“La crónica es literatura de realidad, literatura a fin de cuentas”

Conversaciones | Por Lucas Gatica

Javier Sinay es periodista y referente del género no ficción en Argentina. En 2015 ganó el Premio Gabriel García Márquez de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y se mueve entre el periodismo y la crónica.

En “Camino al Este”, su último libro, emprende un viaje desde Buenos Aires hasta Japón en búsqueda de su novia, Higashi, quien pasó un año en Kioto dedicada a estudiar el “Chadô”, el arte de la ceremonia del té. En ese viaje para estar cada vez más cerca de su compañera, Sinay recorrió 14.953 kilómetros atrapado por una obsesión: explorar, en cada ciudad donde parara, los enigmas de eso que llamamos amor. Esas historias conforman el libro que se transformó en una crónica exquisita.

“¿De qué cosas -atroces, magníficas, inesperadas- eran capaces las personas por amor?”, se pregunta Sinay antes de tomar el primer vuelo. Esas cosas que somos capaces de hacer por amor se ejemplifican con la historia de un diputado alemán y su obsesión por su secretario; la de un señor chino que en los parques de Beijín intenta encontrar un novio para su hija; la del apuesto japones a quien las mujeres contratan por un poco de conversación. Esas historias se van hilando con la del propio escritor que, al principio, es alguien sin mucha atracción por los viajes y que se termina convirtiendo en un nómade entusiasta, cada vez más satisfecho por la idea del movimiento y el viaje.

- “Camino al Este” es una crónica de viaje y también es un libro de amor. Es un viaje para encontrarse a uno mismo, para reencontrar al amor y, también, un viaje donde hay lugar para el desamor. ¿Por qué el periodismo siempre ha relegado o ha tratado como algo “poco serio” a un tema tan presente como es el amor?

- Bueno, eso mismo me pregunto yo al final del libro. Creo que durante mucho tiempo el periodismo se ocupó de las esferas públicas y relegó las privadas a sus márgenes (secciones policiales, de cocina o correo sentimental). Pero en los últimos años algo cambió y las historias de vida cotidiana cobraron más importancia; y entre ellas, las de amor y desamor. Ahora The New York Times tiene una sección llamada “Modern Love” con historias muy bien reporteadas, pero igual no es mucho más que una excepción. ¿A qué se debe todo esto? Probablemente a la evolución de lo que se entiende por interés público. Creo que el advenimiento de la cultura pop, y ahora del feminismo, están ayudando a develar este tipo de asuntos.

- El amor tiene facetas oscuras como casi todas las otras dimensiones de nuestras vidas. En el libro aparecen historias amorosas que podríamos pensarlas como extrañas o bizarras, pero también está lo más noble de eso que llamamos amor. ¿Con qué historias te sentiste más cómodo a la hora de escribir y cómo fue que te acercaste a esos personajes -por ejemplo, la pareja en el puente parisino o el compañero de hostel en Madrid-?

- Me gustó escribir la historia de Jowy y Eze, una pareja que da shows de sexo en vivo en Barcelona. Porque el sexo es una parte fundamental del amor y si ellos dos (que además tienen un hijo) lo hacen en público, me pareció que algo sobre el amor iban a tener para decirme. También me interesó la historia de Yuzuki Seigo, en Tokio, que trabaja en un nightclub hablando con mujeres que le pagan por eso. ¿Cuán solas y necesitadas de cariño están esas mujeres? ¿Y él?
En cuanto a cómo me acerqué a la gente, siempre lo hice presentándome como periodista y proponiendo una entrevista para un libro sobre historias de amor. Nada de vueltas.

- De España a Japón todas las historias que aparecen son de una complejidad enorme y, al mismo tiempo, cada una de las historias resalta cierta identidad de esas ciudades particulares que pisas.

- Sí, me interesaba que cada historia pudiera reflejar varios niveles. Por un lado, tenían que ser historias que contaran algo sobre el amor en una ciudad determinada: algo que fuera local y original, pero lo suficientemente claro como para que se entendiera acá, al otro lado del mundo. Por eso en Barcelona, una ciudad liberal y hedonista, la historia es la de esa pareja que hace shows de sexo en vivo: en ninguna otra ciudad como Barcelona yo podía hablar tanto sobre el sexo. No era fácil encontrar ese tipo de historias que se correspondieran con la identidad de un lugar, pero hablando con la gente, aparecían. Por otro lado, siempre me interesó la política, la cultura y la historia, así que en cada ciudad describí un poco todo esto, e intenté reflejar de qué modo el amor no sólo es un asunto íntimo, sino también sociohistórico.

- ¿Qué te mueve a ir por esos registros de la no ficción y la crónica?

- No hay ficción en mis libros. Son no ficción de pe a pa. Pero entiendo que tienen algo novelesco en su estructura y en sus historias. Yo creo que la crónica es literatura de realidad; quiero decir, es literatura a fin de cuentas, no tiene nada que envidiarle a la ficción. El género llegó a un desarrollo estético muy alto gracias a escritores magistrales (algunos de mis favoritos: Emmanuel Carrère, Martín Caparrós, Pico Iyer, Sergio González Rodríguez y mi editora, Leila Guerriero). A mí me gusta trabajar con historias reales porque me fascina habitar y conocer este mundo, me interesa hablar con la gente y me tomo como un intenso desafío eso de comprender al otro. Me atraen las historias de gente a la que puedo conocer y preguntar.

- Con “Los crímenes de Moisés Ville” viajaste, saliste de Buenos Aires, aprendiste un idioma. Cuando escribiste en “Cuba Stone” también salís de Argentina y viajas a un recital de los Rolling Stones en La Habana. Con “Camino al Este” transitas Eurasia. ¿Cuánto del cronista está en encontrar cosas en esos nuevos lugares y en escapar de la cotidianeidad? ¿Y cuánto del azar (porque si tu novia no hubiera conseguido la beca para irse a estudiar a Japón el libro no existiría)?

- Creo que esto que el azar, como bien notás, es parte de la realidad, y cuando uno trabaja moldeando la arcilla que recibe de la realidad, adaptarse y fluir es importante. En cada momento hay una oportunidad y en cada episodio hay una historia. La realidad nos da chances infinitas de contar cosas. El cronista debe separar las que valen la pena de las que no. Debe extraer esas historias, y saber dónde empiezan y dónde terminan, porque la realidad es caótica y no te las da ya listas para narrar. No, primero hay que tallar la roca de la realidad y sacar lo que sobra. Aparte de todo lo que escribí, hay decenas de historias que detecté y que tengo en carpeta para algún día… quién sabe. La realidad es adictiva.

 

 
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