Pedro Milesi recuerda rostros

Córdoba. Libro de los pasajes | Por Diego Tatian

A mitad del viaje, los presos comunes se habían amotinado y estaban decididos a hundir el buque de marina que los transportaba a la cárcel de Ushuaia junto a presos políticos que habían resistido la dictadura de Uriburu y ahora resistían la de Justo. Eran años malos. No era la primera vez que Pedro Milesi sería encarcelado. En el viaje al Sur, tuvo miedo por primera y única vez cuando sintió que los presos golpeaban con objetos contundentes las paredes de la bodega del buque, decididos a hundirlo. Habló con el oficial y le pidió que lo dejara mediar con los amotinados. Logró disuadirlos a cambio de recibir doble ración de comida y no más castigos físicos.

Lo esperaban meses durísimos en la cárcel del fin del mundo, pero al menos seguía con vida. Y había logrado salvar de las requisas un cuaderno, un lápiz y un libro de Kropotkin -que una noche en la enfermería le leyó al Petiso Orejudo, internado después de una paliza propinada por sus compañeros de celda por haber maltratado a un gato. Jamás volvió a tener miedo en toda su vida.

Muchos años después, una noche estrellada Pedro se sentó a fumar con su perro echado junto a él, envueltos en el persistente sonido de los insectos que el viejo escuchaba atento como si fuera la armonía de una insistencia colectiva por transmitir algo inmemorial. Su compañera había muerto el invierno pasado y él había quedado solo con su perro en la casita de Bialet Massé, donde tanto trabajaron juntos. ¿Había sido suya o de ella la idea de ir a vivir a Córdoba? Ya no lo recuerda. Pero sí recuerda cuando plantaron el nogal. Más tarde vinieron la huerta y el jardín, después de muchos meses para transformar el pedregal en tierra fértil.

La noche se abre estrellada porque no hay luna y de tan oscura no pueden verse los árboles, pero se sienten. Como todos los sábados, al día siguiente vendrían a almorzar con él Horacio Poggio, Susana Fiorito, Andrés Rivera, Guillermo Izaguirre, Ruth Ferniot, el Gringo Tosco y Susana Funes. Pero esa noche, sin que supiera por qué, lo perseguían tantos rostros desvanecidos que ahora se parecían entre sí, tal vez por la acción del tiempo o por una simplicidad de la memoria. Como el rostro de José Boglich, quien una noche como esa, pero de 1912, le habló de Marx y lo sacó del anarquismo expropiador para volverlo comunista. Pedro Milesi lo escuchaba con devoción, como en Ushuaia lo escucharían a él los presos del fin del mundo cuando les hablaba del papel de las mujeres obreras en las luchas sociales, de la Revolución rusa o del materialismo histórico. Nunca Pedro había sentido tanta atención como la de esos miserables escuchando de su boca los rudimentos del marxismo. Al día siguiente serían molidos a golpes, estaqueados en medio de la nieve como represalia por alguna desobediencia o fusilados, pero en medio de toda esa fragilidad en que la vida no vale nada, la avidez por las ideas crecía incomprensible. (A cambio, solo les pedía historias del gran Simón Radowitzky, quien por hacer justicia con Varela había estado recluso en el penal hasta hacía poco tiempo). Recordó el rostro de obreros anarquistas en un local destartalado de Montevideo, y el de Eduardo Barros y Francisco Mena durante la huelga que había comenzado en Alcorta. Había ido al mitin de Firmat la tarde de 1912 en que fueron asesinados por la policía.

Pero eran los rostros compañeros durante la huelga de Vasena los que esa noche lo asediaban, sobre todo. También el de los matones de la Liga Patriótica que financiaba Anchorena. Recordó el cortejo desde Barracas hasta Chacarita (200.000 hombres, mujeres y niños que llevaban a pulso los ataúdes de los compañeros caídos) mientras entonaban “Hijos del Pueblo” con alegría y con rabia. Después la emboscada en el cementerio, el tableteo de las metrallas disparadas a mansalva y cientos de muertos más. ¿Por qué lo persiguen tantos rostros, como una turba de espectros que se levanta cuando la tarde cae y ya no lo dejan hasta que se lo lleva el sueño? ¿Será en honor de ellos que se pone su único traje, su corbata y su sombrero siempre que el Gringo lo invita al sindicato, o cuando va a las asambleas de Sitrac-Sitram? El Payo Boglich le había enseñado a estar bien vestido si asistía a la casa de los obreros, pero él lo hacía por un respeto diferente, impreciso y reverencial.

La historia agrega que había nacido en Buenos Aires en 1886; que luego de abandonar el anarquismo de juventud se hizo comunista, y que en sus últimos años fue militante trotskista. Que trabajó como agricultor, obrero metalúrgico, empleado municipal, artesano del vitraux y muchas otras cosas. Que no terminó la escuela primaria, pero escribió durante toda su vida proclamas, manifiestos, memorias y breves ensayos; estudió lenguas extranjeras para mantener contacto epistolar con obreros revolucionarios de todo el mundo, fundó bibliotecas populares, centros de estudio y ateneos de capacitación política. Que sus últimos años vivió en una pequeña casa de la calle Maestro Vidal, en Córdoba, y que el 5 de noviembre de 1975, al desatarse la represión durante el entierro de su amigo Agustín Tosco, debió correr tanto como lo había hecho en el cementerio de la Chacharita en 1919 (sólo que entonces tenía 30 años y ahora 86). Que murió a los 92 años, cuando Luciano Benjamín Menéndez era dueño de Córdoba y había asesinado a muchos de sus compañeros y amigos, exactamente como durante los días sangrientos de la Semana Trágica lo había hecho el entonces teniente primero de caballería José María Menéndez, para jactarse de ello durante muchos años en las sobremesas familiares, ante la admiración sorprendida de su hijo Luciano. Y que él, el viejo Pedro, nunca dejó de recordar sus rostros, uno por uno, aunque con el paso del tiempo se parecieran tanto.

 
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