Y no me digas pobre

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Por José Emilio Ortega

Chile ingresa en los ’80 transitando siete años de dictadura. La concentración del poder económico y político se consolida con una constitución impuesta y maquillada con un plebiscito cuya única opción posible era estar de acuerdo. Pero tras una liberalización sin precedentes, el PBI trasandino cae 14 puntos en 1982. La confianza en el “modelo” sólo se apuntala con violencia física o moral. La disociación entre el sentir y pensar de múltiples capas sociales es creciente e irreversible.

El gobierno hace esfuerzos por presentarse al mundo conduciendo un estado moderno, listo para sumarse al sistema capitalista global. Aunque sin saberlo, la dictadura pinochetista va desencadenando corrientes que haciendo del hartazgo su motivo, empezarán a perder el miedo. Pronto no le alcanzará al régimen con los cadáveres mutilados de íconos como Jara, los fusilamientos masivos en el Estadio Nacional o con dinamitar los sitios de enterramiento de víctimas. Seguirán las marchas, aunque haya toques de queda.

Por lo que fuere -amor o espanto-, finalmente la dirigencia partidaria muestra acercamientos. La Democracia Cristiana, que en 1982 sufrirá un durísimo golpe -el homicidio por envenenamiento de Eduardo Frei Montalva-, el antiguo Partido Radical -gobernó al país en la década de 1940- y expresiones de izquierda ya habían confluido en el Proyecto de Desarrollo para el Consenso Nacional. En 1983, junto a al PC y a una fracción del socialismo generan: el “Manifiesto Democrático” (marzo) y la “Alianza Democrática” (agosto). Para entonces, el PS ya marchaba casi completo, junto a la DC. Vale la pena recordar que en 1973, Frei había respaldado el golpe. Una década después, se sembraba la semilla de la Concertación.

Y en los escalones inferiores, los agobiados chilenos de a pie lidiaban con su drama. Poniendo el lomo todos los días, son la carcaza que cría a una generación joven más dispuesta al cambio. Voces subterráneas, marginales, periféricas; ojitos tristes pero vivaces, manos sin marfil, serán protagonistas de esa renovación, preparando la pulseada contra el Pinochet “estadista” que se codea con Reagan, Tatcher o su colega de armas y aliado continental Joao Baptista de Figuereido, el mandamás brasileño.

Los cabros de San Miguel

Cientos de adolescentes masticaban su rebeldía, en los suburbios, buscando qué hacer. Entre tantos, tres personajitos de las barriadas del sur santiaguino. Jorge González, Claudio Nerea y Miguel Tapia, entre rutinas escolares y ese incomparable ocio creativo adolescente -probablemente uno de los estados más maravillosos de la experiencia humana, por la combinación de curiosidad, inconciencia y energía- cranearán la fundación de un grupo, primero llamado “Los Vinchukas”, con guiño a los escarabajos de Liverpool, aunque en esos peques hay moléculas punks. Al iniciar los estudios universitarios, están listos. Ya son “Los Prisioneros”. La carta de presentación es inequívoca.
Alumbran en 1984 “La voz de los ‘80” (sólo mil casetes). Su reedición en 1985 vende más de cien mil copias y ataca por flancos impensados. El lado A arrancaba con la poderosa canción que da nombre al disco: “En plena edad de plástico / seremos fuerza seremos cambio / no te conformes con mirar”, en un estilo que recuerda al Virus de “Wadu-Wadu”. Otras canciones serían íconos de la banda: “Latinomérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, “Sexo” -prohibida por el régimen-, “Quién mató a Marilyn” o “Nunca quedas mal con nadie”, propuestas demoledoras, que calzaban a la exacta medida de un publico juvenil dispuesto a todo.

El boom del rock en una Latinoamérica que recupera espacios de libertad en países como Argentina, Uruguay o Brasil, se colaba por entre las fisuras de un régimen que no se daba por enterado. Bandas como “Pinochet Boys” o “Aparato raro” entusiasmaban a un público deseoso de más, saliendo a recorrer la región. Llegará “Pateando Piedras” (1986). Bandas modernas como Depeche Mode o New Order impactaban en las nuevas composiciones: “Muevan las industrias” –“Cuando vino la miseria las echaron / les dijeron que no vuelvan mas / los obreros no se fueron se escondieron, merodean por nuestra ciudad”- “¿Por qué no se van?” - apropiada por la audiencia para señalar el camino de salida a gobiernos indeseables-, “Quieren dinero” –“Nadie te puede ayudar / Nadie tiene tiempo de reclamar”- “Independencia cultural” o el himno “El Baile de los que sobran”: -“Únanse al baile de los que sobran / Nadie nos va a echar de más”.

Hacia el crucial 1988, habrá tiempo para un tercer disco: “La cultura de la basura” que aún con baches aporta al sendero marcado por “The combat rock” (The Clash, 1982) y continuado en los ‘90 por Molotov o Rage Again The Machine. “Que no destrocen tu vida”, “Maldito sudaca” o “We are sudamerican rockers” -que no se incluye en la edición chilena- son parte de ese nuevo universo al que aquellos muchachitos de San Miguel habían ascendido vertiginosamente.
¿Cómo conciliar ese huracán de expresión que el trío impulsaba en toda América con las restricciones del régimen? Camino al plebiscito que Pinochet procuró manejar férreamente para convalidar su continuidad, los jóvenes demuestran tener unas pelotas de acero: públicamente se expresan por el “No”. La cuenta regresiva se había iniciado.

Graves conflictos interpersonales -con un intento de suicidio de Jorge González- señalan la partida de Claudio Nerea. “Corazones” (1990) es la siguiente placa. Con nuevos músicos y productor (Santaolalla) se enfrentan al desafío: ¿Los jóvenes de la nueva década elegirían, en libertad, sus canciones? Una vez más la apuesta fue correcta: “Tren al sur” será el boom internacional, aunque “Corazones Rojos” o “Estrechez de corazón” sobresalen en su mayor éxito de ventas. Pero el clima de la banda no remonta; se separan en 1992.

Todo lo que pasó después -poco para rescatar- no hace más que alimentar el mito por la potencia de aquellos tres fenómenos en equipo. El retorno llega en 2003, con conciertos a tope, aunque los discos editados -Los Prisioneros, En las Raras Tocatas Nuevas de la Rock & Pop y Manzana- no se comparan con sus precedentes. En 2006 se separan definitivamente. “Puedo entender estrechez de mente / Soportar la falta de experiencia / Pero no voy a aguantar.

Estrechez de corazón” había escrito alguna vez el polémico Jorge González, remontando una carrera solista respetada, hasta que el físico le dijo basta: una sucesión de infartos cerebrales lo retiró de los escenarios en 2015.

En tanto, Chile no superó contradicciones. Sus gobiernos, aunque enfocados en la estabilidad, postergaron puntos de una agenda social que estalló. El estado “subsidiario” de la dictadura está intacto. El 30% de la riqueza, controlado por el 1% de la población. Entre sus negocios están las jubilaciones: más de un millón de pensionados cobra doscientos dólares al mes y el grueso de trabajadores no superará como pasivo el doble de esa cifra. En la última elección presidencial se optó entre un empresario cuya primera experiencia en el gobierno fue olvidable y un profesional de los medios improvisado a última hora. La dirigencia política, tras el decepcionante segundo mandato de Bachelet, retrocedió en confiabilidad. La Concertación se desmorona, sin renovación de contenidos y referentes.

La ciudadanía chilena necesita urgentes cambios en la educación o la salud públicas. También, en las pautas de convivencia (rol de la mujer como cuestión central) Su economía creció, pero requiere desarrollarse. Mientras tanto, Piñera no logra paz, abrumado por una coyuntura para la que ni él o su equipo jamás se prepararon. ¡Hasta declaró una guerra!

A nadie debe sorprender que miles de manifestantes espontáneamente marchen cantando “El baile de los que sobran”. Es que “la atmósfera saturada de aburrimiento” nunca se fue. Los tres “prisioneros” apoyaron las marchas, improvisando -Nerea y Tapia- un intenso concierto callejero.

Aquella tremenda advertencia de “Tren al Sur”, hoy suena a sentencia: ¡Y no me digas “pobre”! Lo gritan millones. Es hora de tomar nota.

 
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