Paloma de otro diluvio

Libro de los pasajes | Por Diego Tatian

Glauce es un nombre que no permite confusión. Como Macedonio, como Oliverio, como Xul, como Deodoro, como Clarice, basta por sí mismo para designar, inequívoco, a la única persona en todo el mundo que pareciera ser su portadora. El de Glauce es además un nombre signado por la tragedia, que Eurípides recoge de una antigua leyenda. En su “Medea” -que inspira a la de Séneca, a la de Pasolini y a otras-, Glauce muere (“abrasada en sus médulas por una llama serpeante”, en la versión senequiana) al colocarse un peplo envenenado y una diadema de oro, que Medea le había enviado con sus hijos haciéndole creer que se trataba de un presente. Acaso en el nombre que viene de tan lejos se prefigura un “signo de fuego”.

Glauce Baldovin nació en un hogar sin libros. Muchos años después, escribirá: “Nuevamente la tragedia / Esquilo Sófocles Eurípides en mis venas”. Y en el tremendo “De los poetas”, cuya lectura nos devuelve al mundo visible como quien acaba de sobrevivir a un terremoto, un cataclismo o una guerra, nuevamente Eurípides. Pero no “Medea” sino “Hécuba”. La hermana íntima, invitada a sentarse junto a ella en el concilio de la venganza, aunque permanezca con su lengua muerta en silencio, para decirle bajo el agua del tiempo, como si hubiese encontrado algo que después de dos mil años pudiera reparar lo que una tarde reveló el mar: “¡Oh, Hécuba, yo conozco al asesino de mi hijo!”.

A través de los siglos y las estaciones, “las madres terribles levantaron la cabeza”. Para escuchar callada una lo que la otra dice con su lengua viva, que no es capaz pronunciar la muerte. Tal vez sea por esa miseria de la lengua que nadie entiende: salvo ella, Hécuba, la única que trae en su memoria lo que la lengua de Glauce no sabe decir. La única que parece advertir, aunque pertenezca a otro mundo y a otra lengua, la imposibilidad de desaparecer a alguien (desaparecer es un verbo intransitivo y sin objeto directo); que solo es posible “secuestrarlo” para volverlo loco o arrojarlo al mar. Pero es necesario que también Hécuba hable de una vez, como lo hacen los poetas, aunque ella no lo sea y aunque lo haga en una lengua muerta y ya sin uso. Aterida en su casa de Córdoba, sentada en una silla, bajo las mismas estrellas mudas, Glauce sabrá escuchar lo que tenga por decir. Hécuba no es una poeta sino una madre, y lo que tenía por decir lo dijo sólo -si es que lo hizo- en voz muy baja, en el oído de la que, sentada en una silla, esperaba su palabra. “De otros diluvios una paloma escucho / se me pone en el hombro / me habla extrañas palabras al oído”. De un diluvio al otro, el perdido lenguaje de las madres deja su ramita de olivo en una tierra que no es propia, y por eso su destino es siempre exótico.

Antes de “arrojarse a la pileta del alcohol”, las horas de Glauce son horas de visitas que no llegan; o peor aún, que llegan, pero no las que esperaba. Horas que pasan hacia atrás, con minutos como puñales que se clavan en la carne, sin salir nunca del invierno que muestran todas las ventanas. “Vivo en Córdoba, una ciudad de la Argentina, en este año / bisiesto, incierto y de presagios, / ¡Oh los sueños! Dejo los sueños para los que consiguieron / transfigurar el tiempo / y los rostros y las calles y hasta el alma. / Yo sé que estoy parada sobre muertos sin tumbas sin cruces / sin montículos / que quizá camino sobre ellos / o que escupo en la tierra que los guarda”.

Muchas personas han cuidado amorosamente de la poesía que Glauce Baldovin acumulaba como si estuviese tejiendo un lecho de palabras en el que dejarse finalmente morir. Para que no se pierda, para que no se olvide, aunque nada pueda hacerse con la ofrenda de su maldición; herencia incandescente como despojo del que lee; don de nadie. Julio Castellanos, Livia Hidalgo, Eugenia Cabral, Leandro Calle, César Vargas, Alejo Carbonell y otros conservaron sus poemas, y cuando fue seguro hacerlo los liberaron como quien suelta una paloma sobreviviente de infinitos diluvios, hasta que pudo realizarse la reciente edición de la poesía completa por la editorial Caballo Negro (2018). Durante muchos años -desde la escritura de “El libro de Lucía”, probablemente en 1967, hasta su publicación en el primer libro de Glauce Baldovin en 1987 por la editorial Alción- su poesía circulaba con cautela salvaje, de mano amiga en mano amiga, como lo hace el alimento que no se adquiere, sino que alguien prepara para alguien, aunque sea un desconocido, o para alguien que no lo es pero ya nunca volverá a sentarse a la mesa.

En la periferia norte de la ciudad de Córdoba, quizá sobre muertos sin siquiera montículos encima de su muerte, una calle (o más bien un pasaje) que se extiende a lo largo de tres cuadras lleva el nombre de Glauce Baldovin. Apenas trescientos metros de casitas humildes, cuyos habitantes acaso nunca se preguntaron a quién perteneció ese nombre tan extraño, como de tragedia griega, asignado alguna vez al pasaje que encuentran cuando salen de sus casas. Y así se extiende la ciudad, con restos incomprensibles de desgracias que (como la de Hécuba, como la de tantas), después de un tiempo, no habrán ocurrido nunca.

 
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