Un Martín Fierro no tan “iron”

Mario Trecek | Especial para HDC

Carlos Gamerro, indispensable autor argentino, en “Facundo o Martín Fierro” -Los libros que inventaron la Argentina- (Sudamericana) plantea cosas muy interesantes sobre el lenguaje, la amistad de Fierro con Cruz, el rol de Hudson en describir paisajes de América del Sur, que José Hernández escamotea. Sobre la homosexualidad en la literatura nacional, sobre los indígenas, las cautivas, los gringos, la mirada de Mansilla, de Sarmiento, Lugones, Martínez Estrada, y claro, de Borges, quien exacerba el tema del valor, y del viaje: “El general Quiroga va en coche a la muerte” En este libraco, pero es librazo, menciona a Gabriela Cabezón Cámara, y no es para menos, seguro ingresará al canon de los indispensables para leernos como nación.

Este libro es un viaje en carreta, narrado con desparpajo homoerótico. Una novela “queer” que pone en crisis el paradigma del “macho argentino”: El gaucho. Sería kitsch, sino estuviera tan, pero tan bien escrita. “Las aventuras de la China Iron” si fuera guión, sería una road movie, una de historia de ruta, una de Cowboy con tiros, indios, border y claro, ejército. En este caso no es ruta, sino huella de la pampa, donde al final cambian de carruaje, y se suben como a un gran camalote, a los Wampos, una suerte de islas flotantes, carretas acuáticas “nuestra nación migrando lentamente por el Paraná” Un país a la deriva, un arca al garete, como fantasma “así viajamos” de liberalismo capitalista, a neoliberalismo, pero cada vez con más barbarie, y más sofisticación.

La “chinita” tenía solo 14 años, y deja a su esposo “legal” que la ganó en una partida de naipes. Él, Martín Iron, digo Fierro, se queda con sus dos hijos. Ella se va, a ser ella. A descubrir el mundo, su mundo, el mundo donde no hay fronteras de género, ni alambrado para el sexo “la cantidad de apetitos que podía tener mi cuerpo: quise ser la mora y la boca que mordía la mora”.

Será él/ella alternativamente, se travestirá, besará a Liz, a la inglesa, y con esos labios conocerá la palabra internacional, otro idioma, otra lengua, la palabra desarrollo, la máquina, y el tea, digo, el té y lo más osado (en estos tiempos de feminismos, y de perspectiva de género, y de matrimonio igualitario) se reencontrará con su esposo y sus hijos en las tolderías, pero él ahora es rosado, y no solo porque lleva puesta una capa de plumas de flamencos, sino porque murió su “amigovio” Cruz. Dice la voz popular que de eso hay ida, pero no “vuelta” La vuelta de Fierro fue una estrategia literaria del proyecto civilizatorio, pasar del ganado a la agricultura y no la cultura de los indios y gauchos haraganes, comedores de asado, ignorantes de los placeres de lo gourmet.

Dice en la novela El coronel Hernández en su Estancia Las Hortencias “un pueblo que pasa de amasijo de larvas a masa trabajadora, imagínese milady, que no será sin dolor” Cualquier similitud, con los renovados desarrollistas, emprendedores, Ceos que asolaron las pampas últimamente, no es literatura, “guerra que perdemos siempre, porque tenemos los cimientos en el polvo” y porque “la miseria alienta la grieta, la talla; va arañando lenta la intemperie, la piel de sus nacidos; la hace cuero seco, la cuartea, les impone una morfología a sus criaturas” eso hace nuestra tierra, porque parece que todavía se está haciendo patria.

“La falta de ideas me tenía atada, la ignorancia. No sabía que podía andar suelta, no lo supe hasta que lo estuve” Se une a Elizabeth, que busca a su esposo, un inglés de “Inca la perra”, como recitan los versos del libro canónico de José Hernández. A diferencia de Liz, Josefina Star Iron, Tararira, la que nació huérfana, la china, ella ni sueña con ir tras su esposo y cuando los encuentran, será un revoltijo, un “crisol de razas” una orgía étnica. La autora usará un lenguaje cultísimo, por momentos poético y también procaz, donde no se ahorra palabras como “puto”, y donde semas que designan partes gozosas del cuerpo entran en el sintagma copulando como los animales salvajes, no con la libido de lo porno, sino con naturalidad, por exceso de naturaleza. “Es también cielo, la tierra de la pampa” puro polvo, tierra y carne.

 

 

 
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