El huracán existe antes de existir

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

Sobre “Inundación”, de Eugenia Almeida. Ediciones DocumentA/Escénicas. 2019.

Como señala la contratapa, lo que acá tenemos es un alfabeto personal, un poema-libro extraño donde Eugenia Almeida trata con hondura, y poniéndose como ejemplo, dos polos que se tocan a lo largo del libro: el ejercicio de escritura literaria y el silencio. Ante la pregunta sobre qué es este libro, contesto con tres definiciones de la autora: “Algo que se escapa y, sin embargo, existe antes de existir”, “Una omisión y una ofrenda”, y “Un serio divertimento”.

Al recorrerlo, el texto se lee como un ejercicio de indagación personal; el alfabeto o diccionario de Almeida serían las prendas que lleva puestas en su arquitectura espiritual como lectora y escritora; también, en algunas zonas, puede leerse como un taller literario en sí mismo, sin la pretensión pedagógica ni pedante, ni siquiera, autoral. Respecto a éste último punto véanse por ejemplo las secciones “Compás”, “Entusiasmo”, “Filamento”, “Opacidad” y “Tiempo”. Extractados y compilados, lo dicho ahí puede tomarse como una introducción para quien quiere dictar (o hacer) un taller literario (se nota que Almeida lo fue y es, tallerista, por la cadencia elaborada con que lo dice).

Aparece en el apartado “Ahora”, pero atraviesa el volumen. La autora escribe Inundación como una gran carta, larga, en una feria solitaria, para un destinatario que la propia Almeida postula, afianza y arroba en su existencia, con el compromiso pasional de “esa función de la especie”, que es el lenguaje. Los sabores y sinsabores de ese acto de escribir que se hace “con todo el cuerpo”.

Pero también hay historias, biografías encapsuladas en destino, a lo Marcel Schwob, recordatorios, listas, homenajes, crónicas serranas, loas a la creación, al sufrimiento y la alegría de sus hacedores. Porque lo que la autora de La tensión del umbral no desconoce, es que escribir es un relato que el presente se hace a sí mismo, y por eso lo ofrenda, con iniciales, al sumergirse en las vidas de otros. Nos topamos con el Hesse que se forja y pule en su padecimiento juvenil, para alcanzar eso que siempre transmitió tan honestamente en sus novelas: la búsqueda propia del ser artístico. O Kafka, la alegría del Franz adolescente y nadador, Franz, ese que no es nada de lo que se dijo sobre él, el indeciso, o lleno de vitalidad, según se lo mire. O Irène Némirovsky, en cuya biografía sintética es el acto de escribir como el regalo que el presente se hace a sí mismo, aún en las peores condiciones. O con Simone Weil, cuya vida osciló “…entre la gravedad y la gracia”. La escritura como un puente, aunque, si eso no sirve para unir, que sirva como la demostración de la destrucción. Escribir como el animarse a la zozobra de la propia percepción, casi como hacer teoría dentro de un huracán.

Dije en el primer párrafo que Inundación es una especie de teoría del silencio. La levísima historia de Aro Penzias y de su colega Robert Wilson, ambos premios Nobel de física en 1978, no tiene desperdicio; mejor dicho: lo que no tiene desperdicio es la forma en que describe Almeida el descubrimiento respecto al silencio y al retumbar del universo de esos dos habitantes de este mundo. En ese pasaje, la autora dice: “Hay gente que se defiende con sus palabras. Hay gente que se protege con su silencio. Ni unas ni otro merecen ser frutos de esos miedos”.
Las secciones “Tiempo” y “Umbral”, vuelvo a ellos, son muestra del poner sobre la mesa y destripar el acto tan extraño como intenso de la escritura. En el primero, leemos: “El artificio incluye la sensación de que la historia nos ha sido dada: algo que está frente a nuestros ojos y no responde a los mandatos de nuestra voluntad”. Y más adelante: “escribir implica un ejercicio de recogimiento, de retiro, el gesto de restarse del mundo”. En tanto, en “Umbral”, Almeida postula (en un lazo en mi opinión directo con Mallarmé, con Rimbaud, pero más con el Octavio Paz de El arco y la lira, sobre todo en aquello del poema como acercamiento seductor, misterioso, a algo que está ahí, oculto, que genera inquietud y arrojo, y que sólo se reconoce en el encuentro: “La mirada de quien vive en un pliegue nunca puede ser la del mundo./Pero, a la vez, si uno se concede el riesgo de vivir ahí, quizás pueda traer algo a la luz. Algo que los demás sabían y habían olvidado. Algo que les devuelva una intimidad que habían postergado”.

En “Yacimiento” sucede algo similar, cercano a la magia. Las palabras son herramientas en tanto uno crea en ellas. Pero siempre debe tener presente que “lo dicho no es nunca lo que estaba por decirse”. Igual la victoria se sospecha, ya que “Uno se recobra al final. Y, sin embargo, no se reconoce. Las palabras han servido a un juego mayor”. Un juego serio. Inundación es la escritura “como maniobra de resurrección”; es “El último gesto de amor de quien reconoce el deseo de retirarse del lenguaje y se resiste a entregarse a ese deseo”.

 
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