Un taller propio

Córdoba libro de pasajes | Por Diego Tatián

Reunirse durante 50 años en una casa de barrio a conversar, discutir y polemizar sobre arte no es algo que haya sucedido en Córdoba con demasiada frecuencia. Esa casa de la calle del barrio General Paz, en la que Rosalía Soneira tenía su taller, se animaba todos los sábados de todas las semanas, durante todos los años desde 1939. Es posible que, entre sus paredes, el nombre de Mark Rothko o el de Jackson Pollock hayan sido pronunciados por primera vez en la ciudad. No lo sabemos, pero es posible presumirlo. Y quizá haya sido esa misma casa la base de operaciones para la intervención de las estatuas del Parque Sarmiento y otros puntos de la ciudad, que una mañana de 1940 aparecieron vestidas con camisones y ropa interior. Se trató de una legendaria humorada en defensa de Ernesto Soneira, hermano de Rosalía, cuyo cuadro “Bañistas” había sido censurado por mostrar algunas figuras desnudas.La leyenda transmite que Horacio Juárez, Deodoro Roca, Manuel Rodeiro, Blanca del Prado, Rafael Alberti, Saúl Taborda, Olimpia Payer, Mercedes Orgaz, León Felipe, José Malanca… frecuentaron la casa de General Deheza 454, o participaron de algunas de sus tertulias.

En largas caminatas por el campo de los Payer en Pampayasta, Rosalía aprendió mucho de Olimpia. Ella era aún una niña, cuando Olimpia participó de las luchas en favor de la enseñanza del desnudo, que la kglesia condenaba con el mismo infierno como arte “enfermo” y “repugnante” -en términos similares a los que pocos años después se llamaría “arte degenerado”-, y el Gobierno había prohibido por un decreto según el cual“el espectáculo del desnudo entero al natural no es posible sin herir el sentimiento del pudor que constituye algo así como la voz de alarma que la misma naturaleza hace sentir en salvaguarda de la idea moral grabada en la conciencia humana”.

Las unía un afecto agradecido y sincero por Emiliano Gómez Clara, que había muerto demasiado joven pero no sin dejar en ellas una marca imborrable. Como a tantos otros (como a todos), la ciudad lo había deglutido sin piedad para continuar igual que siempre, igual a sí misma, ostentando una pacatería de la que Rosalía y Olimpia se burlaban sin ningún optimismo. Pasaban tardes enteras, hasta bien entrada la noche, pintando en el taller de la calle General Deheza. Algunas veces iba también Mercedes Orgaz, cargada de libros.Mientras Rosalía y Olimpia pintaban, Mercedes leía en voz alta alguna página que le había impresionado, o un poema.

Un día le dijo a Olimpia que se iría de viaje. Acababa de pintar “Convento frente al río” y no sabía por dónde seguir, ni cómo. Olimpia le había mostrado “El abrojal” y algo en esa tela la puso triste. Algo que tenía que ver con la ciudad, que el cuadro captaba muy bien. ¿Dónde están los seres humanos? ¿Se han ido, a dónde? Solo se mostraban en él casas deshabitadas y calles desiertas. Rosalía sintió que ya no era joven, que la vida se le iba insensiblemente, y quería ver. Ver lo que nunca había visto, sentir la inmensidad del mundo, perderse. Se fue. Erró y miró. Lo que vio, nadie podrá saberlo nunca. Cuando volvió, ya no quería formas ni figuras. ¿Es posible que el Norte argentino, sea lo que sea lo que Rosalía hubiera visto allí, la haya llevado de a poco haciael informalismo y el expresionismo? Ernesto había continuado con el “Taller de los sábados”. Nadie le preguntó nada cuando,al regresar del viaje, se reincorporó a las tertulias. Pero todos la notaron más taciturna y silenciosa.

Una noche soñó colores que no existían. O al menos que ella no había visto nunca. Durante muchas mañanas inundadas de luz los buscó en su taller, sin lograr prepararlos.Toda mezcla fue inútil. Eran vestigios de un mundo desconocido. Muchos años después, en París, vio algunos de los colores soñados, disimulados en algún rincón delas composiciones abstractas de Georges Arditi.Pero solo algunos. Toda la vida que le quedaba por delante la dedicó a la búsqueda de esos colores,ya cada vez más desvanecidos en su memoria, que sin embargo nunca más pudo volver a ver.
De lo que había hecho antes de soñar con colores que no existen, solo le interesaban los dibujos médicos que le encargaban los estudiantes de cirugía. Todo lo demás le parecía retórico y banal. Había pasado mucho tiempo desde su primera exposición en Fasce, cuando apenas tenía 20 años. Jamás volvió a sentir la alegría que le deparó el día de la inauguración. El mismísimo Cárcano había ido a la exposición; preguntó quién era la artista y se acercó a conversar con ella sobre una pequeña naturaleza muerta que le había impresionado (pero ¿existió esa conversación?; los años vuelven indistinguibles la fantasía y el recuerdo).

A veces, aRosalía le parece sentir que nada importante le sucedió desde ese día, ni que hubiera aprendido algo que la conmoviera. Los cursos de historia del arte que muchos años después tomó en el Louvre, no hicieron más que agrandar su soledad. Nada de lo que allí oyó decir a supuestos especialistas le pareció verdadero. Se puede ser especialista y no entender nada. Lo más verdadero que le había sucedido era haber soñado con colores que no existen, y la naturaleza, que tanto parecía revelar cuando caminaban con Olimpia por los senderos de Pampayasta, hacía muchos años. También algunos momentos de felicidad cuando todos se habían ido y ella quedaba sola en su taller, en mitad de la noche. Pero eso era demasiado poco para justificar una vida. O tal vez no.

 
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