Coto de caza

Violencia machista | Por Estefanía Nosti

Los coto de caza son territorios liberados en los que se da permiso para cazar. Como una suerte de regulación desalmada, de jugar a ser el juez, el que dirige y el que manda en los ciclos de la naturaleza, los cazadores (en su mayoría, “ellos”) salen a la cancha a ganarse algo que consideran suyo.

Me pregunto si durante la cuarentena pasa lo mismo, y los cazadores se esconden, furtivos, esperando que alguna corzuela cruce las vías del tren, o vuelva a su casa de noche, para darle el zarpazo final. Me parece oír sus tiros, sus cuchillos y sus manos alzadas, que se clavan, se vuelven y revientan en las caras de las mujeres que, alguna vez, dijeron amar.

¿Estamos viviendo en un coto de caza y nadie nos dijo nada? ¿Hay una zona liberada para la sucesión de asesinatos cometidos contra mujeres y disidencias? Parece que no, que todo se soluciona con el 144, con un barbijo rojo pedido en clave en la farmacia, con un botón antipánico gastado. Pero no, con eso no alcanza. Morimos día tras día, una tras otra, como ciervas a punto de ser extintas.

Mientras los cazadores proliferan, junto con las víctimas, se abren cada vez nuevos escenarios para plasmar la escena. Pero lo que más asusta es que la mayoría de los casos sucedan en el lugar destinado a un confinamiento seguro: el propio hogar. No hay en esta pandemia dónde encontrarse a salvo, cuando los principales enemigos duermen en las mismas camas que las víctimas.

De acuerdo al Observatorio de las Violencias de Género “Ahora Que Sí Nos Ven”, desde que se declaró el aislamiento social, preventivo y obligatorio ocurrieron 49 femicidios. Se calcula que ocurrió un femicidio cada 26 horas en el mes de abril. De todos estos casos, un 68% fue cometido por las parejas o ex parejas de las víctimas, y un 78% ocurrió en su propia vivienda. Los femicidios cometidos durante el mes de abril hicieron que 31 niños y niñas perdieran a sus madres.

Si comparamos las cifras de muertes ocasionadas por el coronavirus en relación a los casos de femicidio, en lo que va del 2020, en Argentina, se estiman 317 muertes ocasionadas por el COVID-19 y 117 casos de femicidios (hasta abril del 2020). Hay otra pandemia que nadie ve, o que por lo menos, no toma tanta relevancia. Existe una emergencia sanitaria que frena la economía mundial y otra que pretende solucionarse con barbijos de colores y un número telefónico. Los asesinatos pasan como casos aislados, las denuncias quedan archivadas y
el dedo acusador cae sobre una violencia generalizada, como un mal tan inconmensurable que parecería imposible intervenir, porque abarca todo tanto, casi como un virus…

El otorgamiento de prisión domiciliaria ante la crisis sanitaria a presos que se encuentran en situación de riesgo y han cometido delitos leves, ha ocasionado numerosas controversias. Lo que resulta fundamental es que el otorgamiento del beneficio no sea concedido a personas que suponen una amenaza para sus parejas, ex parejas o para la sociedad en su conjunto. Ante este panorama de muertes ejecutadas en manos de personas cercanas a las víctimas, cabe cuestionar y exigir un proceder riguroso de parte del Poder Judicial, una institución que se inscribe dentro de un sistema que opera y regula con lógica patriarcal.

¿Cómo se frena un mal que está en todas partes pero no es invisible ni microscópico? ¿De quién es la libertad que está en juego cuando se vive en un coto de caza? ¿Dónde puede buscar refugio una corzuela si el cazador tiene la llave de su casa? ¿Quién es preso y quién es presa? Mientras el coto de caza siga siendo zona liberada, las cifras de la pandemia de la que nadie habla solamente pueden proliferar.

Están cerca o más bien en todas partes. Escondiendo el olor ferroso en los bolsillos de sus pantalones. Cuando avanzan crujen las hojas y las ramas secas del monte o de la ciudad, bajo las suelas de sus zapatos congelados, casi tan helados como sus corazones. Se los puede ver corriendo, riendo y llorando a la vez, desesperados por poder hacerlo pero incapaces de comprenderse a sí mismos. El coto de caza es su hábitat natural, entran y salen de allí como los dueños que son. Impunemente, salen para reproducirse y multiplicarse, antes de volver a entrar. No sabemos a quién le va a tocar hoy encontrarse con ellos, si será la vecina o una amiga, si seré yo o será ella, o si acaso, seremos todas…

 
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