El apocalipsis por goteo

Lecturas de viernes | Por Darío Sandrone

El fin del mundo
Uno de los textos más célebres de Nietzsche, escrito en 1873, comienza de la siguiente manera: “En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer.” Este pasaje sombrío y desolador plantea sin más la inevitable extinción de nuestra especie en un futuro, aunque la incertidumbre acerca de qué tan lejano es ese futuro nos permite seguir viviendo nuestras vidas con relativa tranquilidad. No pensar en ello, hacer como si nunca fuera a suceder es, sino un mecanismo de defensa, un rasgo tan humano como las ciencias y el arte.

Y, sin embargo, es justamente el arte (dejaremos de lado la política en este caso) el que se encarga una y otra vez de recordárnoslo, de asegurarse de que no lo olvidemos. El mismo Nietzsche afirma que ese pasaje es una fábula que “alguien podría inventar” para ilustrar lo absurdo y arbitrario del humano: “hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada”. Es cierto que el género apocalíptico es una expresión literaria que podemos rastrear en la cultura hebrea y cristiana desde hace milenios, incluso muchas de sus historias se encuentran en La Biblia, como la del diluvio universal y la destrucción de Sodoma y Gomorra. Contrapuestas por el instrumento de destrucción -en un caso el agua, en otro el fuego y el azufre- ambos cataclismos son provocados por un dios iracundo a causa de la degradación social de la que es testigo. En contraposición, el texto de Nietzsche nos habla de un apocalipsis laico, desprovisto de elementos religiosos, en el cual Dios es desplazado por “un par de respiraciones de la naturaleza”.

Todos los males juntos
En cierta manera, buena parte de la literatura y el cine del siglo 20 ha continuado la tarea nietzscheana de recordarnos el carácter endeble de nuestro presente. Estas dos usinas de historias han alimentado el imaginario social con relación a que en algún momento el planeta sufrirá cambios radicales que nos dejarán muy cerca del fin. Y si en la práctica Dios ha sido reemplazado por la ciencia, ¿qué mejor que el conocimiento científico y tecnológico para ocupar el lugar de verdugo de la humanidad? La ciencia ficción, que nació como un conjunto de textos aislados, aunque pronto comenzó a consagrarse como un género literario, desarrolló cierta tendencia apocalíptica o, al menos, distópica.

Luego, cuando la industria del entretenimiento descubrió el género comenzó a trabajar sus temas, pero en esta esfera ampliada no solo los robots y las inteligencias artificiales terminaban con la especie humana: la contaminación, una guerra nuclear o una epidemia se convirtieron en causas verosímiles de un desastre de proporciones planetarias. El ciberpunk es un subgénero dentro de la ciencia ficción que renovó esta idea en la segunda mitad del siglo 20: el apocalipsis no es un acontecimiento, es un estado permanente. No es algo que sucedió o va a suceder, no es un cataclismo que terminó con todo, sino que convive con nosotros, está acá, en forma de una atmósfera opresiva, producida en buena medida por las grandes corporaciones económicas que han descontrolado la industria, el medioambiente, las naciones, la vida de los pueblos. Pero no hay dios o robot que dé el golpe de gracia. Simplemente se vive así, en un planeta en el cual, a pesar de que la humanidad ha perdido su rumbo, la naturaleza sigue respirando. Este esquema se da en muchas de las obras postapocalípticas actuales, entre las que podemos situar Joker (la película del momento), en la que Ciudad Gótica es invadida por ratas gigantes y enfermedades, donde reina la desigualdad, la desidia estatal y donde el odio y la violencia son omnipresentes. Los “animales astutos” siguen viviendo entre males, pero entre todos los males juntos.

Con total normalidad
Lo que va del siglo 21 ha sumado también las series de televisión (si aún podemos llamar así al streaming) a la usina de distopías, que encuentran en ese tópico un auditorio siempre dispuesto a seguir de cerca las alternativas de su posible extinción. No obstante, dos series inglesas presentan una pequeña variación con respecto al enfoque del cyberpunk. La primera es “Black Mirror”, emitida por primera vez por Channel 4 hace siete años, tematiza cómo la tecnología afecta nuestras vidas e incluso, en ocasiones, es condición de posibilidad de grandes males sociales. Sin embargo, la atmósfera en la que transcurren los acontecimientos no está cargada de caos y opresión. Los hechos se desarrollan en casas luminosas y ciudades apacibles en las que los amigos salen, beben, se divierten, donde el trabajo no es tan malo y los vínculos familiares no están quebrados y, sin embargo, hay algo, una cosa, una sola cosa que es exagerada y proyectada: un dispositivo tecnológico, una práctica social mediada por una tecnología, un tipo de trabajo, un software, algo que corrompe todo. Una cosa, solo una se ha ido de las manos, pero basta para viciar todo lo demás, lo que interpela al espectador de un modo especial.

La otra serie, “Years and years”, se lanzó en mayo de este año y es co-producida por BBC y HBO. Es una distopía “de acá a unos años” que transcurre en una atmósfera similar a la de “Black Mirror”, solo que no es una única cosa la que se va de las manos, sino varias, pero de manera secuencial y en un contexto de normalidad que diluye el horror: caen los bancos, se corta la luz a cada rato por los ciberataques, por primera vez hay un récord de 60 días sin llover debido al cambio climático, un partido de ultraderecha llega al poder, los inmigrantes mueren en las fronteras. Todo junto parece apocalíptico, pero atomizado en la vida cotidiana no intimida: cuando uno sale a la calle la gente toma café en las veredas, lleva a los niños en auto al colegio, pasean con sus parejas. El apocalipsis está sucediendo, pero nadie parece notarlo. Como el cuento de Horacio Quiroga, “El hombre muerto”, en el que un hombre tiene un accidente en medio del campo y mientras se desangra en la soledad, tirado en el piso, observa con horror cómo todo transcurre con total normalidad a pesar de que él se muere: el caballo se acerca y lo mira, el viento sopla, las nubes pasan. Incluso duda de que su muerte está próxima: es un acontecimiento demasiado terrible para que ocurra en un escenario tan corriente y, sin embargo, “nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto.” Esa idea parece recoger “Years and years”, que además capta muy bien el espíritu de la época actual.

Cuestión de clases
Tal vez, una lectura clasista sea posible. “Black Mirror” y “Years and years” son apocalipsis imaginados por y para las clases medias y para los países centrales, que poseen recursos económicos y simbólicos para ver el apocalipsis desde sus esferas de confort. Las clases bajas y los países periféricos, en cambio, posiblemente no miren el apocalipsis con esos ojos, lo más probable es que lo vivan, lo sientan, lo experimenten de lleno en una atmósfera cyberpunk. Quizá, las dos formas de imaginar el apocalipsis no sean excluyentes sino simultáneas y sectorizadas. Es solo una idea, el lector sacará sus propias conclusiones cuando vea las dos series que recomiendo, y si no las ve, no hay problema, después de todo tampoco es el fin del mundo.

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