La supremacía de las distancias

Por Pancho Marchiaro

Las palabras, como las personas, tienen su propio prestigio. Tienen su vida, se hipotecan, enviudan, y enamoran. Envejecen acumulando belleza o se vuelven viles. De la misma manera que en una sociedad, la comunidad de términos observa como unos integrantes experimentan ascensos y descensos de popularidad. Esta circunstancia muchas veces alcanza a toda la familia.

La familia “viral”, a manera de ejemplo, experimentó un vertiginoso ascenso en las últimas décadas. Virus -el patriarca, no la banda de rock nacional- nació vinculado con el veneno. En el siglo XIX adquirió sentido médico: una entidad biológica que se replica a sí misma de forma patológica e invasiva. Sin embargo, a principios de este siglo se glorificó lo viral al redefinirse como la capacidad de propagación veloz de una información. Un polémico atributo que ganó mucho terreno llegando a desplazar, en importancia, al contenido. Algo replicado, no importa qué, era valioso.

Este año, sin embargo, se derrumbó toda la estirpe y culpa del Covid-19: el clan virósico nuevamente volvió a su estigmática condición nefasta.

Las “distancias” son una familia matriarcal que vive varios tomos antes de los virus (sí, niños, antes las palabras vivían en diccionarios, y se ubicaban en tomos. Eran como pueblos cuya vecindad dependía de la cercanía en el alfabeto).

Una distancia significaba la acumulación y sucesión de espacio y, junto al tiempo, integraba las coordenadas que ordenaban el entendimiento: espacio y tiempo.

Distante era inalcanzable, y desaparecía cuando algo se aproximaba. Enemistada con cercanía, rápidamente se diluyó en su propio linaje. La distancia matemática, así como su hermana la distancia física, no parecen aclarar si están lejos o próximas, sino que apuestan por la exactitud de una ubicación o, en el segundo caso, una trayectoria.

Ese repliegue conceptual, ese acortamiento de las nuevas generaciones, es una sublevación que gana belicosidad en estos días.

La distancia ya no es lo que era

Tennessee Williams escribió que “el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares”, y permite recordar que desde la década de los 50 existía una organización llamada International Youth Service, con sede en Finlandia. Su misión era conectar niños entre 10 y 20 años de forma gratuita para ejercitar la correspondencia en su amplio sentido. Yo mismo tuve la suerte de llenar un formulario -en los primeros 90- que identificaba los idiomas que manejabas, así como tus intereses, para entablar una relación de amistad postal. Mucho antes de Facebook, buscábamos vínculos en una suerte de plataforma global que unía “pen friends”. Desapareció en 2008, cuando ese tipo de distancias se devaluaron junto al arte de escribir cartas. 

Marco Polo tuvo el enorme coraje de viajar en un tiempo lento, de distancias marítimas, y lo remoto como horizonte. Estas y otras razones lo erigieron en el héroe de los turistas alternativos. Los “pen friends” fuimos marcopolos en la batalla para entablar amistades mediadas por la escritura. 

Así como la distancia escrita, las relaciones a la distancia fueron un ejercicio de poética y seducción en su más refinada forma de redacción, llamadas y complejos ejercicios explicativos. La paciencia y el deseo hacían largas colas para que el cajero del amor les entregara efectivo. Paradigmáticamente esas largas colas tenían, finalmente, menos cola de la deseada.

La curvatura de la distancia en este siglo, de la mano de la eficacia en las comunicaciones nos permite recibir una llamada, inclusive una videollamada, de una persona sin saber si está en Barrio Alberdi, Buenos Aires o la lejana e inverosímil China. En este último y misterioso caso, quien nos llame de noche, además de estar más lejos de lo comprensible, estará en un tiempo distinto: él habitará mañana y yo hoy. Tengamos en cuenta las 11 horas de diferencia para reivindicar a Williams. 

Igual de pendencieros resultan otros herederos del clan distante que se entremezclaron en el árbol de la semántica.

Pensemos en gastronomía a distancia, una idea tan desopilante y desabrida como exitosa. Basta ver a Javi Rosemberg hacer recetas con impronta futbolera para sus 2.7 millones de seguidores en TikTok. Existe y tiene potencia. Eso sí, toda la sensualidad de un bocado entrando a la boca deberá ejercitarse en cercana soledad.

El sexo a distancia, sexteo o sexting (tambien en relación a cercanías y soledades) está de moda. Todo lo tedioso y postalmente caro que podía ser excitar a otra persona por carta, hoy se hace en un abrir y cerrar de cámara, siempre y cuando el wifi esté firme.

Hablar de juegos a distancia no tiene ningún sentido, ninguna gracia, cosa que sí conservan las desopilantes instrucciones de la española mal medicada que grabó las instrucciones de la aplicación para hacer gimnasia virtualmente.

Es que el humor nos acerca, ya lo dijo Víctor Borge: “la risa es la distancia más cercana entre dos personas”.

La gramática de las relaciones distantes

La distancia geográfica se ha comprimido (o directamente se ha diluido), al punto que enseñar a distancia hoy es tan habitual que resulta mayoritario, e inclusive el único modo posible de aprender. Esta rebelión de formas, reglas y estructuras de la educación arrugan la distancia para que la maestra entre en nuestra casa a diario. Dicho así, jamás lo hubiéramos imaginado, ni alumnos, ni padres, ni mucho menos docentes. Pero sucede cada mañana. Por la tarde veremos a uno de nuestros hijos hacer karate por zoom en una distopía espacio-temporal.

Lo que antes era literalmente imposible de realizar a distancia, hoy es virtualmente posible.

Asímismo, por un asunto de contrato generacional, me veo en la obligación de defender el tirón de pelos en vivo y, con más entusiasmo aún, la caricia de la seño de 4º grado por la cabezota, antes del recreo de las nueve.

Querríamos estar amuchados, pero no se puede. Actualmente, el distanciamiento social es el más popular de los integrantes del abolengo. Aunque todas las personas le conocen y respetan, también es temido por recio. Puede estrangular a grandes sectores sociales de una sola vez. Cines, teatros, música en vivo y muchos otros ámbitos conocen de su severidad.

El arte abstracto especula con una distancia figurativa. Sin embargo, demanda de la cómplice mirada, con los ojos entrecerrados, las manos en el bolsillo, y las nalgas levantadas, para su disfrute. Y lo mismo pasa en tiempos distantes para sensaciones íntimas: necesitamos el calor de las manos del médico, el olor a sudor de los gimnastas y las sábanas derritiéndose sobre tus senos dormidos para que el cuerpo, y la mente, sepan que han aprendido, comido o corrido.

Aunque las distancias se achicaron en el mundo, las personas se volvieron distantes y esa es la gran dicotomía que debemos transitar.

En este tiempo conviene guardar las distancias, tanto con ánimo de preservarlas como de archivarlas porque dan nostalgia y perspectiva simultáneamente. Pero en ese ínterin hacen su juego: se redefinen, nos asustan e interpelan. Se acortan, se curvan, se vuelven relativas y, por momentos, intransitables.

 
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