Andar despiertos hasta encontrarnos

El jinete insomne | Por Patricia Coppola

La historia, la oficial, a veces obliga a los pueblos a perder la memoria. Cuando la recuperan, comienza otra historia.

Cuentan que por el año 1824, el Libertador Simón Bolívar pasó una noche con su ejército en Rancas, pequeñísimo pueblo campesino cercano a Cerro de Pasco, en los Andes Centrales en Perú, para recomponer fuerzas, antes de la victoriosa batalla de Junín. Allí, en Rancas, arengó a su ejército antes de salir en busca de los realistas:

“¡Soldados, vais a completar la obra más grande que el cielo ha encomendado a los hombres: la de salvar el mundo entero de la esclavitud!”

Exactamente en el mismo lugar donde Bolívar realizó la proclama, algo así como ciento treinta años más tarde, la Guardia Civil les advirtió a los comuneros que tenían que desalojar esas tierras, que eran de propiedad de la Cerro de Pasco Corporation.

Una mañana de mayo del año 1960, las fuerzas policiales ordenaron descargar sus armas sobre los indios que se hallaban congregados en la plaza. La desigual batalla comenzó. Alrededor de las 2:00 de la tarde, don Genaro Ledesma, el Alcalde, se apersonó y mostrando un enorme coraje obligó a las tropas a retirarse, las que lo hicieron dejando tirados a los muertos y a los heridos.

El líder campesino de Pasco, Raymundo Herrera, cuenta que el espíritu de un comunero muerto se le presentó y le recordó: “¡Hemos vencido a los españoles!, ¡somos libres y viviremos en una tierra libre!”. El precio de aquella libertad se contó en vidas, no morirían en vano, les reconocerían la propiedad de la tierra. “Pero no nos dieron la tierra”, dice Raymundo Herrera. Eso lo pasaron por alto las narraciones de grandeza del Ejercito libertador.

Raymundo Herrera no duerme. Está parado sobre el suelo de los reclamos de todas las generaciones. El maíz, los hombres, los ríos brotan, crecen, se exaltan, mueren, desaparecen. Lo único que permanece son los abusos.

A veces, se pregunta Raymundo Herrera, si es él el único forzado a proseguir con los ojos abiertos. Había escuchado historias sobre otros insomnes. Se acordó de un alcalde de indios quién también padecía por sus ojos abiertos. Cuando murió, en vano quisieron coserle los párpados. Sus ojos rebeldes no se rindieron

¿Es que alguien habrá dispuesto que exista una raza de hombres despiertos, condenados a recordar, a no dormir mientras no se haga justicia?

Esa noche, como todas las noches, está despierto, no puede cerrar los ojos.

Raymundo Herrera ha decidido que mientras no acabe de levantar el plano de las tierras que les pertenecen, mientras sus demandas sigan con los ojos abiertos, él tampoco los cerrará. Están reclamando sus tierras desde 1705, hace 250 años. No lo vencerá el sueño. Lo único que necesita es que lo conversen. Decide que, acabada cada jornada, se nombrará una guardia contra el sueño. El sueño espera que él cierre los ojos. No lo hará.

Se levantó, ensilló a Cortavientos, su caballo manso, y anunció: “Nuestro pueblo tiene título de propiedad expedido por el Rey de España en 1705. El Rey mandó que los indios no sean desposeídos sin primero ser oídos y por fuero y derecho, vencidos. Voy a recuperarlo: Derecho es Derecho”

Raymundo Herrera montó a Cortavientos sin apurarse y partió trotando la subida. “¡Necesitamos ese plano! ¡Hay que restaurar el orden del mundo!” Sale a medir los límites. Una cabalgata de 21 días. Sin dormir.

El viejo desmonta. En la puerta de su casa se vuelve. Mira con jactancia, con satisfacción. “He cumplido, señores”, exclama. Entra arrastrando los pies. Nadie puede sobrevivir 21 días sin dormir. Eran las seis de la tarde. A las siete se murió.

Depositaron el ataúd al borde del hoyo que contendría ¿por fin? el sueño de Raymundo Herrera.

El jinete insomne cabalga en una fascinación trágica. Se sabe vencido de antemano, condenado sin tiempo.

“Pero no nos dieron la tierra. Cuando los hombres comprendan que es imposible probar una causa justa entonces comenzará la rabia. Les dejo de herencia lo único que tengo: mi rabia”. (“El jinete insomne”, Manuel Scorza).

 
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