¡Tomen, ecologistas!

Lecturas de viernes| Por Leandro Calle

Nunca supe que el 22 de abril era el “día de la tierra”. Bueno, en general no le doy tanta importancia a las efemérides que vienen vaya a saber de dónde y por qué. Me enteré de una manera casual, mientras acompañaba el proceso de los deberes que hacía mi hijo para la escuela en tiempos de cuarentena. Andábamos, creo, por el sector de las matemáticas y, por supuesto, el cansancio y el aburrimiento venían ganando terreno. De la delicadeza contenida de las palabras, persuadiendo a que la tarea debía concluirse, pasando por el “Nene, quedate sentado ahí y terminá todo eso”, el mascullar oculto entre dientes “maldita cuarentena y malditas las matemáticas del mundo…” hasta el “mi amor: quedate tranquilo, vamos despacito no hace falta que termines todo hoy…”, llegaron casi sin previo aviso las ciencias naturales. Bien, pasamos de lo abstracto a un campo -para mí- más llevadero.

“22 de abril, día de la tierra”, dice el título. Y como ratifica el refrán, todos los días se aprende algo nuevo. Necesario recreo-merienda para que el pequeño no comience con su estrategia de rebeldía, y para que el progenitor no estalle en improperios; serví la taza de chocolatada y me cebé un mate, tan amargo como la realidad que estamos transitando. Fue ahí, que, como un chispazo, me vino el recuerdo de Ecuador.

Año 1993. Íbamos camino a la ciudad de Quito, desde Guayaquil. ¿Cuántos éramos? ¿cinco, seis? Recuerdo que era una furgoneta blanca manejada por un mendocino. Todos argentinos, muy jóvenes, entre 20 y 25 años, y un señor español, ya mayor, apoltronado en el asiento del acompañante. Un buen hombre, aunque un poco corto de sesera. Habíamos realizado más de la mitad del camino y ya estábamos por Santo Domingo. La vegetación exuberante, verde furioso, el día de sol espléndido y al final del camino: Quito, la ciudad colonial, una de las bellezas arquitectónicas más sublimes de América latina.

El español tomaba una cerveza, y nosotros, atrás, admirábamos el paisaje. Ya la primera lata, había sido arrojada por la ventanilla; alguien dijo que eso estaba mal. El “gallego” abrió con desenfado la ventanilla del coche, nos miró desafiante, y arrojó la lata hacia la verde selva que, lujuriosa, se multiplicaba más allá de la ruta. “¡Tomen, ecologistas!”, dijo, y cerró la ventana para que el aire acondicionado no se diluyera con el sofocante calor ecuatoriano. Nosotros nos reíamos. No éramos chicos, pero tampoco éramos grandes. Con el mismo desparpajo y con tristeza por mi parte, alguna vez le oí también decir: “¡Viva Franco y arriba España!”.

Recuerdo que la lata dio vueltas por el verde de la espesura, mientras el sol la hacía refulgir lastimándonos los ojos con el brillo. Fue ese mismo año (o el siguiente, no recuerdo) que leí “Un viejo que leía novelas de amor”, del escritor chileno Luis Sepúlveda, que acaba de morir en España por el covid-19. Sepúlveda ya comenzaba a entrelazar literatura y ecología, y para esos tiempos era algo novedoso. En “Un viejo que leía novelas de amor” la selva ecuatoriana, la Amazonía, tienen un protagonismo sustancial. Cuando leí la novela ni siquiera tomé conciencia de la importancia del medio ambiente; tampoco el hecho de que la estaba leyendo en el mismo país en donde se situaba su argumento. Como una cicatriz, todavía refulge ese relato del hombre al que el dentista le saca, uno a uno, los dientes, para ponerle una dentadura postiza nueva y reluciente.

Luis Sepúlveda siguió escribiendo, y muchas de sus novelas tuvieron un sesgo particular, de compromiso con el cuidado de la tierra, con la conciencia ecológica y con la capacidad de destrucción del ser humano. Ahora, que termino el segundo mate, y mi hijo se entretiene con unas galletitas y un vaso de chocolatada, me pregunto: ¿qué hemos hecho con la tierra?

En los últimos días, días de pandemia y de aislamiento social obligatorio, infinidad de videos pululan por las redes mostrando pingüinos en situación urbana; jabalíes que se acercan donde nunca antes se habían acercado; ríos que otrora parecían de barro, ahora límpidos y cristalinos como un diamante al sol. ¿Qué hemos hecho con la tierra, nuestra casa, mejor dicho, nuestro hogar?

Desmonte, tala de árboles nativos, polución constante del ambiente, extinción de especies animales. De lo que se trata es de producir, producir, producir hasta que la ubre de la tierra madre esté seca como estopa. ¿Y qué haremos luego, huérfanos de verde con esa teta reseca y muerta de la tierra madre?

Los pueblos primitivos tuvieron una concepción más sagrada de la tierra. La tierra madre. La tierra diosa de la naturaleza. Pero a esa tierra que nos da generosamente, se nos ocurrió hacerla producir hasta el hartazgo para guardar, para tener, para poseer. ¿Tener qué? Ahora nos peleamos internamente por un pedacito de cielo, un rayito de sol, un café con los amigos o caminar a la vera de un río. “La doliente promesa/ de que la tierra es habitable”, como dice el poeta Carlos Garro Aguilar en “Tarde de junio”.

Después del confinamiento, tal vez tengamos, como sociedad, que sacarnos los dientes del odio, uno por uno, y ponernos una nueva dentadura, definitiva y fuerte como en la novela de Sepúlveda. Sí, tal vez tengamos que reemplazar los dientes voraces de la devastación por una dentadura que nos enseñe a morder lo necesario.

 
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