El poder del bisturí

Espontáneas | Por María Belén Davil

Hoy tuve que darle una noticia poco feliz a una persona, esas noticias obligadas por el ejercicio de la profesión. Apenas terminé de lanzarle el discurso que había armado palabra por palabra, con ensayo de los silencios (un speech asertivo, drían los que saben), la persona se quedó inmóvil, con la boca abierta, los ojos se le empezaron a aguar y con voz entrecortada me dijo: hoy es mi cumpleaños.

Después de ese instante, no pude seguir la reunión, estaba aturdida, como si todo transcurriera a una velocidad de cámara lenta. Me quedé callada y mi compañero que estaba conmigo (quizás, porque me notó ida), tomó la palabra y continuó.

Yo solo podía imaginarme cómo seguiría la tarde de esa mujer: recibirá familiares en la casa, amigos, amigas, le preguntarán como está en su gran día, a los primeros les dirá que mal, porque recibió la noticia; a los siguientes, agotada de repetir decenas de veces la misma historia, les dirá que como se puede, que tuvo un día difícil en el trabajo; y a los que lleguen tarde, justificará su cara de malestar diciendo que está cansada. Entonces vendrá el bendito momento de soplar las velas, el marido que sabe de la noticia le acercará la torta sonriente, más de lo normal con la intención de alentarla, y todos entonarán el feliz cumpleaños. Y ¡zaz! La parte que más me revolvía las tripas, imaginarme la señora soplando las velas y las cámaras de los celulares tomando fotos de ese momento, inmortalizando el fastidio, la fingida sonrisa, la angustia en la garganta. Una foto que dejará reflejada para siempre, o al menos hasta que se destruya ese archivo, uno a uno cada píxel, el día que en que un otro (yo) le arruinó el cumpleaños.

De regreso a mi casa, pensé en lo poderosa que es la imagen para la memoria, para la construcción de un recuerdo. Boltanski, artista francés, dijo que las personas mueren dos veces: cuando muere, y cuando alguien ve su foto y no la reconoce. A ese poder me refiero.

¿Cuántas veces creemos recordar al detalle un ocasión y no es más que el recuerdo que evocamos de un conjunto de fotografías tomadas ese día? Decimos, y con certeza como si la subjetividad fuera una cuestión ajena a la naturaleza del ser humano, ¿se acuerdan que ese día la tía se peleó con el tío? Y tal vez es la memoria que construimos en base a una foto grupal en la que la tía aparece en una punta y el tío, en la otra.

Una vez, conversando con una amiga, me contó que su papá los había abandonado cuando eran muy chicos. Su mamá (mi amiga dijo “en represalia”) cortó todas las fotos donde aparecía el marido. Yo las vi. Una verdadera obra de arte. Se había tomado el tiempo de recortar con bisturí al hombre, se notaba un cuidado por no dañar la foto, que no se le zafara el filo y, por error, cortar la garganta o el brazo de un otro que nada tenía que ver. Le pregunté a mi amiga si sabía dónde estaban esos recortes y me dijo que creía que los había tirado a la basura (¿y si alguien los encontró?). De esa manera, la mujer borraba de sus recuerdos y de la posteridad, la cara del marido y padre ausente, como si en ese acto, la persona dejara de existir o peor aún, nunca hubiese sido.

De cualquier manera, guardo la esperanza de que esta mujer pueda reconstruir, aunque le lleve unos años, una memoria distinta de su cumpleaños; a medida que pase el tiempo y ella mire su foto soplando las velitas (lo digo y me duele el pecho), quizás pueda recordar otras cosas: un regalo recibido, el llamado de su prima, el dulce de la torta, el abrazo de su nieto. Porque los recuerdos se construyen continuamente, cada vez que los evocamos es como si escribiéramos sobre una hoja de word ya empezada y guardáramos los cambios; el recuerdo toma otro color, se manifiesta con otras palabras, influenciado por la emoción con la que se evocó esa última vez.

¿Es que recuerdo el último recuerdo que tengo del recuerdo?
Como dijo Borges “La memoria es individual./Nosotros estamos hechos,/ en buena parte, de nuestra memoria./Esta memoria está hecha,/en buena parte, de olvido”.

 
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