Profanación

Literaturas Lusófonas | Por Miguel Koleff

“Y mientras una llora, la otra ríe; así es la ley del mundo, estimado lector; tal la perfección universal” (Machado de Assis).

 

En un artículo publicado en “Sopa de Wuhan”, el filósofo Giorgio Agamben entiende que –en virtud de la propagación del coronavirus a escalas inusitadas- la ciencia se ha convertido en la religión de nuestro tiempo. Ella prescribe las conductas a seguir y establece el estado de excepción en el que vivimos, por vía del soberano que se doblega a su poder. Y dice algo más: la ciencia «como cualquier religión, puede producir superstición y miedo o, en cualquier caso, usarse para difundirlos» (Agamben, Reflexiones sobre la peste, 2020, p. 136).

Uno puede estar a favor o en contra de los enunciados del pensador italiano, pero no puede ignorar el papel preponderante que la ciencia ocupa en este momento en relación con el virus, sobre todo en los dispositivos de gobierno de las naciones alcanzadas por el fenómeno. Ahora bien, la ciencia –así en singular- no ha logrado convalidar un discurso unívoco porque –como sucede en estos casos- las evidencias se complejizan y se ponen en entredicho con cada nuevo avance. El caso del barbijo sí, barbijo no, lo demuestra suficientemente. «Y, como siempre en estos casos, algunos expertos o así autodenominados, logran asegurarse el favor del monarca» (p. 136).
Todas estas consideraciones vienen al caso porque la jerarquía de la ciencia médica se agudiza y fortalece en circunstancias como las de ahora, aunque no es ajena al siglo XX ni menos aún al positivismo decimonónico, que sentó las bases de una institucionalidad responsable. Tampoco es ilusoria la con-sagración de la medicina, sobre todo cuando para llegar a un resultado final hay que conjurar un destino incontrastable que queda en manos del personal de salud. Es –precisamente- con la pretensión de adentrar en estas cuestiones que hemos de detenernos en uno de los más interesantes autores del siglo XIX, el brasileño Machado de Assis para quien, la epidemia que en 1849 asoló Rio de Janeiro -por entonces, capital del Imperio- no pasó desapercibida.

El planteo de Machado de Assis fue tan atrevido como hoy el de Giorgio Agamben. Podría haberse detenido en las implicaciones médicas de la peste, pero prefirió referenciar el cuadro bio-político de su funcionamiento e ir más allá de «la desnuda existencia biológica que debe salvarse a toda costa» (p. 137). Con este objetivo y poniendo todos los conocimientos a su alcance, imaginó una teoría multi abarcante capaz de aglutinar ciencia y religión a través de la filosofía. Le dio el nombre de Humanitismo y se la atribuyó a uno de los personajes más queribles de su galería ficcional, Quincas Borba, al que ensalzó como creador de esa doctrina.

Si –como señala Agamben- la palabra religión no deriva de religare como habitualmente se piensa sino de “relegere”, no se trata tanto de ligar lo humano a lo divino, cuanto de «vacilar» ante la posibilidad de esa unidad. «A la religión no se oponen, por lo tanto, la incredulidad y la indiferencia respecto de la esfera de lo sagrado sino la «negligencia» … que ignora la separación de lo divino y de lo humano o, sobre todo, hace de ella un uso particular (Agamben, Profanaciones, 2005, p. 99). La profanación –en esta perspectiva- pauta el camino.

Yendo a lo que nos interesa, nos detengamos en el Humanitismo machadiano para entender por qué la Ciencia –escrita así con mayúscula- no puede ser el adalid de una verdad sin imposturas. Es difícil pensar que el escritor carioca pudiera convalidar una perspectiva de ese tipo, poseído como estaba del don de la ironía y el sarcasmo. Lo que le urgía era sacarle el antifaz a la presunción positivista. Recordemos que, por aquel entonces, con menos recursos de los que hoy contamos, la epidemia de la fiebre amarilla exigía los mismos resguardos que demanda el coronavirus a falta de vacuna. La ciencia funcionaba como ancla y timón al mismo tiempo. Pero recordemos también que la receta del «confinamiento» nunca podría ser igual para todas las clases sociales ya que, como sucede entre nosotros, estaba atravesada de variables económicas y culturales que les eran propias. Y, en vista de ello, el discurso sanitarista de la época no podría desconocer los engranajes sociales con los que se articulaba.

Claramente consciente de desigualdad estructural que veía a su paso, Machado de Assis rápidamente advierte que el poder disciplina la vida de los hombres. Su ojo avizor le permite intuir la necesaria dominación de los cuerpos y de las mentes de las que se vale el poder soberano para doblegar los comportamientos, aun a costa de ser injusto con los siempre injusticiados. Y por eso «inventa» no una epidemia (al decir de Agamben) tan real y contagiosa como la de ahora, sino que imagina una maquinaria de inclusión y exclusión que la traduce políticamente.

No debe sorprendernos que en el contexto de finales siglo XIX y comienzos del siglo XX –con Nietzsche, Darwin y Comte a la cabeza- se dé lugar a la «teoría del más fuerte» como si fuera un apéndice de la selección natural de las especies. El clima estaba dado para eso. La lucidez de Machado no pasa –sin embargo- por convalidar las creencias de ese tiempo cuanto por profanar las verdades establecidas y tornarlas siempre provisorias. Al desahuciar a Quincas Borba al final de su vida –tornándolo loco y delirante- lo hace víctima de su propio razonamiento. Apela al lector, de este modo, para ayudarlo a desconfiar de esas metafísicas de entrecasa y dejarlo en estado de alerta. Tal como lo hace Agamben, en el presente, ante lo que parecen ser buenas intenciones.

 

Fuentes Consultadas
Agamben, G. (2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
Agamben, G. (2020). Reflexiones sobre la peste. En P. Amadeo, Sopa de Wuhan (pág. 135'138). La Plata: ASPO.
Machado de Assis, J. M. (1955). Quincas Borba. São Paulo: W.M. Jackson Inc. Editores. Traducción al español de La Compañía.
Machado de Assis, J. M. (1984). Memórias póstumas de Brás Cubas. São Paulo: Editora Moderna. Traducción al español de C.E.A.L.

 

 

 
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