Dispersión de astillas

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

Bonino. La lengua de la inocencia, de Ignacio Manuel Moyano. Borde Perdido editora. 2017.

Me sucedió lo mismo que con el libro que supe reseñar de Sergio Colautti, La lectura incesante; leer Bonino. La lengua de la inocencia, de Manuel Ignacio Moyano, da ganas de escribir. Pero acá no voy a hablar de las ganas mías (no es función de la crítica literaria) sino del libro. Y permítanme decirles que ese giro es una buena introducción para referirme a este volumen: una biopic (sí, un tanto cinematográfica) singular, como podría ser la de Stephen Hawking o Michael Jackson, donde Moyano -con su lente de cámara- se corre para dejarle el lugar a Bonino. Diría mejor, a cierto costado del original actor y creador cordobés de una lengua personalísima, que podía transmutar en un lenguaje sin origen.

La coda inicial, ya del libro mismo, es un lema en la escritura del autor: “Este ensayo no avanza ni retrocede. Como un cangrejo, camina lateralmente sobre un conjunto de fragmentos que se llamaron Jorge Bonino. Antes que de un estudio o una investigación, se trata de pestañas que se abren con intermitencia azarosa. O rodeos y elusiones a un “objeto” esencialmente elusivo: la vida-obra de un gran artista que enloqueció”. La biografía fragmentaria, esas pestañas intermitentes, tienen una construcción precisa, uniforme, delicada; no por nada el texto obtuvo la primera mención en el concurso Heterónimos de ensayo en 2018.

Moyano ensaya la vida de Bonino con una constelación de voces y metáforas magnéticas de la búsqueda del artista, matizándola con las fases de su paulatino ingreso a la locura. La muerte misma es tomada como una herramienta del grotesco, del acontecimiento boniniano mismo, quien “dormía gratis en escena y tenía sueños que actuaba en público”; así lo trabaja Moyano, algo que “ya no era vanguardia, era comedia, luego locura y después muerte”.

El libro no es condescendiente ni elegíaco; es humilde y erigido con una prosa cuidada: “Un malentendido surgido en boca de Bonino, cierto, pero también en los oídos de los espectadores”. Habita asimismo una ética que es decisiva e inocente, la ética del ignorante, que luego será política: “si yo no sé de lo que hablo, tampoco permitiré que otros lo sepan” (Héctor Jorge Libertella Bonino”). Porque otro actor principal en esta biografía, diseminado como meditadas lombrices semánticas en varios pasajes, es precisamente el gran escritor-crítico bahiense.

El autor sabe hacer equilibrio; no hay desmesura elogiosa, como dije, pero tampoco morbo lacrimoso al desplegar la vida del biografiado, ni exaltación académica, otro rasgo de la prosa, límpida como tan difícil de conseguir. Logramos comprender la búsqueda del artista, porque en primer lugar la coloca el autor: “Bonino reconvertía a la palabra en una excitación nerviosa, la devolvía a su origen”. Sus espectáculos no se podían representar, replicándolos, sólo realizar; el acto-acto es perturbadoramente liminal de lo interpretable y sígnico: he allí la inocencia de la glosolalia. La lengua previa a cualquier ser, “lo posible por su no-de-ser”. No saber lo que se quiere decir pero sin embargo decirlo. Tomando -en otro pasaje- una anécdota de un libro de Primo Levi, Moyano remite a “…una experiencia de la palabra que no significa y que, al mismo tiempo, sobrevive sin significar, e incluso sobrevive puesto que no significa”.

Un mojón es el pasaje que recrea la anécdota de la (ilustración de la) lengua, la diosa hindú Kali y los Rolling Stones. El autor explica “la lengua afuera es la gestualidad con la que se han construido en el hinduismo las imágenes de la diosa Kali que trae consigo, según dicha religión, la muerte y la destrucción”. De allí, Moyano traza un paralelo (perpendicularizándolo), con la lengua boniniana, y escribe, en referencia al tema Wild Horses de los Stone: “Así, a medio camino entre caballo salvaje y burrito cordobés, por momentos la sensación-bonino es la misma que la de la canción Stone: lo insoportable de estar en camino, de estar siempre yendo o llegando, de ser una piedra rodante, nunca en casa, nunca en casa, siempre cayendo, salvajemente…pero claro, con la lengua afuera y tomándonos el pelo, con una cercanía como la del hogar, del convento, del refugio, de la calma, de la complicidad de sus fans. (…) Instantes conservados en algo así como una memoria pura, sin sujetos ni objetos, una memoria divina, como la de Kali y su lengua afuera”.

La existencia humana es un terreno con valles, mesetas y grandes montañas; ¿qué vida de cada uno de nosotros no tiene eso? Y el autor lo aprovecha en esta biopic. Es una lupa, una mosca, y es el cosmos de los años 60, 70, 80, vigilando la condición que hizo del artista lo que fue. Eso salpicado con minúscula estampa biográfica, con recortes epistémicos donde Moyano sienta posición para refrendar lo que querrá decir, calando hasta el hueso, por ejemplo, a Beckett.
Entonces, “¿qué es la inocencia? La ignorancia de aquellos que han caído del árbol antes de comer la manzana”. Bonino, en la lengua del autor, es una balbuceante biografía de un destino haciéndose.

 
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