El compromiso impostergable: ¿avance o degradación?

Arquitectura Sustentable | Por Estefanía Nosti

La idea de un planeta sostenible constituye un compromiso impostergable. Entre las numerosas urgencias que tocan enfrentar a la sociedad actual para asegurar la posteridad de la humanidad se destaca la demanda sobre el cuidado del medio ambiente y sus recursos, para establecer formas de consumo y estilos de vida equilibrados y perdurables.

Corrientes arquitectónicas emergentes buscan establecer nuevos paradigmas habitacionales que permitan aplicar y propagar ideas simples para alcanzar el bienestar humano y ambiental. Estas corrientes intentan superar el antropocentrismo que funciona como rector en nuestra sociedad y que coloca a la especie humana como centro de la naturaleza, visión que ignora que para sobrevivir se requiere de una interacción retroalimentada y equilibrada con las demás especies y los ecosistemas.

¿Cuál es la importancia de la implementación de estos modelos?

Según la arquitecta María Laura González, maestranda en arquitectura y urbanismo sustentable, es necesario “hacerse cargo que la construcción representa una de las áreas que genera mayor impacto ambiental. Sería importante incorporar a esta problemática no solo el análisis del consumo que va a demandar lo construido en su actividad, sino empezar a contemplar la huella de carbono. Desde la elaboración de los materiales y cómo se transportan, hasta cuál será la disposición final de dichos materiales al terminar la vida útil de la pieza arquitectónica”.

Un buen ejercicio y aplicación de la arquitectura debería ser teniendo en cuenta criterios de sustentabilidad, sin embargo, se los consideran conceptos separados. Planificar una arquitectura con estas características no es más caro, dado que posibilita el ahorro en gastos energéticos al maximizar el aprovechamiento de los recursos disponibles, mientras que aumenta considerablemente la calidad de vida de quienes habitan estos espacios.

Susana Caruso, arquitecta, docente e investigadora del Centro Experimental de la Producción (perteneciente a la Universidad de Buenos Aires), considera que si bien “todo ser vivo causa un impacto en el planeta, lo fundamental es que la suma de impactos individuales no supere la capacidad de procesamiento de los ecosistemas.” El equipo de investigación del cual forma parte brinda soluciones relacionadas a la problemática de los residuos, aplicando técnicas de reciclado para convertirlos en materiales constructivos y objetos de diseño, promoviendo la generación de empleos verdes en sectores menos favorecidos. De esta manera, los desechos se revalorizan al convertirlos en productos útiles.

La investigadora advierte que las cifras son verdaderamente alarmantes: “solamente en la Ciudad de Buenos Aires se generaron durante el año 2015, 1.153.38 toneladas de residuos, de los cuales el 13% fueron plásticos. Si bien los plásticos representan un bajo porcentaje del peso total, constituyen una porción muy importante dentro del volumen de residuos producidos, dado que provocan un rápido completamiento de los rellenos sanitarios, generan contaminación de los mares y la aparición de micro plásticos dentro de nuestra cadena alimentaria”.

Una mala planificación arquitectónica impacta directamente en el ecosistema, porque en lugar de sacar el máximo provecho de las energías naturales y respetar las especificidades de cada entorno busca palear deficiencias o excedentes con energías eléctricas altamente contaminantes.

Según González, los profesionales de la arquitectura deben promover escenarios que pueden ser tomados como herramientas para concientizar, atendiendo a los factores de riesgo ambiental: “cada uno desde el rol que elige desarrollar debería intentar reflexionar acerca del impacto que genera a partir de su trabajo. Algunas culturas precedentes consideraban estos aspectos, pero parece que el afán de progreso nos los hizo olvidar”.

¿Qué soluciones proponen?

La arquitectura sustentable plantea la refuncionalización de edificios a través de estrategias de arquitectura pasiva. Como explica Caruso, el Passivhaus (o casa pasiva) es un estándar de construcción nacido en Alemania en 1991, que pone el foco en la aislación térmica. Propone estrategias simples, como modificar la orientación de las ventanas para aprovechar al máximo el calor del sol en invierno e impedir el calentamiento excesivo en verano a través de protecciones solares. Cuidando la construcción de la envolvente las necesidades de calefacción y refrigeración se reducen alrededor de un 75%.

El biodiseño es un modelo de construcción que contempla el origen de los materiales y sus procesos de extracción, de manera que no produzcan degradación ni depredación en el ambiente, así como también la salud de las personas que los procesan. Este modelo se basa en la idea que toda obra y sus materiales al retornar a la naturaleza no deberían constituir un cúmulo de residuos imposibles de reciclar.

En general, las construcciones bioclimáticas buscan combinar saberes ancestrales con tecnología, intentando imitar los principios de la naturaleza, que se reproduce y se mejora a sí misma sin degradarse. Estas corrientes pretenden superar el modelo hegemónico actual de construcción, que no contempla formas de sustentabilidad, mientras que persiguen recuperar el vínculo entre las personas y el lugar que les da cobijo. De esta manera, las viviendas desarrolladas bajo estos principios no se convierten en un problema cuando finaliza su vida útil, sino que se integran a sus entornos naturalmente.

Como explica la investigadora de la UBA, los altos costos sociales y medioambientales asociados a los combustibles fósiles y a la energía nuclear, están dando un importante impulso a nivel mundial a las energías limpias. Por otra parte, las “ciudades verdes” están creciendo en las mayores urbes del mundo con la intención de mitigar la presencia de contaminantes atmosféricos, principalmente el CO2, a partir de la instalación de infraestructura verde, como árboles y plantas. “A la purificación del aire debe agregarse la mitigación del ruido, la reducción del riesgo de inundaciones por absorción del agua que facilitan los espacios verdes y la mitigación del efecto de isla de calor”.

Asumir el compromiso

Como sostiene la arquitecta María Laura González: “una vez que se comprende el problema es muy fácil traspolarlo a todas las áreas de la vida. La permacultura, por ejemplo, refleja ese compromiso con la naturaleza no solo en la construcción, sino en la educación y la cultura, la economía, la salud y el bienestar espiritual, incluso en el vínculo con la tierra y la naturaleza”.

Para que el verde pueda entrar a nuestras ciudades primero debe entrar a nuestras conciencias. Necesitamos replantearnos nuestro modo de consumir y analizar a quiénes afectan las decisiones que tomamos. Resulta urgente reeducarnos para lograr impactar positivamente en el ambiente, y así lograr asumir, este compromiso impostergable.

 

 
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