Aquella solitaria vaca cubana

Lectura de viernes | Por Darío Sandrone

La única verdad
es la realidad virtual
Hace unos días circuló la noticia sobre un experimento que está realizando el ministerio de Agricultura y Alimentación de Moscú, en Rusia. Según se comunicó, colocaron lentes de realidad virtual a un conjunto de vacas lecheras, adaptados a la forma de su cabeza, con el propósito de reducir en ellas la ansiedad y el estrés que les provoca el proceso de ordeñe. Estos lentes están equipados con un programa informático que simula ante los ojos del animal un extenso campo soleado, cubierto de abundantes y tiernos pastizales que flamean al viento. Crease o no, lo cierto es que el ministerio presentó pruebas iniciales de que “el estado de ánimo emocional general de la manada” creció, y los investigadores se encuentran estudiando la posibilidad de que la producción de leche también aumente. Según el escrito, “ejemplos de granjas lecheras de diferentes países muestran que en un ambiente tranquilo, la cantidad y, a veces, la calidad de la leche, aumenta notablemente”. Y si en los grandes tambos periurbanos no es posible crear ese plácido clima distendido, ¿qué mejor que diseñar una realidad alternativa en la cual las vacas puedan llevar adelante sus vidas?

Ubre Blanca y las rusas
En algunos foros, el caso de las vacas rusas rememoró el célebre episodio de Trofim Lysenko, aquel ministro de agricultura ruso que en los años de 1930 contradecía los principios establecidos por la genética y afirmaba que era posible manipular los ritmos de crecimiento de las plantas a partir de condicionamientos ambientales en las semillas. Elaboró un ambicioso programa agropecuario en el que, por ejemplo, se instruía a los granjeros para enfriar el grano antes de sembrarlo. Cuando finalmente se concluyó que todo había sido una confusión sin ninguna base científica ni empírica, Lysenko se convirtió en el hazmerreír y estigma de la ciencia rusa. El periódico mexicano El Universal fue uno de los medios que tejió vínculos entre el nuevo caso de las vacas rusas y la antigua era soviética. También recordó algún intento de Fidel Castro por replicar estas experiencias en Cuba, en la década de 1960.

Había en aquellos años una suerte de obsesión de Fidel por criar supervacas. Quizá algún lector memorioso recuerde a Ubre Blanca, lograda con ingeniería genética y que batió récords al dar 109 litros de leche en un día. Una barbaridad, si tenemos en cuenta que según datos oficiales el promedio de una vaca en Argentina fue de 20 litros diarios en 2017. Cada día, en los diarios de La Habana se publicaba la cantidad de leche que había dado Ubre Blanca y se lo anunciaba en la radio, como hoy hacemos aquí con el riesgo país o la cotización del dólar. Había algo de la economía y del futuro que se jugaba en esos números. Pero lo que relacionó El Universal no fueron los resultados de la ingeniería genética, un campo afianzado de las tecnociencias actuales, sino el mito de que aquella solitaria vaca cubana vivía de manera privilegiada en una habitación refrigerada y en la cual sonaba música clásica todo el día, bajo el presupuesto de que eso aumentaría su producción láctea.


Ojos que ven, corazones que sienten
Sin embargo, aun asumiendo que las historias sobre Ubre Blanca sean verdaderas, es necesario señalar que su caso no es igual al de las actuales vacas rusas. Aunque la hipótesis de fondo es la misma (un ambiente ameno puede tranquilizar el organismo, lo que lleva a producir más leche), el modo de lograr la estabilidad emocional en el caso de Ubre Blanca es físico: el ambiente realmente estaba refrigerado. En el caso de las vacas rusas, por el contrario, nada en el entorno se modifica, con excepción de lo que aparece ante sus ojos. En el primer caso, el cuerpo siente el ambiente; en el segundo, lo imagina.
En el primer caso, los animales responden a los estímulos de la temperatura; en el segundo, son los protagonistas de una historia. El atractivo de la noticia es que las vacas pueden ser engañadas con un dispositivo visual que las sitúa en un lugar ficticio: viven lo que ven, o mejor dicho, lo que un grupo de humanos creó para que vean. Es una ilusión provocada exclusivamente con información visual. Sea lo que sea que ocurra en el cuerpo de las vacas rusas, primero ocurre en su “mente”.


Medios y medio
Posiblemente, la diferencia que existe entre estos dos casos sea la que existe entre un enfoque biológico y de las ciencias agrarias, frente al que proveen los estudios sobre los medios, difundidos por el canadiense Marshall McLuhan, también en los años 60. Él vio con claridad la transformación del medio humano en el siglo XX, cuando el enjambre de dispositivos electrónicos generó un ecosistema de pantallas, luces e imágenes. En consecuencia, los cambios del medio en el que vivimos modificaron la forma en la que nos percibirnos a nosotros y al mundo. En sus términos: “el medio extiende o amplifica algún órgano o facultad del usuario”. Es lo virtual, que en el humano es lo artificial. Más aún, en las últimas décadas el ser humano ha concentrado la mayoría de las formas de virtualidad en máquinas informacionales con pantallas, tal es el caso de los lentes que ahora fueron colocados en vacas. En el fondo, lo asombroso de este caso es que estos animales habiten tan placenteramente ese medio de historias e imágenes producidas por dispositivos electrónicos, creado por nosotros y para nosotros, como un arca de Noé súper tecnológico en el que no habíamos dejado lugar para animales. Al menos hasta ahora.
En definitiva, existe una mueca humana en esta noticia sobre vacas, un aire de metáfora entre la utilización de dispositivos electrónicos que entretienen animales para aumentar su producción. Según una etimología, la palabra virtual proviene de la misma raíz que virtud. Chatear tiene la virtud de la charla, pero no es la charla; de la misma manera escribir una carta tiene la virtud de decir algo, aunque no es decirlo. Si entendemos lo virtual en un sentido más amplio que el sentido informático cotidiano, si lo entendemos como medio, como mensajes y narrativas que tienen la virtud de ser como la vida sin ser la vida, si lo entendemos así, la literatura, el cine, las redes sociales y toda la gama de la industria cultural, son una fuente de realidad virtual que hemos creado a nuestro alrededor, y donde no pocas veces encontramos placer y felicidad.
Nos gusta escapar de nuestra realidad a través de historias, sean series de ficción o fotos de vidas ajenas en Instagram. O un extenso campo soleado. Y sin embargo, no podemos olvidar un detalle escabroso: el medio en el que pusieron a esas vacas hace que produzcan más y mejor, como si ese medio, nuestro medio, hubiese estado diseñado para eso. Indagaremos esa intuición en la próxima columna.

 
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