Dolores dentales

Trópico de Piscis | Cezary Novek

Hay dolores físicos y mentales, pero no los hay como los dentales.

Las muelas del juicio, también llamadas cordales o terceros molares, suelen aparecer entre los 14 y los 25 años. Se les llama muelas del juicio porque se supone que aparecen a una edad en la que el pensamiento adulto comienza a cristalizarse junto con la aparición de estos molares. En otras lenguas, parece haber un consenso universal al respecto: wisdom tooth (diente de la sabiduría, en inglés), dent de sagesse (diente del juicio, en francés), queixal del seny (muela de la sensatez, en catalán), dente del giudizio (italiano), fronimitis, (griego), dente do siso (portugués), dens sapientiae (diente de la sabiduría, en latín), Weisheitszahn (alemán), dice zub múdrasti, “diente de la sabiduría” (en ruso), zhi ya (en chino), dandan-e aghl (en persa), shen bina (en hebreo), ders-al-a’qel (diente de la mente, en árabe), etc.

Nunca tuve caries, así que la experiencia del juicio vino a inaugurar una época de dolor. A los 23, apenas había salido una y las demás ni asomaban, aunque podía sentirlas como arietes que desordenaban –cada día un poco– una dentadura que había sobrevivido hasta la adultez sin necesitar ortodoncia. A los 25 me cansé de esperar y fui a ver al doctor C. para que me hiciera las extracciones.

Las placas desnudaron una verdad que ya sentía en mi carne: estaban acostadas, empujando al resto. El doctor C. preparó un cronograma para extraerlas a razón de una cada quince días. Pensé en el papeleo, en los colectivos que debía tomar hasta el consultorio. En las horas de espera en la parada. Le pedí que me sacara todas el mismo día. Me advirtió de que podría ser traumático, pero insistí hasta que capituló. No tenía alergias y los estudios dieron que había buena coagulación. Me dio turno para la semana siguiente.El trabajo lo harían entre el doctor C. y su hija, también odontóloga. Ella tenía más o menos mi edad. Atractiva, menuda, fría y educada, se colocó a mi izquierda y el padre a la derecha. El padre colocó unas inyecciones de anestesia local y pusieron manos a la obra.

La primera muela salió de un tirón. “Como escupida de músico”, dijo el hombre. Para la segunda, tomó el bisturí y abrió un poco la encía, ya que apenas asomaba. “Mirá, tiene cuatro raíces”, dijo ella. “Y ninguna carie, una pena, che”, completó el padre.

Padre e hija trabajaron con rapidez y precisión coreográfica. Ambos eran muy fuertes, pese a su aspecto: él pasaba los sesenta y ella parecía pequeña y frágil. La tercera muela requirió un corte más profundo en la encía. Tiraron entre ambos hasta que cedió. Luego cosieron. “Otra con cuatro raíces”, dijo ella con tono de haber acertado la lotería.

La cuarta no salía. Él abrió, tironeó, tironearon ambos, pero nada. Estaba enganchada con la base del segundo molar. “Pasame el torno”, dijo él sin emoción. Lo encendió y luego pareció recordar que el cuerpo sobre el que trabajaban estaba habitado por una conciencia. “Vamos a pasar el torno por el hueso de la mandíbula, para no dañar el otro diente. Vas a sentir raro, pero no te va a doler… hasta que se vaya la anestesia”. Ensayaron distintas posiciones de palanca. Podía sentir que los instrumentos metálicos y la fuerza conjunta de dos generaciones obraban en mi materia como si me fuera ajena. La sensación –que rozaba el erotismo– se acentuó con el cosquilleo provocado por las manos de ella mientras cosía. Terminó de cerrar y tiró sin misericordia para cortar del hilo. El proceso tomó dos horas.

Mientras me enjuagaba la boca, me dieron las muelas en una bolsita por si quería guardarlas. “Mirá qué grandes que eran, estaban bien escondidas las desgraciadas”, dijo el doctor C. “Una pena, las del juicio suelen cariarse de nada y vos las tenías perfectas”.

La anestesia (fueron tres inyecciones, al final) me paralizó casi toda la cabeza y dudaron si dejarme ir o hacerme esperar un poco por temor a que me desmaye por el camino. Sentía la cara a punto de empezar a hincharse y les hice señas de que estaba bien (¿Por qué siempre pesa más la vergüenza que el dolor cuando hay público?). Duró lo suficiente como para llegar a casa sin problemas. Las dos primeras muelas cicatrizaron en el día y nunca dolieron. El lugar en donde estaba la tercera se hinchó y dolía como si me hubiesen dado con martillo y cincel. No pude comer, tomar café ni mate por 10 días. Trataba de dormir y no podía, solo había dolor y más dolor. Esos días los dediqué a devorarme El retorno de los brujos de Pauwells y Bergier, mi única ingesta aparte de agua, yogurt y sopa. El consuelo de haberme ahorrado pasar por ese tormento tres veces más – ¡y del papelo!– se solapaba con la satisfacción de haber pasado por una experiencia intensa e irrepetible. Cuando volví para sacarme los puntos, la doctora C. –el padre no estaba– me explicó con sonrisa antiséptica cómo sería el posible tratamiento de ortodoncia para corregir un diente, el segundo molar inferior izquierdo, que había quedado acostado hacia adelante, invisible. “Hay que poner un tornillo acá, en el hueso del maxilar, que vaya tirando mediante un alambre el diente que esté acostado… y los demás, con braquets. Antes tenés que usar una placa de relajación, por dos años más o menos”. Usé la placa un año y me cansé. Después pensé que podría vivir con eso, al fin y al cabo hay gente que vive años con cosas peores en la conciencia.

Pasaron 12 años más y fue recién a los 37 que conocí el dolor de verdad. El agua fría, dolía. Caliente, también. Con la lengua podía empujar y comprobar que el diente que tanto me dolía al morder también se movía. Después de semanas de tormentos, pedí el día y fui a un odontólogo cerca del trabajo: la placa mostraba que el diente acostado había causado una carie en el de al lado y además lo estaba levantando. Era irrecuperable. “¿Querés que te lo saque ahora?”, me dijo como quien ofrece un café. La idea de seguir perdiendo partes de mí no era tan chévere como a los 25. “¿Qué otra opción tengo?” “Volver mañana o pasado arrastrándote y suplicando que te lo saque”.

La operación fue una versión abreviada de la anterior. El diente salió casi sin esfuerzo. Pude sentir el olor a carie, otra novedad. Sostuvo la muela delante de mí. “¿Ves? La mitad estaba hecha puré. No había forma de salvarla. Es un asco ¿no?”

 
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