El amor en los tiempos del coronavirus

Diario de viaje | Por Nico Bonder

Podría titular esto como “Viajando en época de coronavirus”, o cualquier cosa con “coronavirus” para estar dentro de lo trendy, pero me gusta jugar con la idea de así como García Márquez relata toda una historia de amor y la pone en un contexto histórico del cólera, ahora podemos hablar de cómo está siendo viajar en un contexto tan salvaje como aquél, y lo que es peor: que afecta a todo el mundo.

También suele gustarme jugar con la idea de cómo actuaría frente a una tragedia, y cuando lo hago pienso en casos como una caída de avión (como sospechamos por cinco largos segundos de turbulencia en el vuelo desde Manila a Puerto Princesa), o que estoy en un barco que se hunde, tengo que nadar hasta una isla y aprender a sobrevivir como Tom Hanks, el tipo con peor suerte en el mundo como viajero (algo que imaginé por diez eternas horas en un ferry que no paraba de sacudirse en un mar agitado por vientos monzones, también en Filipinas). Pero nunca imaginé cómo actuaría frente a una pandemia, una tragedia que avanza aparentemente de a poco pero que llega a todos lados.

INCERTIDUMBRE EN CHINA

Nuestra relación tóxica con el virus empezó hace dos meses, el día que nos dieron la visa de China, justo el día que su presidente Xi Jinping decidió reconocer que estaban teniendo un problema serio. Mitad en broma, por subestimar la situación, y mitad para tranquilizar a nuestras familias, les decíamos que no tenía sentido preocuparse por 30 chinos muertos, si en total son 1.400 millones, o sea, que el coeficiente de fallecidos era demasiado bajo como para parecer una tragedia. Pero, en el fondo, con Lu no estábamos tranquilos: hablábamos del tema, planteábamos distintos escenarios y qué hacer si esto o lo otro.

A partir de ese día toda la situación con el coronavirus explotó, y durante un par de días discutíamos si ir o no, más que nada porque sentíamos muy asustadas a nuestras familias y no queríamos preocuparlos tanto. Las noticias desde China llegaban de a cuentagotas y de forma confusa, poco confiable.

Yo suelo ser más atrevido, o más ingenuo o más ciego selectivo, entonces trataba de pensar que estando tan cerca, teniendo todo planeado y viendo algunas estadísticas, era estúpido cancelar el viaje. Lu suele ser más temerosa, o más precavida o más intuitiva, y no estaba tan convencida, le expuse mis razones y aunque no le gustaba la cosa, cedió. Además, seguía siendo algo que solo afectaba a una parte de China, así que no parecía que hubiera que preocuparse. Por eso terminamos decidiendo ir y ver qué estaba pasando de primera mano.

Estuvimos en China cuatro días, cada segundo había una noticia nueva y todo se complicaba. Si no nos agarraba el virus, me moriría de estrés. No llegué a tanto, pero terminé en una clínica porque no podía moverme del dolor de cintura, y Lu tuvo que cuidarme y sumar a la tensión propia de toda la situación, el verme casi anclado a un sillón, sin poder pararme y tener que hacerse cargo de toda la tratativa con el seguro.

INCONSCIENCIA EN FILIPINAS

La fortuna estaba de nuestro lado, viendo cómo avanzaba la situación pudimos comprar los vuelos y llegamos a Filipinas, donde sólo había dos casos y un fallecido. En el aeropuerto de Beijing charlamos con un mongol, que no sabía cómo iba a volver a casa porque se acababa de enterar que su país había cerrado las fronteras con China. Con Lu cada vez estábamos más asustados por todo lo que escuchábamos, pero también sabíamos que estábamos un paso adelante del coronavirus y que la suerte nos estaba sonriendo. Tres días después, Filipinas prohibió la llegada de cualquier vuelo desde China.

En Filipinas, haciendo dedo, nos preguntaron si habíamos estado en China, el tipo lo hizo en broma, pero le mentimos, no sé si nos hubiera llevado si le decíamos que sí (de todos modos, ya habían pasado más de 20 días). Una mujer nos canceló el “couchsurfing” que nos iba a dar, porque habíamos estado en China y su madre tiene más de 70 años. Todo parecía exagerado en un país con apenas dos o tres casos. Hoy, con una mirada retrospectiva, nos damos cuenta que nosotros fuimos tan imprudentes como muchas de las personas que hoy criticamos. Tal vez el hecho de que ahora lo peor de la situación se trasladó a Occidente y tenemos más noticias, ya sentimos al problema como algo propio, nos permite ser más conscientes y precavidos.

En estos momentos Filipinas tiene las fronteras cerradas con muchos países, e incluso cancelaron los vuelos nacionales y los ferris entre islas. Supongo que no quieren correr ningún tipo de riesgo, no puedo imaginar cómo haría un país con tan poca infraestructura para combatir una situación de las dimensiones que están viviendo China, Italia o España.

PACIENCIA EN AUSTRALIA

Desde Australia, nos parecieron bien las medidas de Filipinas, claro que nos dio pena por todos los viajeros varados y los que tuvieron que cambiar de manera urgente sus planes. Si hubieran tomado esa decisión 15 días antes, nos hubiéramos quedado encerrados en alguna de las islas, sin saber qué hacer, teniendo que averiguar si podíamos extender nuestras visas o si iban a hacer excepciones o si nos iban a permitir salir del país de alguna forma. Claro que no es feo tener que vivir en una de las tantas islas paradisíacas que tiene Filipinas… pero la imposibilidad de elegir qué hacer es lo que perturba.

También nos dio pena por toda la gente que vive del turismo en Filipinas, y que seguramente va a ver afectada su ya paupérrima economía, y ni siquiera sabe cuándo la situación volverá a la normalidad. La incertidumbre no te deja actuar ni decidir, y esta situación que cambia de día a día genera demasiada incertidumbre, nadie sabe qué va a pasar al día siguiente. Nosotros volamos a Australia, otra vez habíamos zafado del virus y de las restricciones. Llegamos el primero de marzo, en ese momento en Australia había 28 casos confirmados con coronavirus, otra vez parecía que estábamos un paso adelante y podíamos estar tranquilos, pero el 17 de marzo ya había 375, ahora superan los 10.000.

En Argentina, durante varias semanas los memes hablaban del dengue y las noticias mostraban al coronavirus como algo lejano y había tan poca conexión entre argentinos y el tema, que nosotros salimos en diarios, radios y hasta en la televisión porque habíamos estado en China. Ahora las noticias, allá y acá, comenzaron a afectarnos de forma directa. Las de allá porque nuestras familias están ahí y la cosa parece cada día un poco más seria y desde acá solo podemos pedirles que se cuiden y esperar que pase rápido. Y las de acá porque se enredan con nuestros planes y objetivos, porque el desabastecimiento es real y la paranoia y el miedo están presentes en todos y en todos lados.

Creo que en estos momentos esos son los verbos más importantes: cuidarse, esperar e informarse. No desesperar, no sobreinformarse ni paranoiquiar, y seamos agradecidos, que yo escribo y ustedes leen esto desde un techo que nos da cobijo, tenemos comida y un teléfono que nos mantiene conectados con quienes amamos, y eso ya es mucho más de lo que tiene una buena parte de las personas del mundo.
Con Lu hace meses estamos juntos 24×7, con lo bueno y lo malo que tiene una convivencia continua. Pero sin duda que estas situaciones prefiero pasarlas de a dos. Sentir que, por lo menos, tenés alguien que te dé la mano, que te ayude a calmarte cuando todo parece complicarse, que comparta el peso de cada decisión y de la angustia de no saber qué hacer, sentir eso ya es un alivio.

Ahora estamos haciendo un voluntariado en un café y la casa donde dormimos está en el medio del “bush” australiano, cuando los dueños se van, nos quedamos sin internet, y eso también tiene sus cuestiones positivas y negativas. Lo malo es que nos complica planificar nuestros movimientos, o intentar conseguir otro lugar donde quedarnos cuando tengamos que dejar este, algo que tal vez pase muy pronto, ya que por toda esta locura, la gente no sale de sus casas y cada vez hay menos clientes en el café. Lo positivo es que no podemos leer las noticias todo el día ni ver las redes cada dos minutos, lo que aísla nuestro cerebro del exceso de información y pesadumbre que reina todo en estos días. Y eso también es un alivio. Además, esa desconexión nos permite disfrutar de estar juntos y nos da tiempo para hacer lo que debemos hacer, como escribir esto, porque escribir es desintoxicante.


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