El encanto del disimulo

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

Los seres humanos somos seres especiales. Para ciertas cosas, especiales. Para muchas otras, tan silvestres y comunes como cualquier otro ser vivo. Y digo esto frente a una afirmación tan innegable como imperecedera: en algún momento, sitio, ocasión, dejamos de existir, morimos. Ante eso, ante ese muro imposible de saltar, emergen las formas posibles de zanjar, de sobrellevar esa condición natural, fatal, aunque esta última palabra dirán que carga con un pesimismo atávico.

Entonces rumiemos. Una baldosa rota que nos hace tropezar al caminar, una sartén de las buenas con una muesca que se va ennegreciendo, un encendedor -también de los buenos- que se rompe después de años de uso, las primeras canas en alguna zona del cuerpo. Ni hablar de la percepción de los demás hacia nosotros. Oscar Wilde, ese dandy irlandés, cuya pluma es un manantial de ironía, escribió, en un imaginario encuentro con alguien que se supone hace tiempo no se ve: “Díscúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho”. Cada elemento que invade este mundo, este valle, cada construcción que nos sobrevivirá, tanto como aquellas otras que se espera no duren más que uno, por ejemplo este teclado con el que escribo, o la caja de bombones que abrimos para compartir en algún evento especial, nos retrotraen siempre a la idea: el mundo que nos rodea, el lugar en el que estamos, incluido el propio cuerpo, nos miente; tendemos a lo perfectible, pero todo, si miramos con lupa, está atado con alambre, descuajeringado (palabra que casi no usamos, pero que su mera pronunciación hace aparecer lo desplazado, lo imperfecto), aunque por nuestra mente, voluntad y sensación, tendemos y queremos olvidar esa verdad esencial.

De allí el juego del encanto. El cómo vivir. Lo que se llaman proyectos personales, familiares, los viajes, el estudio, o el calendario pegado en la heladera, cuyos días o meses tachamos o arrancamos con una presión única, que nos vuelve dueños absolutos del tiempo, al menos del nuestro, creemos. Y acá se meten muchos a intentar esbozar respuestas. Tomemos el envidiable primer párrafo de El mito de Sísifo, de Albert Camus, quien repara en algo que sin decirlo directamente, venimos atendiendo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder.”

Contundente, Camus dirá luego (lo desarrollará en todo su ensayo) que nadie según él se mata por el argumento ontológico o por descubrir que la tierra gira alrededor del sol; se puede morir por ideas, pero son bellas excusas que no dejan de darle sentido al mundo propio, al que cada uno ajusta como una tuerca según va viviendo. Y Camus, con ese gran sentido de la moral que tuvo, una moral política que cubría como un tinglado la humanidad deleitante, trabaja sobre el sentido del absurdo que es necesario conocer frente a este mundo atado con alambre a ciencia cierta y a ojos vista. Un absurdo que está cifrado en el decorado y en aquél que actúa sobre ese decorado que no ha elegido (llegamos a un mundo con todo el sentido dado, dirá Lacan, y he allí la cárcel a romper, digo yo), pero que debe ir pintando, asumiendo, según oportunidades y opciones.

Por eso el mito de Sísifo: cargar la piedra y subirla hasta la punta de la montaña para que luego, tras apoyarla ahí, se caiga otra vez hacia el abismo; bajar corriendo ¿feliz? ¿liviano? hasta cargarla nuevamente sobre las espaldas para luego vuelta a subir y depositarla en esa punta de montaña, que, para hacerlo bien trágico, o cómico, (ya que somos nosotros quienes oponemos esos vocablos, algo que la comedia italiana representó unido, evaporando los límites), tiene forma de una cabeza de alfiler, por lo que jamás podríamos apoyar ni siquiera una piedra payana. Saber, entender, aceptar esto, ofrece un panorama rejuvenecedor, invita a la risa o a la sonrisa, y eso siempre torna más joven a quien lo practica. El desdentado que ríe. Como aquellos ancianos de los cuentos del Decamerón medieval, de Boccaccio, que olvidan que no deben reírse para no mostrar las fauces vacías y negras como un pozo, porque ello es feo, y adelanta lo que aún no queremos ver. Un ajedrecista, que planea sus jugadas para próximo torneo local, que las practica y pelea con su mujer por no haber hecho lo que le ha pedido en el jardín, es absurdo; un ferretero que separa tornillos en cada cajita, y lo hace sorbiendo los mates amargos de la primera mañana de un lunes, es absurdo; un nadador que entrena solitariamente aumentando la cantidad de piletas en menos tiempo, es absurdo, un profesor que enseña Camus, es doblemente absurdo. Pero todos comparten lo gracioso: el absurdo de armar el mundo propio con una potencial eternidad, con el anhelo -no quiero decirlo, pero no hay otra palabra que lo supere, estúpido- de que la cosa tiene cuerda para rato, de que somos hacedores del futuro, casi en un inconfesable slogan personal.

La vida vale la pena ser vivida por el solo hecho de la farsa. La enfermedad quedaría un tanto relegada en toda esta disquisición; la enfermedad es maldita, repudiable, naturalmente infernal. Pero para quien la padece, porque nosotros somos seres jodidos: díganme si no es grotesco, grácil, conmovedoramente tierno, ver a un viejo que solo en una cama de hospital, cifra sus fuerzas en pararse y usa las dos próximas horas (que no sabe que tiene, pero que cree fervientemente que sí) en llegar al baño para mear, cuando tres cuartos del chorro ya se le salieron antes de largar las últimas gotas en el inodoro. Cada anciano, aún con fuerzas, es un Sísifo. De lo que se trata es del balanceo de esa afirmación que golpea como una trompada de Tyson, y que muchos intentamos correr o tapar, como cuando echamos tierra con el pie para esconder una moneda que hemos descubierto y que enseguida iremos a alzar, cuando no haya nadie. Balanceo en proyectar, o armar la propia vida como una historia o comedia que valga la pena ser transitada, contárnosla a nosotros mismos como una película, o un chiste sin remate.

Aunque hay disimulos y disimulos: entiendo que todas las operaciones estéticas son para mantener un rato más cierta forma en este escenario. Disimulos ridículos y/o disimulos encantadores. Un abuelo, sentado en la vereda de su pueblo, saludando a la gente que pasa como si todos fueran grandes conocidos, pero enseguida tironeando de la remera del nieto de turno, a su lado, para preguntar por lo bajo quién mierda es el que ha saludado tan cortésmente. Eso no es ningún mito: cada abuelo sentado en el porche de la casa o en la vereda, que reparte caramelos o saludos a los que pasan, refrenda y vivifica el encanto de este mito con la más concreta realidad.
El balance es para los agrios, los empresarios, o los que -sin decírselo- no quieren vivir, no están conformes con su existencia; el balanceo de Sísifo subiendo la montaña con la piedra a cuestas, es movimiento que conjura la gracia (la de la risa y la religiosa); hay un oficio en el vivir; cada quién puede aspirar a su vida como a una obra de arte, cómica, pero no por ello dichosa. Oscar Wilde, dijo: “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe. Eso es todo.” Cada quién sabrá en qué grupo de disimulados se encuentra.

 
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