Días sin relojes

Cotidianas | Por Silvia N. Barei

No tengo nada agendado ni pasa nadie a buscarme. Los amigos suponen que debo estar de “solo estar” nomas, como escribió el gran Manuel Castilla, y a cualquier hora del día muchos mensajes me llegan desfasados en el tiempo, como si escribirlos y enviarlos fueran dos operaciones dislocadas. Sé que ahora son las seis de la tarde porque empiezo a sentir un poco de frío y las perras se han puesto inquietas, dan vueltas y me miran. Sus gruñidos me alertan como quien avisa: Che, ¿hasta cuando vas a estar al frente de esa máquina? ¡Afuera suceden cosas! “¿Seguro?”, tengo ganas de retrucarles), pero les doy a entender que he comprendido mientras miro por la ventana un cielo indiferente, igual al de ayer y al de mañana, sin señales ni asomo de tormenta. Me levanto para ver qué pasa en la rutina de estos días sin sorpresas, sin ruidos, sin itinerarios y por supuesto, con malas noticias y ningún milagro. Pero otro ladrido insistente me obliga a acercarme al balcón y mirar hacia afuera.

Un gran reloj de pie, como el que estaba en casa de mis abuelos, de diseño antiguo y gastado, pasa caminando calle abajo. Pareciera que al antiguo Junghans alemán se le ha dado por salir a pasear, total nadie lo ve. De su parte más alta asoma un sombrero y en un costado veo una mano con un guante que lo va sosteniendo. ¿Por qué habré dicho que son días sin relojes? Me viene al recuerdo entonces “La persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí, esos relojes que se van derritiendo. Dalí era un surrealista empedernido, en el cuadro vemos una criatura rara tirada en la arena, un mar cercano y muchos relojes que se derriten; dijo que era la representación de un sueño, más adelante dijo inspirarse en unos quesos fundidos franceses, y al final cambió de idea y explicó que se había referido a la teoría de la relatividad de Einstein, al universo reversible en que tiempo y espacio se vuelven sobre sí mismos.

La dislocación, la modificación de las formas de los relojes de Dalí no implica pérdida de información sino creación: todos marcan una hora, un presente, una relación con el pasado y el futuro, es decir, una idea de duración del tiempo de la vida. La ruptura de la simetría es solo aparente, ya que el equilibrio mismo del cuadro la resuelve en su efecto doble: desarticula la representación, pero no la precisión con que finalmente fluye el tiempo en la dinámica inestable del mundo.

También pienso, viendo perderse el reloj antiguo en el declive de la calle de tierra, que este año se cumplen 20 años de la muerte de Kati Horna, la fotógrafa surrealista mexicana, bastante desconocida por estos sures, quien junto con Leonora Carrington y Remedios Varo fueron llamadas por la prensa “las brujas del arte”. Estas tres mujeres -acaso una cuarta hubiera sido Frida- con sus fotografías oníricas, sus pinturas surrealistas, sus representaciones teatrales, trataron de dar cuenta de los acontecimientos de un mundo también dislocado, fuertemente desfasado, o incluso podríamos decir con Dalí, derretido. A mí me gusta especialmente la fotografía de Kati Horna de un vestido de novia que se derrite tirado en una cama sobre un rostro como una máscara desfigurada, tal como el cuerpo en la arena con relojes fundidos desparramados por la playa. Porque el mundo del siglo XX también era posible de fotografiar bajo la lente estética y despiadada del surrealismo. Así como lo son estos días de pandemia en que ese vestido abandonado, y esa máscara dislocada, muy bien podrían representar a todas las novias o todas las fiestas que desde marzo se quedaron sin ser.

En estos días sin relojes o con viejos relojes salidos a pasear, puedo citar hechos que suceden o han sucedido. Y si no estuviera documentado lo que cito, cualquiera diría que me ha afectado seriamente la pandemia o que me he vuelto una surrealista trasnochada. Pero he aquí una lista incompleta de sucesos “reales”: usar como excusa la enfermedad para decir que vivimos en dictadura inventando el neologismo de “infectadura”; atribuir razones políticas a un crimen de índole privada; acusar a una “cholita” de traer el virus desde Bolivia cuando eran los custodios de un gobernador contrabandeando coca; querer independizar una provincia mediante un Mendoexit; decir que “no hay judios pobres”, o que solo se contagian los que quieren; reclamar libertad porque se muere más gente en accidentes de tránsito y nadie se aísla por ello; insistir con que la pandemia es “un espejismo”; armar una caravana para viajar hasta el Congreso; gente de bolsillos escasos defendiendo a una empresa a la que ni los bancos extranjeros defienden; cobrar el subsidio que da el Estado siendo ultra neoliberal; disimular los excesos de los espías; agredir a la prensa en nombre de la libertad de prensa; y un largo etcétera de hechos y discursos que mínimamente pueden llamarse tóxicos.

Para el tiempo en que los relojes dejen de caminar por la calle habrá que pensar por qué la imposibilidad de construir acuerdos y proponer un diálogo fecundo. Por qué la crítica despiadada a una necesaria colaboración política y elaboración de nuevos consensos. Hay múltiples tiempos: los de la ciencia que ahora va justamente “contra reloj” en pos de la vacuna, los de la política que debe gestionar la crisis, los que sirven al caos, los tiempos de la naturaleza, los largos tiempos de la historia y del cosmos, y también, un sentido íntimo, personal, del tiempo que nos pone frente al desafío de pensar en nosotros como parte de un colectivo. El tiempo no surrealista pero sí dislocado de los niños y maestros que no van a la escuela; el de los que no pueden trabajar y se han “reciclado”; los que llevan a alguien a un albergue y le dan una frazada y los que prenden fuego a una mujer en situación de calle; los que suman brazos y los que no quieren dar ni un dedo para ayudar; los que ponen un arbolito y los que queman bosques enteros.

Nunca vi volver al antiguo Junghans por la calle de mi casa. A lo mejor ya era de noche y yo estaba adentro, al abrigo del frío, como no todos pueden hacerlo. A lo mejor son solo los animales los que por estos días tienen buenos oídos.

 

 
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