En la lotería del virus

Reflexiones de la pandemia| Por Debret Viana

Habría que intentar desactivar un cableado desacertado. Hay crisis económica y hay una pandemia. Una multiplica a la otra, pero no se cancelan entre sí. Contagiarte de coronavirus no soluciona la crisis ni mejora tu condición económica.

Ni la del país. Ni la de ninguna empresa.

Ser tan bondadoso como para aceptar que la gente salga a buscar el mango es alentar la desesperación y los actos individualistas en medio de un contexto atroz que requiere acciones colaborativas, colectivas y comunitarias.

Es como si hubiese una guerra y fuésemos tan considerados como para alentar, a los que no tienen para comer, a que salgan y vayan a laburar en medio de las trincheras, entre las balas, en nombre de la economía y de la patria.

Este es el momento en que tenemos que reclamar al Estado, al empresariado, a las grandes fortunas, y no ser los “copados buena onda” que defienden la libertad de salir a contagiarse en nombre de un sin fin de argumentos absurdos que, en definitiva, son cómplices de la muerte. Nadie va a salir (si sale) económicamente mejor después de contagiarse. Los males que nos convocan no se cancelan: tenemos que atender a cada uno con prudencia; en estos asuntos la precipitación es una perversión.

Es vital que contribuyamos a deslindar la falsa dicotomía entre mercado y salud: la reactivación imprudente y masiva de la maquinaria comercial pone en circulación al virus y multiplica el contagio. Una fábrica, un comercio, una industria con un contagiado está forzada a cerrar nuevamente, aunque ya será tarde, porque llegado ese punto ya habrá más contagiados. Y cuantos más contagiados haya, más tarde será posible volver a la vida normal, y al mercado (basta chequear Nueva York, y el caos económico y el nivel de desempleo por haber persistido en ello).

La manera más rápida de regresar y activar la economía es la cuarentena: parar todo ahora, para atravesar el pico más chato posible, y reactivar luego: esto es, después del pico, cuando haya cada día menos contagiados que el día anterior y la curva descendente se sostenga. El regreso a la actividad comercial y la flexibilización de la cuarentena que estamos asistiendo en muchos centros urbanos es peligrosa, incluso en términos económicos. No solo pone en riesgo a muchas personas (y las familias de miles); no solo pone en jaque al sistema sanitario, sino que alarga la permanencia del virus y posterga la posibilidad de una verdadera y prudente salida sostenida de la cuarentena: una que no implique cerrar todo diez días después de haber abierto, por haber triplicado o quintuplicado el contagio.

Mientras dos tercios de los países que intentaron una reapertura están volviendo a cerrarse por la multiplicación de los casos, aquí ensayamos la crueldad como método. El concepto de inmunizar al rebaño es, en nuestras circunstancias, genocida. Estamos ante un virus que se contagia muy rápido: poner en práctica esa tesis implica, lisa y llanamente matar gente. Con el agregado de que no hay certezas científicas sobre si alguien que se haya contagiado y curado quede inmunizado: se detectaron casos de recontagio en todo el mundo.

Siendo que hay mucho del coronavirus que aún se desconoce, me atrevo a sospechar que favorecer la multiplicación del contagio es una medida política experimental, imprudente y criminal. La inmunización de rebaño es una noción neoliberal extrema, que confirma la descartabilidad del trabajador y el desprecio por las clases bajas, a las que el virus diezmaría.

La crisis es ostensible, y la necesidad de comer, de trabajar, de sostener la propia vivienda y procurar el bienestar de la propia familia es natural. Esas pulsiones y necesidades son las que explota la alianza entre el empresariado y algunos sectores del poder político: otorgan el permiso de salir a morir en nombre del pan, indiferentes al hecho de que extienden y profundizan la crisis. De ningún modo la flexibilización de la cuarentena viene de la mano de la sensatez, del cuidado, de la salud, de la prudencia ni de la ciencia: es la voracidad de un mercado bruto que sacan a la calle a los trabajadores a enfrentar el punto más severo de contagio, como los generales que, ya derrotados, envían a sus soldados a morir y así demorar un poco la batalla mientras ellos pueden ir a refugiarse.

Depende de nosotros pregonar, clamar y forjar una reorganización de los activos para que nadie quede afuera de la protección y el resguardo que es menester durante una pandemia. Para eso tenemos que desactivar la noción de que estamos solos, y que de esto salimos con el esfuerzo individual, yendo a enfrentar al virus para hacer unos pesos. Es al Estado al que debemos exigirle que no ceda ante las presiones mercenarias, y que no permita que el empresariado se comporte como esas obras sociales que te cubren mientras estás sano y se apuran a huir cuando te enfermaste fuerte.

No es el trabajador el que tiene que salir a la calle a reactivar la economía (si lo hace, la economía, la suya, la de todos, sufrirá más y por más tiempo); es el Estado el que debe adaptar la economía a la supervivencia digna del pueblo, para que luego las herramientas de trabajo puedan ser recuperadas por los trabajadores y reinstalar la normalidad. Pero ahora hay un incendio: primero hay que apagarlo y después reconstruir, y mientras tanto, desoír a aquellos que sugieren que hay que ir a buscar adentro del incendio algo para comer.

 
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