Una dacha en Peredélkino

Ecos de mañana | Por Nelson Specchia

Escuchá Una dacha en Peredélkino en su versión audiocuento

–Mi coronel.
El teniente Nicolás Góluvev vestía ropas civiles, un traje bien cortado en lana marrón oscuro, y zapatos de cordones; pero estuvo a punto de cuadrarse y hacer sonar los tacos de unas botas imaginarias. Se frenó a último momento, no golpeó sus zapatos. Por el contrario, se obligó a relajar un poco el gesto marcial que su cuerpo –alto, delgado y de hombros anchos– adoptaba naturalmente. Separó un poco las piernas, y se tomó las manos por la espalda.

–Ah, Kolia. Pase, pase.
Dijo Alexey Alexéievich Irina, levantando apenas la mirada de unos papeles grandes, cartulinas y fotografías aumentadas, que se desparramaban cubriendo la totalidad de la mesa frente a su escritorio. Era una habitación rara, al menos para los ambientes castrenses a los que Nicolás estaba habituado. Detrás del escritorio del coronel Irina se abría una amplia cristalera semicircular que daba a la calle. La nieve lo cubría todo, una espesa capa de más de medio metro de altura. La verja de rejas era altísima, y sólo se abría, al frente, en el portoncito de dos hojas que Nicolás había traspasado hacía apenas unos minutos, cuando llegó a la casa. Desde el portoncito de entrada de la verja habían abierto una canaleta para despejar de nieve el camino de entrada. Su escritorio se ubicaba en el segundo piso de la dacha, y desde la cristalera curvada Irina vería todos los ingresos y egresos a su casa. “Nada menos puede esperarse de un ex KGB”, concluyó en silencio Nicolás. Inmediatamente se censuró el simplismo: en una de las casas más controladas de Rusia, si había algo que no se necesitaba era que el propio coronel estuviese controlando su puerta de entrada. La vista, en todo caso, justificaba el tamaño del ventanal: era preciosa, especialmente cuando el agradable fuego de la chimenea del centro del despacho permitía mirar la nieve sin el gélido aire que conlleva. Salvo la pared donde se ubicaba el hogar, todas las demás estaban cubiertas de madera oscura, y seguían la curva circular que marcaba la bow window, de forma tal que la estancia daba la impresión de ser una gran esfera. En las paredes curvas, se ordenaban estanterías de libros, también de madera oscura, también acristaladas. Sí, no se trataba precisamente de una dependencia muy castrense, en las que seguía primando, casi con carácter de ley, la austeridad espartana, el color verde oliva, los escritorios de metal, y –en general– el mal gusto impuesto durante la era soviética. El coronel Irina, el culto coronel Irina, sabía vivir bien.

–Venga, Kolia, acérquese al fuego, –dijo el coronel, finalmente levantando la vista de las cartulinas y de las fotos ampliadas. Vino caminando hasta el centro de la habitación, donde había varios juegos de sillones tapizados en cuero marrón. El que estaba a la izquierda de la estufa era, obviamente, el suyo: grande y hundido, con un posa pies, y una mesita con teléfonos, libretas y lapiceros a su lado. Nicolás se ubicó en frente; el coronel llegó hasta su sillón, se sentó y estiró los pies hacia el taburete.
–Muy bueno su trabajo con nuestros amigos del Moskovsky Komsomolets, empezó Irina, sin preámbulos. –Volodia Anichkim es un hombre conocido en la comunidad científica. Ese mundo es pequeño, y aunque los trabajos anteriores de Anichkim no han sido específicamente en esta área, sus investigaciones sobre las modalidades comunicacionales y los dialectos eslavos antiguos le otorgan las cartas credenciales suficientes como para hacer confiable un anuncio de este tipo. En todo caso, nadie vendrá a Omsk a comprobarlo: Siberia queda demasiado lejos. No me imagino a ningún funcionario dispuesto a conceder las autorizaciones que se necesitarían, por lo demás. Pero, a pesar de ello, hubo una exageración de datos. Fue una estupidez publicar eso de que el supuesto monasterio de Asgard habría tenido una extensión de 1.000 sazhenes. ¿1.000 sazhenes? ¿Un monasterio de 2.133 metros? ¿En Siberia y en el año 1400? ¿Quién lo redactó? ¿Usted?

La catarata de preguntas tomó por sorpresa a Nicolás, aunque debería haberla esperado. Ya llevaba trabajando el tiempo suficiente con Alexey Irina como para saber que el cultísimo hombre de libros, gourmet, coleccionista de vinos, amante del ballet (tenía palco fijo en el Bolshoi) y erudito en cinco lenguas, era también un glaciar cortante. En los servicios secretos era una leyenda la obsesión de Irina con los detalles más pequeños de cada operación: “El diablo no existe, pero está en los detalles”, era una de sus muletillas.

Podía ser despiadado con aquel agente que, por error, pusiera en riesgo uno de sus elaborados y meticulosos “procesos de intervención en la cultura”, como llamaba al espionaje intelectual que dirigía desde su dacha en Peredélkino. Si en lugar de por error, el fallo llegaba a cometerse por desidia o por falta de profesionalismo militar, implicaba el final abrupto de la carrera del implicado. “Cuando no, calculaba Nicolás –pero no se permitía ni siquiera decirlo en voz baja– otras consecuencias aún más desagradables”.

Las respuestas a Irina, en todo caso, sólo podían ser francas y transparentes. Sus ojos celestes, grandes, casi femeninos, seguramente traspasaban las palabras y detectaban las dudas.
–Así es, mi coronel. Lo consulté con Svetlana Painavsky, por supuesto. Y también con el propio Volodia Anichkim. Pero el texto fue mío, y me ocupé incluso de revisar la versión de la noticia que iba a publicar el Moskovsky Komsomolets. Respecto de las dimensiones del monasterio de Asgard, el razonamiento fue dar bases materiales a un manuscrito de tanta importancia en el entorno temporal en el que fue creado. Si una comunidad de monjes cristianos, aislados, en un extremo geográfico, dedicados piadosamente a la oración y al conocimiento, se pusieron a confeccionar, durante veinte o treinta años, un libro del más fino –y caro– de los materiales disponibles en su era, no podían ser monjes ermitaños. Ni pobres. Ni pocos. Para que la versión se sostuviera, tenía que haber detrás del manuscrito una gran comunidad, que dispusiese de los suficientes recursos materiales como para poder desviar una parte de ellos en un proyecto tan oneroso. La inclusión de las medidas de los pasajes subterráneos que habrían sobrevivido a la destrucción de 1530, estuvo dirigida a dar una idea del tamaño y capacidades materiales de la comunidad monástica que lo habría habitado y que produjo el códice.

Alexey Alexéievich Irina (el único que utiliza el diminutivo “Liosha” para llamarlo, es su amigo y camarada de armas Vladimir Putin; todos los demás se refieren a él con su grado militar, su nombre y patronímico completo) había mantenido el ceño fruncido y adusto durante el pequeño discurso de Nicolás, pero ahora ha aflojado la mirada. Los ojos siguen igual de celestes, pero ya no proyectan esa luz helada que corta el aire. Se levanta, da dos pasos hacia el fuego. Se acuclilla y golpea los troncos con un hierro grueso. Las llamas, al avivarse, le iluminan el rostro. Es una cabeza hermosa, bien proporcionada. Parece recién afeitado. El pelo, blanco como el panorama que muestra la cristalera detrás de su escritorio, está bien peinado hacia atrás, y –para ser un coronel de inteligencia del ejército ruso– lo lleva un par de centímetros demasiado largo. Debe estar cerca de los ochenta, pero se pone de pie con una flexibilidad que no se condice con esos años, sin el menor esfuerzo. Queda de espaldas al fuego, las manos en los bolsillos del pantalón de tweed. Su gesto ahora está relajado.

–Hizo bien, Kolia. Está bien razonado. En todo caso, no dio resultado: los argentinos siguen adelante con la reunión.
–No se lo creyeron.
–No. O quizás sí, pero han decidido seguir adelante lo mismo.
–Podría haber otras maneras de detener la reunión. Total, no son más que un grupo de profesores universitarios... – Las últimas palabras Nicolás las dijo en un volumen descendente, se había dado cuenta del error en la mitad de la frase. En definitiva, estaba hablando con un hombre que había hecho del mundo académico, de la cultura y de las ideas, el centro mismo de su existencia.
Irina percibió de inmediato el acto fallido del teniente Góluvev, pero decidió dejarlo pasar.
–Podría haber otras maneras –concedió–. Pero nadie lo quiere. Tampoco lo necesitamos. El libro es un objetivo, y queremos tenerlo, aunque de momento no hayamos previsto ninguna acción directa.

Caminó sin prisa, como paseando por su estancia circular, las manos aún en los bolsillos.
–Pero tenemos que estar allí, cerca, cuando se lleve a cabo la reunión. La idea era intentar retrasarla, hasta tener más información sobre el manuscrito, sobre su valor estratégico. Hasta ahora, hemos acumulado numerosos indicios, pero ninguna certeza. Pero si hacen la reunión, si abren el libro, hay que estar cerca. He pensado en usted, ¿habla español?
Esas malditas preguntas abruptas. No terminaría nunca de acostumbrarse a ellas. Había que pensar rápido y contestar con seguridad. Había que cuidar lo que se decía. Había que ser claro, veraz, transparente.
–No, mi coronel.
–Lo estudió. Durante cuatro meses.
Claro. Irina lo sabía todo de todos. Estaba aquel curso, hacía dos años, antes de que lo ascendieran. En la base de Múrmansk, en el Ártico. Nicolás había ocupado la mayor parte de los cuatro meses de su estancia en el Norte en cruzar a Suecia y Finlandia, cada vez que pudo, a beber cervezas laponas durante las veinticuatro horas diarias que dura allá la luz solar.
–Sí, pero fue un curso corto. Básico, mi coronel. Puedo retomarlo, claro.
Irina deja pasar unos momentos, pocos.
–No importa. Hablarán en inglés. Son sólo un grupito de profesores universitarios, como dice usted; pero son los mejores del mundo en sus respectivas materias. Y en Argentina todos hablan algo de inglés. Podrá entenderse con ellos, seguro.
El coronel detiene su paseo circular. Saca las manos de los bolsillos, en dos pasos cruza la estancia hasta el sillón. Se sienta, pero tira el cuerpo hacia adelante, apoya los codos en las rodillas. Mira al teniente Nicolás Góluvev a los ojos. “Hay que sostener esa mirada”, se ordena Nicolás.
–Kolia: puede que no sea nada, pero también puede que sea mucho. No lo sabemos. Si sólo fuera un códice, un incunable más, un raro tesoro medieval, bueno, no nos interesa. Otra pregunta sin respuesta, o con respuestas abiertas: la historia está llena de esos casos. Como la copia del De Rerum Natura de Lucrecio, impresa hacia mediados del siglo XVI, que había pertenecido a Montaigne, el ejemplar sobre el que había trabajado tanto, lleno de sus reflexiones, comentarios y notas manuscritas: terminó hace unos años en la vulgar tarima de un remate para coleccionistas burgueses. Son eso, apenas: objetos raros para viejos ricos. Alcanzan para una novela, para alguna película de misterios (los monjes, sus hábitos, su celibato, sus secretos, siempre dan buenos argumentos). Nada sustantivo. Pero... Kolia: aquí puede que haya algo más...

Los ojos de Irina brillan. Será un efecto del reflejo de las llamas. O que se han humedecido de repente.
–Y tengo dos elementos en que apoyarme: las comunicaciones en torno al libro, y mi intuición. Desde hace tiempo que detectamos un número desproporcionado de cables que tienen a este manuscrito como objeto, o como referencia. Muchas en América del Norte, pero –y esto no era esperable- muchas más entre Italia y España; hacia Cataluña, más concretamente. Ese volumen de comunicaciones se ha multiplicado en los últimos años, exponencialmente. No tenemos registros de que otro elemento cultural haya despertado, de golpe, un interés tan considerable como para provocar ese crecimiento en la curva de comunicaciones electrónicas en torno a un libro. Además, algunos de los mensajes que hemos interceptado no responden, digamos, a los típicos intercambios epistolares entre coleccionistas. Ni siquiera entre bibliómanos. No: hay algo más en ese libro. Y puede que sea algo grande...

En Alexey Irina coexisten dos personalidades: el militar calculador, frío y distante, que puede llegar a ser despiadado y amoral en la consecución de los fines que se propone. Pero también es “Liosha”, como lo llama fraternalmente su amigo, el presidente Putin: es el tradicional erudito ruso, el hombre sensible y culto que se sabe responsable del tesoro y la herencia común de la humanidad, y que, por ello, se permite disfrutar hasta la pasión con la belleza trascendental del arte. Por un momento una punta, apenas un atisbo, de esta otra cara del coronel Irina ha brillado a la luz de la hoguera y se ha proyectado sobre los paneles de maderas nobles que cubren las paredes. Pero, de golpe, Irina frena ese impulso pasional al que lo han llevado sus reflexiones en voz alta. Relaja los músculos de los hombros, vuelve a recostarse en el respaldo del sillón. Cruza las piernas y apoya, lentamente, una mano contra la otra, los diez dedos tocándose por las puntas. Son unos dedos largos. Ahora ordena:
–No hace falta que le diga, teniente, que de los dos elementos de mi análisis, el más importante es mi intuición. Y mi intuición me dice que confíe en la suya: irá usted a la Argentina. Practique su español. Se le entregará una credencial de prensa internacional del Moskovsky Komsomolets. Cubrirá para el diario esa reunión de sabios. Estará tan cerca del manuscrito como pueda, y tomará las decisiones que correspondan, según su criterio. Haga lo que tenga que hacer si decide que al libro debemos tenerlo nosotros.

Nicolás camina por el sendero limpio de nieve. Se imagina los ojos del coronel Alexey Alexéievich Irina fijos en su espalda, mirándolo desde la cristalera de la bow window de su despacho. Qué tontera, se dice. Irina lo sabe todo de todos, lo sabe todo de mí, de dónde vengo, dónde estoy, a dónde voy, ¿para qué, además, me controlaría al salir caminando de su dacha? Pero, aún así, se da vuelta antes de cruzar la reja y mira hacia la ventana del segundo piso. Irina está observándolo, en el centro de la bow window, con las manos en los bolsillos del pantalón de lana. Le hace un gesto de saludo y sale a la calle cubierta de nieve.

Qué oportuno, se dice Nicolás, que me encarguen una misión secreta, con un objetivo tan secreto que ni ellos alcanzan a saber con certeza cuál es, sobre un libro secreto, en Peredélkino. En aquellos años del esplendor dorado de la patria de los proletarios del mundo, otro Aleksey, Aleksey Maksímovich Peshkov, que las bibliotecas y los catálogos recordarían como Máximo Gorki, le pidió a Iósef Stalin que asignara los bosques y la aldea de Peredélkino a los escritores, que también eran proletarios hermanos de todos los proletarios, pero que se merecían ciertas comodidades nada proletarias, ya que, en definitiva, eran escritores. La espuma de la espuma. El “padrecito” Stalin le regaló Peredélkino a la Unión de Escritores Soviéticos, y les contruyó el Literaturni fond para que residieran. Y vivieron allí, claro, y pronto pidieron más. Y el “padrecito” comenzó a construirles las dachas. Aquí está la del gran Boris Pasternak y allá la de Arseni Tarkovski (tanto les gustó Peredélkino, que también están enterrados aquí); la de Ilia Erenburg, la de Bela Ajmadúlina, la de Yevgueni Yevtushenko... una ciudad literaria.

Y qué oportuno el chekista coronel Alexey Alexéievich Irina, haber usado su ascendiente sobre su camarada, el chekista Vladimir Putin, para asentar su cuartel de espionaje cultural en una dacha de Peredélkino. ¿Sería él, Nicolás Góluvev, el encargado de traer un nuevo ejemplar para las bibliotecas de madera oscura y cristales helados, y agregar un nombre ignoto a la tan ilustre lista de escritores muertos de Peredélkino?

Nelson Specchia

(Las Breñas, Chaco, 1964) Escritor, docente y ensayista. Profesor Titular de Política Internacional en la Universidad Católica de Córdoba; Catedrático Jean Monnet (ad personam) y Profesor Regular Ordinario de la Universidad Tecnológica Nacional. Es director de la revista Studia Politicæ y del diario Hoy Día Córdoba.Publicó la novela Giuseppe (Galaxia Babel, Barcelona, 2001; El copista, Córdoba, 2003; Con Texto, Resistencia, 2015); los libros de poemas Poemas motunos (Galaxia Babel, Barcelona, 2001), Cuaderno de bitácora (El copista, 2004), Espejos nublados (Educc, 2006), Otras geografías (Alción, 2016) y el libro de cuentos La cena de Electra (Edhasa, 2016). El cuento que da título a este último ganó el Premio Internacional de Cuento de la Fundación Max Aub en 2015. El mismo año, la ciudad de Córdoba le otorgó la condecoración Jerónimo Luis de Cabrera por su trayectoria. Es autor de numerosos libros de ensayo y crónica. Participó de las antologías El primer siglo (Sonia Catela, Santa Fe, 1992, Pasado, presente y futuro en la Córdoba del nuevo milenio (Edit. de la Municipalidad, 2000), 25 ciudades. Las mejores lecturas de verano de La Voz del Interior (Ed. Emanuel Rodríguez, 2007), Thirteen stories by writers in Córdoba, Argentina (selección y prólogo de Carlos Schilling, 2010). Su último libro publicado es Ritos de paso (Alción, 2017).


Intelectual clave de la escena cultural de Córdoba y miembro del Círculo de la Serpiente, Nelson Specchia desliza su pluma con igual naturalidad por la poesía, la prosa y el ensayo. Sus relatos están construidos con meticulosidad y fluidez de manera tal que el lector se sienta transportado a cualquier otro punto del tiempo o el espacio, olvidándose de que lee para empezar a experimentar en carne propia las historias. En este caso, la acción se traslada a una lejana residencia rusa, en la que dos hombres conspiran para decidir qué hacer respecto a un texto que parece ocultar más de un secreto. El presente relato es un extracto de la novela inédita El cordón de vitela.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

12 Febrero 2019
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