Fragmentos de un diario en vacaciones

Todos los lugares donde me perdí | Por Pablo Natale

1. Fines de diciembre. Comienza el verano. Llegan el fin del ciclo lectivo, el fin programado de actividades generales, los cierres administrativos. Aparecen miles de rankings y los buenos y eternos deseos para el año que viene. Mientras tanto llega el calor, se instala como si fuese un pariente levemente querido e insistentemente inoportuno. No he tenido lo que se dice “vacaciones” en años: como monotributista argentino no tengo ni vacaciones pagas, ni aguinaldo ni sueldo alguno durante la etapa en que las redes se llenan de simpáticas fotos veraniegas. Luego de años de trabajos, logro asignarme un descanso autofinanciado en enero. El consejo de mi terapeuta es el detonante final: “Un buen trabajo merece un buen descanso”. OK, me digo, pues voy a descansar bien, esas serán mis vacaciones, y supongo que son las vacaciones de varios: no un mecerse en hamacas o cabalgar al ritmo del dispendio sino un reposo, un recreo.

2. Principios de enero. Puedo, ahora sí leer libros, escuchar discos y mirar películas para los que no había tenido tiempo o la adecuada disposición anímica. Leo “Años Luz”, de James Salter, casi bebiendo las páginas, viendo cómo vidas de ficción toman una consistencia imprevista antes de desvanecerse. Leo “El amigo”, de Sigrid Nunez, que relata el proceso de duelo que la narradora tiene luego de la muerte de un gran amigo; escucho el disco “Skeleton Tree”, de Nick Cave, y veo el documental que está relacionado con el disco. Cave compuso esa obra luego de la inesperada muerte de su hijo. Duelos y más duelos: ¿eso son las vacaciones? ¿El tiempo para hacer el duelo por los seres queridos que se fueron o que dejamos ir? ¿El lapso para hacer un rato de silencio por los deseos y proyectos que quedaron rotos u olvidados? Veo, también, “Uncut Gems”, una película que si hubiera visto uno de esos días de doce horas de trabajo me hubiera dejado tiritando al borde del ataque de ansiedad. Todo lo que el protagonista demente de esa película deja pasar son, también, nuestras oportunidades perdidas: algún tipo de calma, algún tipo de atención que no sea desesperada, ni especulativa, ni digitalizada. Es decir: algún tipo de descanso sustancial. Me doy cuenta, de golpe, de un detalle: apenas si hay lugar, fuera de la vacación, para los recuerdos veraniegos.

3. Recuerdos veraniegos. Un día de diciembre en Alberdi, con la sensación térmica de cincuenta grados. Un enero en la infancia, cuando jugamos contra el equipo del Apache, que era del barrio vecino. Resultó que “el Apache” era un chico que esperaba trepado arriba de un árbol comiendo mandarinas. Enero: cuando inventamos el pentatlón barrial y uno se rompió un brazo al saltar del techo de Don Arcucci. Enero: un viaje a Tilcara con amigos, y la vuelta por los cerros en plena madrugada, con esa alegría ciega de algún tipo de juventud. Puedo acercarme a esos recuerdos haciendo click en una aplicación que tengo en el cuerpo y que no sé dónde está. El aburrimiento, el sopor: esa también es una vacación.

4. Fines de enero. Después de búsquedas infructuosas basadas en un presupuesto ajustado, logramos dar con un buen lugar para un miniretiro: una casa con puerta al río que me hace acordar a uno de mis poemas preferidos de Daniel Durand. Me despierto y escucho el río. El lugar es mínimamente paradisíaco. Claro que apenas sube el sol ya hay mucha gente en los alrededores, de modo que el río es menos un río que una variante de sopa con paisaje de pasto y sierras. Claro que lo primero que dije al llegar es que encontramos un lugar ideal, y lo segundo fue buscar señal. Claro que el día siguiente anuncio que es un lugar perfecto para pasar temporadas pero (¡!) que solo me hace falta la computadora para trabajar. Entonces lo hago. Me pregunto: ¿Y si esta es la casa de mis sueños? Exactamente eso es, también, una vacación: el hallazgo de un lugar ideal, la invención de un futuro lejano y ameno con el que nos decimos: acá sí, algún día, la síntesis será posible, el tiempo será nuestro.

5. Comienzos de febrero. Falta poco para que vuelva a dictar clases. Lo primero que debo reconocer es que estoy fuera de ritmo, que una leve apatía o estado de siesta me ha hecho su huésped y que, en cierto modo, ya me está cansando tanto relax. Lo segundo que pasa es esto: comienzo a leer una novela en la que una familia vuelve de vacaciones y apenas llegados el marido se para, se va caminando y se pierde en el bosque. Como si la vacación fuese, también, una especie de peligro, un chaleco de fuerzas y al personaje de la novela se le hubiese soltado las cadenas. Entonces aparece el señor Godard, en una entrevista en 1972, luego de filmar la película “Todo va bien”, que es nada menos que sobre una pareja y una huelga en una fábrica. Dice Godard: “un trabajador que se compra una cámara filmadora y filma su vacación está haciendo una película política. Ese es el único film que puede hacer. Ocurre esto, que no termina de llamar suficientemente la atención: él puede filmar sus vacaciones, pero no su jornada laboral”. Copio y escribo eso a mano. Lo pego a la pared. Al día siguiente, comienzo las clases.

 

 

 
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