Sepultura do Brasil, caralho!

Paseando por Youtube | Por José Emilio Ortega

El enero bahiano de 2009 se deslizaba al ritmo de los camarotes y las escolas do samba. Salvador vive un largo carnaval; leyendas y pasiones dominan la ciudad, que se transforma en un escenario absoluto, mística e imperial. No obstante, a la quinta vuelta por el Pelourinho, y ligeramente empachado de moquecas, vatapás y acarajés, mi interés por el nordeste comenzó a retroceder.
Un suelto en el diario local, me desperezó. Sepultura tocaba en la ciudad. Interpelo a un camarero sobre la fiabilidad de la noticia y me cuenta: se trata de un pequeño festival al que habitualmente concurren. Le pregunto si es difícil llegar, me sugiere cuidado. Al concretar el recorrido, descubro un Salvador profundo, suburbano, intenso, sincrético.
Tras descender por unas barrancas similares a las que separan al centro cordobés de barrios como San Martín o Cofico, aparece la locación del concierto. Se asemeja a nuestro Teatro Griego. Confundido entre el público, me digo que no hay misterios en Sudamérica. No hay por qué temer.
Por entonces, Sepultura transitaba su máximo desafío de supervivencia. Tras 25 años de actividad, había perdido a su núcleo, los hermanos Max e Igor Cavalera. Hijos de un diplomático y una modelo, se criaron en Belo Horizonte, abrevando en un ambiente que los influyó profundamente, en la vocación artística y el sentido global. A pura intuición, los hermanos profundizaron una lírica descarnada y enfocada, con guitarras densas y graves, voces guturales y baterías arrasadoras. Aprovechando al máximo la información disponible, se esforzaron para componer y cantar en inglés. Los jóvenes Cavalera consiguen compañeros de ruta dignos del viaje: el bajista Paulo Jr. -el único superviviente de esa formación original- y el guitarrista Jairo -reemplazado en 1987 por el talentoso Andreas Kisser-. Sus dos primeros discos -Bestial Devastation (1985) y Morbid Vision (1986)-, aún grabados con limitaciones, muestran la inspiración de los Cavalera. Van por más: envían cintas a radios norteamericanas o inglesas, confiando en su producto.
Un buen contrato permite a Sepultura salir de la potencialidad: Schizofrenia (1987) -con himnos como “Escape to void” o “Troops of doom”– se cuela en los principales rankings del orbe. Su sonido se aleja de los más directos Motorhead o Venom y se emparenta al Metallica de Muster of Puppets y especialmente al Slayer de Regin in blood.
Los siguientes discos de Sepultura, Beneath the Remains (1989) -medio millón de copias vendidas, incluyendo “Inner Self” o “Slaves o Pain” -, Arise (1991) -que con “Desesperate Cry” o “Murder” duplica las ventas- y sobre todo Chaos A.D. (1993) -hito artístico, mantiene rendimiento comercial, publica gemas como “Refuse/resist”, “Territory”, “Kaiowas”, “Manifiest”, “Slave New World”- cubren de gloria a estos veinteañeros prematuramente decididos a tomar el cielo con las manos.
Youtube es muy útil para poner banda de sonido e imágenes a esta maravillosa carrera. Nos detenemos en los videos: una propuesta completa, preocupaciones políticas, sensibilidad y compromiso ante candentes cuestiones: el conflicto palestino-israelí o el Brasil profundo, empapándose de ese “factor englobante” que hizo eje en la interpenetración de razas y culturas al explicar el Brasil del siglo XX, como señala entre otros Rita Segato.
El techo llega con Roots (1996). Dos millones de copias adquiridas en las disquerías de todo el mundo. Para entonces Sepultura giraba como número principal o acompañando a figuras como Ozzy o Motorhead. Sin embargo, es el peor año para el grupo. Max Cavalera y su pareja Gloria Bujnowski -representante de la banda- soportan la pérdida de Dana, hijo de la mujer. En pocos meses, añejos conflictos llevarán al resto de los integrantes del grupo a plantear el reemplazo de Bujnowki. Max abandona Sepultura en 1997, y parecía el fin. El trío sobreviviente se toma su tiempo y alumbra un nuevo cantante: el nortemericano Derrick Green.

Negar / Resistir

No hace tanto calor y el ambiente abierto se renueva por la brisa marina. La Luna decidió no perderse a los mejores. El primero en aparecer es el grandote Derrick, seguido por Andreas, Paulo y Jean Dolabella, quien se hizo cargo de la batería en la segunda escisión cuasi mortal que sufre la banda (2006, cuando se retira en malos términos Max Cavalera). Por entonces la banda ha hecho con Green Against (1998), Nation (2000), Roorback (2003), el EP de covers Revolusongs (2003), Dante XXI (2006) y A-Lex (publicado en los días del concierto, el primero sin ningún Cavalera en los créditos). No alcanzan los hitos de la primera mitad de los ’90, pero estaban vivos, explorando conceptos sólidos sobre los cuales acoplar su andamiaje. Recorriendo el show de Bahía, los temas -grandes éxitos y versiones de obras recientes-, sonaban convincentes. El despliegue de Green es agotador y entretenido. Andreas suena al nivel de Tony Iommi, Steve Morse, Adrian Smith o Kirk Hammeth. No se trataba de un auto-remedo. Aún sin sus mentores, llevaban adelante su misión.
¿Y los Cavalera? Habían hecho las paces; Max tuvo repercusión -decreciente- con Soulfly, ambos fundaron Cavalera’s Conspirancy, y si insinuó por los fundadores una reunión con el resto, desde el control de la franquicia -particularmente Paulo Jr. y Andreas- tomaron los comentarios con frialdad. Desde entonces, la banda editó Kairos (2011), The Mediator Between Head and Hands Must Be the Heart (2013, con Eloy Casagrande en reemplazo de Dolabella), el renovado Machine Messiah (2017) -con la influencia del productor sueco Jens Bogren, prócer del rock duro escandinavo- y Quadra (2020), con buena entrada en los rankings.
Los incontables conciertos que Youtube nos muestra, y algunos segmentos del documental Endurance (2017, disponible en Netflix), ilustran la dificultosa pero impresionante carrera de estos gigantes. ¿Podrán juntarse todos? El público lo merece, ha dicho Kisser. Es verdad.
Vuelvo al concierto. En el más intenso éxtasis, todos cantando, brindando, saltando felices, empujamos una vez más al potente Derrick: finalizando el set vocifera el gringo en perfecto portugués: ¡“Sepultura do Brasil, Caralho”!. tomándose la camiseta como el más fanático. Todos lo abrazan con un grito. Si eso no es sincretismo…
Hasta la próxima.

 
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