Las (extenuantes) videollamadas

Por Diego Tachella

Desde hace unos 40 días muchas profesiones, oficios y tareas laborales, educativas y sociales han pasado a estar mediadas por alguna de las muchas plataformas que se pueden usar para realizar videollamadas y conferencias online. Antes era una opción que pocos nos aventurábamos a transitar, una alternativa más, ahora es inevitable si se quiere dar continuidad al trabajo en tiempos de pandemia.

Estamos bajo el imperativo de hacer videollamadas, de trabajo, con amigos, con familiares, con compañeros de escuela, y hasta a sumarnos a conferencias online o “lives” de Instagram y Facebook.

De una manera o de otra la alfabetización digital con éstas aplicaciones se ha impuesto intempestivamente en muchas actividades que hacíamos casi siempre presenciales. Hoy nos comunicamos a través de las pantallas, para educar, para aprender, para trabajar, para celebrar un cumpleaños, para coordinar actividades, para reunirnos con familiares y amistades, y hasta para tener una niñera interactiva para los menores de la casa…

Quizá por la masividad de los usuarios y por la gran cantidad de horas diarias que estamos usando de este recurso, es que empiezan a aparecer algunas dificultades que antes pasaban desapercibidas o afectaban a muy pocos. Causa desconcierto el cansancio que nos afecta luego de dos o tres videollamadas a las mismas personas que podemos darnos una maratón de series por horas.

¿A qué puede deberse este cansancio?

Desde la psicología se están buscando algunas explicaciones que llevan a propuestas para tratar de prevenir o evitar que nos fatiguemos.
Lo primero que nos pasa es que estamos “cara a cara” con una o varias personas, a una distancia menor a la que habitualmente vemos los rostros con los que hablamos, nuestro sistema nervioso no está habituado a esa proximidad y se confunde, consumiendo mayor cantidad de energía para procesar la información.

Otro aspecto a tener en cuenta es que el encuentro con la mirada del otro tiene algo de artificial, por el ángulo de la cámara que está por encima o a un lado de la imagen, y el rostro del interlocutor que está en el centro de la pantalla, más energía puesta en acomodarnos a la diferencia. Además, en un encuentro presencial no estamos viéndonos a los ojos todo el tiempo, pero aquí no hacerlo puede dar a entender que miramos otra cosa.

El proceso por el cuál percibimos el mundo es que nuestros sentidos toman información del ambiente y de nosotros mismos y la transmiten al cerebro, donde se produce la percepción, que es el ordenamiento, organización e interpretación de esa información. Este proceso está organizado en patrones sensoperceptuales. Actualmente tenemos que reorganizar tales patrones, nos desorientamos por el contexto que rodea a la pantalla, falta el cuerpo y el lenguaje no verbal (tanto de quien habla como de quien escucha), y todo pasa en la pantalla del celular o de la computadora, que no suele superar, con suerte, los 30 cm de ancho.

Cuando estamos sentados frente a una persona, vemos sus movimientos corporales que nos dan un marco y simplifican la comprensión de su mensaje, así como la emisión del nuestro. Ejemplo: acercar levemente todo nuestro cuerpo a alguien que está hablando acentúa nuestra presencia y da a entender que aceptamos y comprendemos lo que dice; en la videollamada no tenemos esa posibilidad más que asentir con la cabeza.

Lo mismo nos sucede con los silencios, que en una conversación en persona no suelen generar tanta ansiedad o tensión como en una videollamada, y aquí nos pone en duda de si se congeló la imagen o simplemente es un silencio de alguien que está pensando.

Los microgestos de la comunicación a la que estábamos acostumbrados, cobran en este contexto una relevancia mayor y una significación diferente.
Es importante destacar que en la llamada por estas aplicaciones vemos, además del interlocutor de turno, nuestra propia imagen: agregamos otro factor de stress. Poder vernos todo el tiempo, nuestro aspecto y nuestros gestos, hace que estemos pendientes también de nuestra apariencia durante la video llamada. A eso le podemos sumar que, si es una reunión multitudinaria, con alumnos o compañeros de escuela o de trabajo también sentiremos que nos juzgan por nuestra apariencia una serie de personas, vamos a estar viendo al menos una docena de rostros que nos observan desde la pantalla, y a los que vamos observando también.

Otros elementos a considerar son los que tienen que ver con la conexión, si se producen micro cortes, si no se escucha bien o hay eco, si se dan congelamientos y desfasajes entre audio e imagen suman a mantener nuestra atención más focalizada que en los encuentros presenciales en los sentidos auditivos y visuales centrados en la pantalla y en la conversación.

¿Cómo optimizar la herramienta?

No todas las llamadas necesitan ser en video, mantenga las llamadas de voz como primera elección para dialogar, y las videollamadas para las que requieren poder vernos al hablar.

Tomar las llamadas personales y laborales en espacios diferenciados puede ayudar también en la distinción del tono que requieren los vínculos diferentes.
Poder cambiar el tono general de la llamada entre una reunión de trabajo y una con amigos o familiares ayuda a separar en nuestra cabeza los estilos diferentes que empleamos y los contextos distintos que están en juego.

Hacer pausas, o recreos, entre llamadas ayuda a descansar brevemente y permite recuperar algo de la capacidad de atención.
Ante las interrupciones de la conexión, tratar de usar aplicaciones más estables, o pasar a llamadas por audio para mejorar la calidad de la comunicación.
Tener reuniones con la cámara prendida al menos una vez a la semana puede ayudar a una sensación de unión, de estar juntos. Pero para las reuniones más periódicas o diarias, es recomendable que sólo el hablante encienda su cámara y los demás (de ser posible) la apaguen, al igual que al micrófono hasta el momento de hablar.

Psicólogo, especialista en Psicología Clínica

 
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