Niños del mundo

Por Diego Tatian

Existe una secuencia de fotografías dispersas, que corrobora la cercanía que en los años 20 tuvieron Blanca del Prado y José Carlos Mariátegui. En esas fotografías, el autor de los “Siete ensayos…” aparece en el centro, sentado en la silla de ruedas que debía usar por haberle sido cortada una pierna, rodeado por amigos y amigas con quienes compartía tertulias. En muchas de ellas aparece Blanca, que había nacido en Arequipa en 1903 y al momento de esas imágenes era una veinteañera. Hacia fines de 1929 concurrió a una exposición montada en Lima por un pintor cordobés que recorría América con su paleta. Queda encantada con lo que ve, pero en esa ocasión no conversa con el artista. Lo hará pocos días más tarde en casa de Mariátegui, quien el día de Navidad de 1929 la invita a almorzar, al igual que a José Malanca, para que se conocieran.

Malanca había viajado a Europa en 1923 para una estancia de perfeccionamiento, pero el viaje por América lo estimulaba mucho más: Bolivia, Perú, México inspiraron su pincel con motivos campesinos e indoamericanos por los que sentía una fuerte atracción, no solo estética sino también política. Durante el convivio limeño, Mariátegui se interesaba por su relato de las revueltas estudiantiles en 1918, y lo designó corresponsal de “Amauta” y de “Labor” durante sus viajes por América latina.

Volvió a Córdoba a comienzos de 1930, pero no olvidó a Blanca del Prado, con quien en los meses siguientes mantuvo un recatado epistolario de amor. Cuando en septiembre de ese año la muchacha de Arequipa aceptó venir a vivir a Córdoba, Mariátegui ya había muerto en abril, en medio de intensos preparativos para trasladarse a Buenos Aires y escapar del acoso policial, los continuos allanamientos de su casa y las requisas de su biblioteca, que le hacían imposible su permanencia en Lima.

Tras un rápido casamiento, Blanca y Malanca vivieron durante algún tiempo en Los Gigantes y en Cuchicorral cumpliendo tareas rurales, hasta que el pintor obtuvo un empleo en el Museo Caraffa y se trasladaron a la ciudad. En 1931 comenzaron a construir la hoy vieja casona de la calle Juan Rodríguez, en el barrio de San Vicente, y al poco tiempo Blanca publicó su primer libro (“Cayma”, dedicado a Mariátegui, 1933). Conmovida por los estragos de la guerra civil española, escribió: “Que silencio tan alto se ha formado en mis palabras, porque no existe nombre que fulmine el pesar de España. Es el silencio de los miles de muertos de España” -el mismo año en que un coterráneo suyo escribía el poema “España, aparta de mí este cáliz”-, e integró un Movimiento de Mujeres contra la Guerra del Chaco. En representación de esa “Agrupación Femenina contra la Guerra”, participó como oradora (única mujer junto a Deodoro Roca, Tristán Marof y Arturo Orgaz) en un mitin de repudio a la hostilidad entre pueblos hermanos, convocado el 16 de junio de 1935 por el Comité pro Paz y Libertad de América, luego de haberse firmado el acuerdo entre Bolivia y Paraguay.

Poco tiempo después se forma en Córdoba el Comité Pro Amnistía de Exiliados Políticos y Sociales de América, para evitar la extradición del marxista boliviano Tristán Marof, quien ese mismo año había fundado el Partido Obrero Revolucionario de Bolivia (POR). En el Comité participa Blanca del Prado. Desde “Flecha”, Deodoro Roca denuncia la violación del derecho de asilo y asume su defensa jurídica. Finalmente, Marof es deportado, pero será devuelto a la Argentina gracias a la agitación obrera y la acción intelectual en varios países latinoamericanos. Habiendo salvado su vida por milagro, se instala en la casa de Rodolfo Aráoz Alfaro en Villa del Totoral y escribe “Habla un condenado a muerte” (Córdoba, 1936), donde manifiesta una conmovida gratitud por sus amigos cordobeses.

Tras concluir la segunda Guerra Mundial publica “Cuentos poemáticos”, cinco textos para niños con sensibles ilustraciones de Juan Carlos Pinto, bajo la dirección editorial del xilógrafo Alberto Nicasio. El libro fue realizado a beneficio del “Comité de ayuda a Italia”, y su completa tirada llevaba la firma de Blanca del Prado. “Quisiera reproducir -escribe- como portada de este libro, algunos párrafos de aquel homenaje que dediqué en cierta ocasión a los niños de Córdoba… dedicando estos cuentos poemáticos a los niños del mundo, especialmente a los de Italia”.

Blanca y Malanca, en tanto, habían adquirido en 1937 una vieja finca en La Estancita, llamada “La huerta de los álamos”, donde construyeron un rancho -que luego fue una casa-, plantaron árboles e hicieron una piscina que aprovechaba el agua del arroyo. Blanca del Prado murió en 1979 en su residencia de San Vicente (doce años después que su compañero falleciera en un pueblito de La Rioja llamado Angulos, donde había ido a pintar). Su pasaje por Córdoba fue prolongado: duró casi cincuenta años. Aunque era un niño la única vez que la vi, recuerdo su mirada diáfana y serena. En el verano de 1975, para pasar allí las vacaciones, mis padres alquilaron una casita -bastante alejada de la principal- que se hallaba en alguna parte de “La huerta de los álamos”. De esos días en La Estancita, recuerdo solo dos cosas: que mi padre usó todo el tiempo que pasamos allí para leer, encerrado en una de las habitaciones, los dos tomos de “El Don apacible” de Mijaíl Shólojov; y, no sé por qué, el rostro de Blanca del Prado –en ese momento para mí era solo la señora dueña de la casa. Hoy me pregunto si entonces recordaba aún el mitin del 16 de junio de 1935 contra la guerra, en el que fue oradora principal junto a Deodoro, Tristán Marof y Arturo Orgaz. Y si recordaba todavía las conversaciones que mantenía con Mariátegui (su imagen de amigo mayor debía parecerle ahora casi la de un niño) en una casa limeña de la calle Washington Izquierda, antes de abandonarlo todo por seguir un amor y venir a vivir a Córdoba, para siempre.

 
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