Desandando el río de Javier Heraud

Lectura de viernes | Por Leandro Calle

A veces la memoria está llena de meandros, de lagos artificiales, de pantanos y puentes, de aguas turbulentas y desiertos amarillos. Lo cierto es que yo estaba tímidamente sentado en la presentación del libro de Tina Elorriaga “El miedo de una casa inexistente” (Alción editora, 2019) y luego de escuchar su poesía, con el goteo que nos queda en el alma cuando los poemas son bien dichos y decanta la belleza, aparecieron en el escenario, “el zurdo” Roqué y “la Tere” Ferrero, del grupo Quetral. Fue ahí que volví a escuchar el nombre de Javier Heraud, el poeta peruano.

Chabuca Granda, esa señora indiscutible de la canción peruana, dedicó algunas canciones al poeta cuando se enteró de su vil asesinato, en el río Madre de Dios. “El zurdo” y “la Tere”, anunciaban un festejo peruano de Chabuca, que cantaron con magistral solvencia. Yo decía que la memoria está llena de meandros, de túneles que se conectan e interconectan, y a veces una palabra, un gesto, una imagen, nos hacen viajar en el tiempo. Viajé más de veinte años atrás, hasta una plaqueta que me entregó el escritor Alejo González Prandi. Allí, en esa hoja doblada en tres, leí por primera vez poemas de Heraud, inconseguibles en ese tiempo (y también ahora). La plaqueta tenía, en el frente, una foto de su rostro. Sé que la dejé dentro de un libro y allí anda, a la deriva entre los afluentes de mi biblioteca. Cada tanto aparece.

Javier Heraud nació en Miraflores en 1942 y fue asesinado, a los 21 años de edad, el 15 de mayo de 1963. Publicó dos libros en vida: “El río”, de 1960, en la colección Cuadernos de Hontanar, que dirigían Luis Alberto Ratto y Javier Sologuren. Más tarde, y en parte por los cuidados de su hermana Cecilia Heraud, aparecerá su “Poesía Completa”. El otro libro se llamó “El viaje”, y es de 1961. Es verdaderamente notable cuando uno lee aquel primer poemario la frescura y, al mismo tiempo, la profundidad de la poesía de un hombre tan joven. El surrealismo, de la mano de César Moro, daba vueltas por América latina, y eran insoslayables los nombres de Neruda y de Vallejo. Sin embargo, dicen que Heraud se nutría más de Eliot y Machado.

Cerca de 2012 hice un viaje a la ciudad de Trujillo, en Perú, una ciudad semejante a lo que es la ciudad de Córdoba para Argentina. Trujillo, de alguna manera, guardaba ese aroma vallejiano, si bien “el cholo” Vallejo es el peruano más parisino que pueda encontrarse (o el parisino más peruano, da lo mismo). Como diría Juan Gelman: “Nunca te sacaste esa tierra de los pies del alma”. La cosa es que ahí –vallejiando por calles y lecturas- volví a encontrarme con la poesía de Javier Heraud. Esta vez en un libro perfectamente editado, con inéditos en facsímil, que tienen una letra azul luminosa y una caligrafía perfecta. Algunos tachones del poeta, una introducción breve pero jugosa, y el gran poema: “El río”. Si bien en las páginas web puede encontrarse material de Heraud, verlo así, en libro, me llenó de emoción. “Yo soy un río./ Yo soy el río/ eterno de la/ dicha. Ya siento/ las brisas cercanas,/ ya siento el viento/ en mis mejillas,/ y mi viaje a través/ de montes, ríos,/ lagos y praderas/ se torna inacabable”. (Poema 5)

¿Quién diría que este joven poeta, de 21 años, sería alcanzado por diecinueve balas “dum-dum”? Este tipo de balas expansivas revientan aumentando el diámetro en el impacto, y suelen utilizarse para caza mayor. En el río Madre de Dios, Javier, fugitivo, perseguido por sus ideas políticas, es “¿cazado?”, alcanzado por diecinueve balas. Pobres antes y pobres ahora, en América latina, los que dicen custodiar el orden traen a la mesa un poeta. ¿Qué hay para comer? ¿Cuál el resultado de la caza? Un poeta de 21 años.

Heraud participó en el Congreso de Juventudes en la Unión Soviética, en 1961. Permaneció un tiempo en París, y luego en Cuba. Cuando regresó al Perú, lo expulsan por sus ideas políticas. Luego lo matan en un río. Justo ese lugar, título de su primer libro y de su poema memorable y profético:


Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.

 
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