Samalea, la memoria de las calles

Paseando por youtube | Por José Emilio Ortega

Buscando, en este tórrido diciembre, excusas para relatar zambullidas por la biblioteca líquida, anticipé probables motivos a colegas -entre ellos, la década de la separación de Oasis, o los 80 pirulos de Tina Turner-, aunque fue una excursión a la cadena dueña del local de venta de libros más bello del mundo la que decidió el rumbo, al poner en mis manos “Nunca es demasiado. Una larga historia en el rock”, el tercer volumen de memorias del escritor y músico Fernando Samalea, que, como sus antecesores “Qué es un Longplay” (2015) y “Mientras otros duermen” (2017), atrapa en sabia mixtura de planos, entre personajes entrañables y un pormenorizado registro de circunstancias.

Prologado por el exquisito Sandro Romero Rey, agregándose en este volumen una nota introductoria bilingüe del galo Benjamín Biolay, “Nunca…” narra la historia reciente de Fernando, un artista trascendente desde la percusión o el bandoneón, acompañando a grandes como Calamaro, García, Cerati, Fabi Cantilo o Palito Ortega, e integrando bandas como Metrópoli (no llega a grabar), Clap, Fricción -con ambos sacude el under en 1986-, IKV -apuntala cumbres como “Chaco” (1995)- o Man Ray. Fuera del país se destacó junto a Sabina, Calle 13, Draco Cornelius Rosa, Phil Manzanera, Drexler, Supervielle, o el mencionado Biolay. Requerido como sesionista aún fuera del rock -jazz, pop, tango o folklore-, recorrió numerosos países, empapándose de sus culturas por artista y por curioso.

Samalea es un protagonista extraordinario. Desde su prosa vasta y despojada, los acontecimientos singulares que componen su vida parecen casi naturales: la historia le cae como el talle más perfecto. Sus tres tomos enlazan presentes y pasados, pasajes en los que la espontaneidad, ironía, buena leche o el respeto a los códigos, parecen signar el transcurso del motor de tantas formaciones, a la par de una vasta obra solista. Lo descubrimos en Youtube muy joven, ejecutando la batería de Fricción en un festival (Parque Lezama, CABA, 1986) junto a Coleman o Basso entre otros -en la placa debut grabó Cerati, integrando la banda en forma paralela al ya exitoso Soda Stereo-; Fernando, Richard y Cristian serían luego parte de “Las Ligas”, la banda con la que García reemplazó ni más ni menos que al combo formado por los GIT y Páez, para encarar su vertiginosa etapa siguiente.

El de bigote bicolor cruza la vida como la obra de Samalea y serán varias las etapas en las que Fernando es uno de los aliados capaces de sostener el azaroso rumbo del Héroe Nacional con mayúsculas, como respetuosamente refiere el autor a García en los tres volúmenes. Y encuentro una toma que particularmente me impresionó cuando la vivencié años ha, en algún concierto en Córdoba: una versión (de 1990) de “Piano Bar” en la que, al arremeter el Artista con la introducción al piano, nuestro protagonista se le acerca discretamente y descubre el bandoneón que yace en un taburete para deslumbrar, con filigranas, al sorprendido público.

La participación de Fernando junto a Charly es profusa en nuestro archivo flotante; podrán ser postales de aquel mítico unplugged para MTV, o las fabulosas sesiones que componen “60 x 60”, cuando “El emperador del mundo” regresó del mismísimo Averno para formar “The Prostitution” y seguir alimentando la inagotable antorcha, con conciertos en el Colón y discos como Random -participando “Sama”-. Pero volvamos a los 90, cuando el baterista le brinda lo mejor de su ya reconocida fama y experticia a los muy jóvenes Dante y Emmanuel, para hacer algunas de las mejores placas del dúo, entre ellas un mágico recital para -otra vez- MTV.

Acercándose al tercer milenio, Sama tiende una importante conexión con España y recurrentemente participa, como sesionista o integrante de algunas formaciones -entre tantos, el disco debut de La Oreja de Van Gogh-, llegando a hacer giras mundiales con Joaquín Sabina. Pero antes, es parte de hitos como Big Bombo Mamma (Willy Crook & The Funky Torinos, 1996), los discos solistas de Diego Frenkel (homónimo, 1996 y Silencio, 1997) acotando que colaboró con el creador de “Magia Blanca” -antiguo compañero en Clap- en La Portuaria y luego fue parte de Belmondo, (grabando en 1991 y 1998, respectivamente); acompañó el debut en el 2x4 de Daniel Melingo (Tangos Bajos, 1998) y se consolidó como internacional todo terreno -me encantaría decir “world music”- apuntalando a figuras como el brasileño Ney van Soria, el israelí David Broza o los “Electric Gauchos” de Steve Ball.

Los libros de Samalea son ricos en anécdotas: viajes, descubrimientos, pasiones. Fascina con sus encuentros con figuras como Ernesto Sábato u Horacio Ferrer, divierte con metejones de novela o pícaras andanzas, cuyo cauce es siempre un relato, musicalizado con creaciones merecedoras de un Premio Gardel (por Primicia, 2010), con bajos de Tony Levin (King Crimson, Peter Gabriel), teclados de Calamaro, o tremendas capas de violas aportadas por el Guitar Craft Fernando Kabusacki, con quien explorará una fructífera y larga relación creativa. Todos a tiro de un click, emocionando, cual banda sonora del gran libro que sigo fagocitando.

Sama recupera lo que queda de su historia con Cerati -lo acompañó desde la grabación de “Ahí vamos” (2006) hasta el último segundo de su vida artística, en aquel fatídico concierto de Caracas (2010)-. El paso del tiempo será un motivo de permanente reflexión en Fernando, que aborda dramas y partidas de camaradas con una sobriedad digna de su estatura intelectual. Habrá tiempo para recordar simpáticos reencuentros y mostrar su andar reciente, participando en diversos proyectos musicales que están a la altura de su madurez. En paralelo, a lo largo de los 10 capítulos, ocurren aventuras con “La idílica”, poderosa máquina de dos ruedas con la que hará magistrales recorridos, entre ellos una suerte de aufhebung hegeliana (música, asfalto, pasiones) denominada “Mototour”, recorriendo 11.334 kilómetros con 24 conciertos en cuatro países. Siempre en clave de “road movie”, se trate de Sunchales o Nueva York, París u Oruro, Río de Janeiro o Buenos Aires, los trayectos sostienen su visión de la vida como tránsito, que rescata permanentemente al reconocerse desde un punto de inicio: su hogar familiar en Saavedra.

 
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