El cuento de la buena pipa

Trópico de Piscis | Por Cezary Novek

El 17 de marzo fue mi cumpleaños y a la hora de soplar las velas pedí como deseo no tener que ir más a cumplir horario al trabajo. Quería tiempo para quedarme en casa y dedicarme a escribir y a corregir una novela que terminé el año pasado. Dos días después, el Presidente decretó la reclusión obligatoria y empezamos la cuarentena que aún no termina.

Los primeros 18 días los pasé con mi niña, que estaba en mi casa en el momento en que se declaró la pandemia. Hicimos las tareas, dibujamos, cocinamos, nos dedicamos a la jardinería y a hacer huerta. Ella pintó dos murales en el patio, decenas de cuadros y llenó dos cuadernos completos de dibujo. Además, dejó la vivienda repleta de diminutas gárgolas que modeló durante cada minuto que pasaba despierta. Las pocas veces que no estaba con la plastilina, se la pasaba leyendo historietas en una hamaca paraguaya que improvisé con un acolchado y una soga.

Llegado un momento, decidí que lo más sano para ella era aprovechar la posibilidad de cambiar de hogar por un tiempo y volver con su madre y sus mascotas. Imprimí la declaración jurada para trasladarla al hogar materno, la llevé y me volví sin bajarme del taxi. Los controles no me pararon, ni de camino ni de regreso.

Ese día, para mitigar el vacío de su ausencia y afrontar la idea de que no tendría contacto humano –ni con ella ni con ningún otro ser vivo por fuera de mis plantas, ya que vivo lejos de cualquier pariente, amigo o conocido– por tiempo indeterminado, me hice un asado para mí solo. Esa noche y las siguientes me la pasé sentado en el patio mirando al vacío. Soñaba con una situación así para ponerme a escribir y ahora que podía habitarla no era siquiera capaz de leer un poco o ver una película entera. Mi deseo de cumpleaños se había convertido en “La pata del mono”, de W. W. Jacobs.

Después de quince días y una cantidad inconfensable de bebida para mitigar los demonios de la noche y los malos pensamientos, tuve que enfrentar al dragón de papel, tomar el toro por las astas, etc. Pensé que sería una ingratitud para con la propia trayectoria estar así después de una vida luchando por la supervivencia, en un contexto en el que la supervivencia es un lujo. Una vez alcanzado el privilegio (fruto de la educación pública y el propio esfuerzo de abrirse camino sin apellido patricio ni contactos políticos, ni ex compañeros de primaria devenidos en funcionarios gubernamentales) de tener asegurado techo y comida, no se puede ser tan idiota como para tirar la toalla ante la oportunidad de vivir un hecho histórico sin precedentes y a la vez tiempo disponible para los proyectos postergados.

Todo muy épico, pero, con un alto déficit de serotonina en el cuerpo y la imposibilidad de cambiar de aire o interactuar cara a cara un rato, la cosa estaba complicada. Mi terapeuta me ordenó ponerme a hacer un trabajo manual y hacerlo de forma seriada. No escribir ni leer ni sentarme a rumiar hasta no haber hecho, al menos, un objeto con mis manos que me dé un mínimo de satisfacción por haber culminado una tarea (sea cual fuere).

Por esos días, me había encaprichado con que quería tener mi propia pipa. Toda la vida viendo negocios con pipas y jamás se me había pasado por la cabeza comprar una. Igual que pasa con la actividad sexual en las relaciones estables, bastó que existiera la imposibilidad total de hacerlo para que me obsesionase con esa idea. Como no había manera y soy muy testarudo cuando se me cruza algo, salí a buscar madera a una carpintería cerca de casa. No había ferreterías abiertas ese día, así que no pude comprar las herramientas necesarias. Tuve que reemplazar el serrucho por un cuchillo tramontina, el torno por un cutter y el taladro eléctrico por un invento que hice con un tornillo y un alambre. Tres días enteros me tomó convertir el taco de madera en una pieza única de aspecto rústico y distinguido a la vez. Una modesta proeza al estilo de “El conde de Montecristo” o a “Papillón”. Hacer una perforación de quince centímetros con un alambre es casi como cavar un túnel con una cucharita. Pero durante los tres días que me tomó la tarea pude disfrutar de no pensar en absolutamente nada más que mi objetivo. Hubiera sido más simbólico tallar un tótem, pero preferí buscar una forma simple y que a la vez se complementara con la tarea intelectual: la chimenea de las ideas, el fetiche creativo de Marechal, la metáfora de Magritte, etc.

Sin despertador, arrancaba a las 6 de la mañana, cortaba veinte minutos para comer y seguía dándole hasta que caía rendido, sin conciencia del movimiento de la luz solar. Cuando la hube terminado, incluido un aplique de metal que le agregué como adorno, testeé el tiraje (anda perfecto), le di tres manos de impregnante protector color nogal, la dejé secar, le pasé cera para muebles y le saqué una foto. Estrenarla se sintió como una versión en miniatura del final de “Fitzcarraldo”. Las manos, muchas veces, son la herramienta más adecuada para arreglar los problemas del cerebro.

Compartí fotos del proceso en el estado de Whatsapp y hubo cinco personas que me pidieron una. En la carpintería les pedí que me vendieran trozos de madera y me regalaron muchísima.

Después de dos semanas sin comunicarnos con mi niña, le muestro la madera y le cuento que estoy dedicado a encontrarle formas. “Entonces, papi, te voy a encargar que me hagas unos animalitos: perro, gato, oveja, camello, dinosaurio… acordate que en cuatro días es mi cumpleaños”. Ya le había comprado una bicicleta, pero la niña manda.

“¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?” “Ehm… no. Mejor haceme una colección de animales”.

 
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