tanto, un pecarí o una corzuela zigzagueaban en la cuneta, y se perdían entre los pastos. También había aguadas, algún palmar.
Pero, de nuevo, parecía que las mismas cosas se sucedían y volvían a empezar, casi sin cambio.

Hacia la tarde, en un momento dado, disminuimos la marcha y nos unimos a una columna de coches y colectivos que avanzaba despacio.
Hubo un cierto nerviosismo, nos hicieron callar; bajamos, mis padres abrieron el baúl, mostrándolo todo, ordenaron unos papeles y se los dieron a gente de uniforme que los llevó y los trajo mirando con recelo el interior del auto.
Después, seguimos camino, subimos a un puente, y para nuestro asombro, pasando otro río ancho, ya estábamos en Uruguay.
Del otro lado, volvieron a examinar los papeles muy brevemente, y nos dieron paso. No nos hicieron bajar.

Todos los campos eran de nuevo planos e igualmente callados; aquí y allá veíamos algunas casas con molinos, sembrados parecidos a los de Santa Fe, igual ganado; salvo por los carteles y las marcas de las estaciones de servicio, todo era similar.

Mi padre avisó que hasta la ciudad grande, no paraba. Nadie dijo nada y él siguió con su método de punto muerto y marcha.

Hicimos noche en Montevideo; el conserje del hotel nos dio una pieza grande con tres camas chicas y una matrimonial; yo me acomodé en mi cama, oyendo a mis padres que murmuraban horas e itinerarios, y me dormí mirando el cielorraso con molduras de yeso, y racimos de flores, algo cariadas.

Al otro día, nos levantamos temprano y compramos unas facturas en una panadería con un cartel que anunciaba treinta variantes de pan; hicimos mate cocido en el termo, y fuimos desayunando con el auto ya en marcha.

Hacía calor, la ciudad que dejábamos, todavía roja por el amanecer, se veía quieta y callada, llena de edificios monumentales, antiguos, de un esplendor descascarado; a lo lejos, del lado del sol, asomaba el mar.

Esa mañana, anduvimos por la carretera de la costa.
No corría una gota de aire, los pinos parecían petrificados; en las ventanillas, el viento caliente nos enredaba el pelo, y revolvía todo en el asiento de atrás.
La ruta era casi totalmente lisa, sin bajadas; mi padre se ponía nervioso y mis hermanos reían y peleaban.
Yo había llevado tres libros: Mi planta de naranja lima, El día de los trífidos y Memorias de una joven formal; aunque mamá se preocupó, los tres pudieron pasar; me los llevaba para releer, pero desde hacía unos meses, se me perdían las tramas. Y en el auto el viento batía las hojas, volcaba los vasos, me arremolinaba el pelo sobre la cara.
Entonces prendía mi pasacassette y oía bajito las canciones de los Beatles, también Sui Géneris, Vox Dei, Spinetta, Angie; de vez en cuando, el cassette se atascaba, y yo tenía que sacarlo y rebobinarlo con una birome cortada.
Mi padre, encendía la radio, así sabemos todo lo que va pasando: Radio Colonia, decía, es lo más grande. Otras veces, yo tarareaba un poco alto; cuando cantaba en inglés, ¡Finíshela! decía mi padre.

Mis hermanos tenían doce y siete años; el mayor relataba un partido que jugaban con muñecos de un metegol desarmado y pelotitas de miga amasada; casi sin pausa metía goles que festejaba ruidosamente mientras la hinchada lo aclamaba; el menor se enojaba, gritaba, o le tiraba la blusa a mi madre.
Mi padre los cacheteaba sin detenerse; mi madre mediaba, mis hermanos lloraban, reconciliados. Al rato, volvían a empezar.

El camino de la costa, era muy plano, sin baches, es un billar, protestaba mi padre.
Pensamos en detenernos en cualquier pueblo, cualquier hostería o posada, hacer noche y salir temprano en la mañana, pero no conocíamos mucho nada y papá, agotado, sin ceder el volante, quería, de cualquier forma, llegar.

Cuando ya no dábamos más, mis padres se ponían a hablar de lo que les había contado sus amigos: de la selva esplendente, del castillo y del océano todo para nosotros solos, y nosotros, entonces, aguantábamos.

Llegamos muy tarde, noche cerrada; no había luna ni estrellas, todo era gris, húmedo, pesado; alcanzamos a armar y asegurar la carpa, antes del agua diluvial.
Mi padre durmió en el auto, sentado y con el disparador en la mano, porque la lluvia fría le había desatado el asma.

Al otro día, todo estaba sereno, brillante; había un cielo azul sin nubes, un océano pálido y una vegetación extraña. No vimos cerca ninguna carpa o casa rodante.

Yo tenía dieciséis; en unos días empezaba el séptimo secundario; lentamente caían en mí las visiones de un tiempo pasado, en el silencio de las playas.

Mares sin voces, un sol altísimo sobre calas desiertas, una bahía, y, en el extremo, casi en la bruma, una península clara.

Y caminábamos con mis hermanos por las arenas húmedas, los cuerpos en el viento, los pies en el linde de las olas, sin descanso. Océano adentro, algo en la luz se quebraba; “un delfín” decía mi hermano pequeño, “una ballena” decía el más grande..., “un tiburón”, “un pulpo, un calamar gigante”, pero un instante después, ya no existía, y nos quedábamos oteando el oleaje incandescente, sin palabras.

Una tarde nos propusimos los tres llegar a la península, al otro lado; caminamos largamente sobre la arena calcinada; casi al final hallamos un costillar inmenso, semienterrado en la playa; entre las vértebras pardas, corrían los piojos de mar.

Otro día, volviendo al agua desde las carpas, nos deslumbró una viborita fina, como un mercurio verde, que se escurrió en las matas de los medanales.

Hubo también, algunas excursiones: visitamos la fortaleza española, con sus cañones y esplendor ajado; otra vez, nos llevó mi madre hasta Chuy, la ciudad pirata, un ancho boulevard en el que de un lado se estaba en Brasil, y del otro, en Uruguay; allí las gentes hablaban una jerga confusa y todo se vendía: volvimos con manteles y sandalias, paraguas, platos, linternas, y una cizalla, que al cortar, se doblaba.

Un mediodía cambiante, sin almorzar, nos llevó mi madre a la Punta del Diablo.
En un momento, como en casa, había fulgurado la pelea: las diatribas, los gritos, las amenazas; nosotros escapamos al mar y mi madre encendió el auto, fumando y llamándonos.
Mi padre se quedó en el campamento, obsesivamente aplicado a su caña y su radio.

Durante una hora paseamos por la carretera de la costa, sin rumbo fijo; había sol y hacia el sur, un gran alud de nubes pardas; mi madre murmuraba y hacía gestos teatrales con el cigarrillo, mientras nosotros mirábamos las cortaderas, el mar.
Estaba muy picado.
Finalmente ella estacionó, tomó un mapa de la guantera, y decidió un destino.
Todo se había nublado, en el horizonte refulgían los relámpagos.
Llegamos al pueblo en medio de una lluvia torrencial.
El cielo era una gran mancha mojada y por todos lados sobrevolaban grandes cubiertas de plástico negro, como mantas-rayas en el vendaval.
Callejas de tierra, desdibujadas, jardines arenosos con juncos y siemprevivas, cercados de caña, simples casas de pescadores con sus redes marchitas y sus boyas naranja.

Nos detuvimos frente al único restaurante que encontramos; simulaba una proa de buque sobre un promontorio adentrado en el mar.

Entramos.
De las paredes blancas colgaban marinas y timones de adorno; todo estaba muy limpio, no se veía a nadie, no había olor a comida por ninguna parte.

De pronto, apareció alguien; nos trajeron té, pan casero y manteca, queso, manzanas, sardinas plateadas.
Comimos en silencio, voraces y agradecidos, mirando en los ventanales el mar que se alzaba una y otra vez, con sus olas color de ceniza, como alambres de espino; una y otra vez, sin cesar, sin cansarse.

Mientras esperábamos que amainara, mi madre nos mandó a mirar unas mesas vitrinas con trofeos de mar: había anzuelos, arpones, señuelos variados, sobre una felpa verde como de billar. De lo que había estado vivo, sólo algunos caracoles dispersos y mandíbulas de tiburones, desecadas, abiertas, de distintos tamaños.

Muchísimas.

Cuando amainó un poco, regresamos.
Al llegar al campamento, la tormenta había cesado y un viento fresco apartaba las nubes de la playa. La carpa había caído pero mi padre la había secado y vuelto a levantar junto a unos árboles.
Estaba bastante animado: había pescado unos cazones y matado a una víbora de la cruz, inmensa, que había pretendido refugiarse en la carpa; la víbora, para escarmiento, colgaba lacia sobre la rama de un árbol.
Mi madre hizo una sopa cantando unos boleros de antes; a los filetes, hubo que tirarlos al mar, junto con la víbora hinchada.

En general, salvo el asma inicial, un poco de sol y mosquitos, de salud, anduvimos bien.

A mediados de febrero, por el agua de beber que traíamos de la capatacía, yo enfermé de disentería; cuatro días de fiebre y sudor, tirada en la carpa, mientras papá pescaba, mamá cocinaba y me leía, y mis hermanos jugaban en la playa y el mar.
A los primeros síntomas, mi padre me dio antibióticos que llevaba en una heladera y ordenó que tomara sólo Fanta, y sales que mamá disolvía en la Fanta.
Al quinto día ya no tuve más fiebre; salí de la carpa tambaleante y me senté en la playa tiritando al sol en la reposera, con mi poncho y mi sombrero de paja, mirando a mis hermanos, rientes en el oleaje.

Un día, inopinadamente, todo terminó.
Ya era marzo.
En la capatacía militar, donde nos daban el agua, varios niños de guardapolvo blanco y grandes moños a lunares, esperaban sobre la ruta el transporte escolar. Las niñas tenían los moños rojos, los niños, azul cobalto.

La última mañana, cuando deshicimos las carpas, vimos que los contrapisos de hule y la tierra de abajo, estaban empedrados de alacranes pequeños, color caramelo; con un gajo, yo aparté uno a uno a los alacranes y los miré insumirse en el bosque, ondulando sus colas doradas.

Volvíamos.

Yo quería ver de nuevo Montevideo, ir a Colonia, a Buenos Aires... o al norte... a Brasil… más allá… andar... andar...

Sabía que allá lejos, tras la llanura inmensa, parapetada en las sierras, nos esperaba Córdoba.
Mi casa.
Mi escuela.
Mi ciudad.

Atrás, en el mar, en la selva hermética, quedaban las dos víboras, los cazones, la fortaleza y el costillar varado. El falso buque con ventanales.

Las vitrinas, los secos dientes triangulares, los señuelos.

Y más que nada, las olas grises, sin fin, punteadas de espuma y espinas, picando y picando en la Punta del Diablo.

Rosanna Patricia Nelli

(Córdoba, 1960) Docente en la Universidad Nacional de Córdoba. Textos y relatos suyos fueron publicados en las revistas Hortensia (1979), Topos y tropos (2006) y en el diario Hoy Día Córdoba (2005-2016), y en revistas internacionales de Tübingen, Alemania (1991-1993) y Barcelona (1994-1997), ciudades en las que también residió. Ha realizado traducciones de poetas alemanes al castellano y de poetas argentinos al alemán y al catalán, para la Universidad de Tübingen. Publicó Mémini (poesía, 2006, Ediciones del Copista), Una mujer habla y dice (2012, Alción) y Basso continuo (Alción, 2016, edición bilingüe castellano-catalán). Participó en la antología Mujer y Memoria, publicado por la APDH (Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1993). Ganó diferentes premios provinciales, nacionales e internacionales. Publica relatos cortos de cultura en la sección propia “Hechos Sucedidos” en el Diario Hoy día Córdoba, 2017.

Cultora de la nostalgia veraniega de la infancia y sus siestas, Patricia Nelli nos presenta una crónica sobre unas vacaciones lejanas. Una niña y su percepción del mundo a finales de los años ’70. Una sucesión de hechos que dicen cosas que sólo serán reinterpretadas décadas más tarde, cuando la protagonista voltee la cabeza y mire a sus espaldas.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo 

 

08 Febrero 2019
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