Reflejos en un ojo adorado

Escritoras en pandemia: Mariana Enríquez | Por Pablo Natale

Solo voy a escribir sobre un cuento. Ese cuento quizás ustedes lo leyeron, quizás no. Se llama “Edificio Mayor piso diez” (lo pueden encontrar online) y es de Mariana Enríquez, especialista contemporánea en los relatos de terror. El cuento, debo aclararlo, salió a fines de mayo, es decir, en un contexto en que la relación que como sociedad teníamos con la cuarentena y con la pandemia era un tanto distinta y había un amplio apoyo a las medidas de cuidado social.

Lo resumo así nomás: el cuento transcurre en un futuro posterior al 2042, y tiene como protagonistas a dos jóvenes en aislamiento (la narradora y un tal “NJC”), quienes miran desde un edificio lo que pasa en las calles mientras esperan a ser sacrificados. Primer elemento de terror: esos jóvenes hablan de un covid-42 y de los covid anteriores. En el cuento la situación pandémica se ha complejizado al punto de que hay un grupo minoritario de ciudadanos que son inmunes, cuya función social es permanecer en espera para donarle órganos al resto. Segundo elemento de terror: en las calles hay autos en movimiento, pero nadie caminando; caminar es sinónimo de deambular, y eso es sinónimo de protestar (quienes lo hacen son fulminados por una luz que los eleva hacia el cielo y los hace explotar).

En el cuento de Enríquez al horror pandémico se suma la conciencia del sacrificio físico de un grupo, y a eso se suma el horror de la violencia estatal. Hay un tercer elemento terrorífico: el personaje de “NJC” le pide a la protagonista que le cuente cómo las luces policiales iluminan el territorio. A NJC están por sacarle las córneas para implantárselas a otros ciudadanos; observar con las palabras de otro es su último deseo. Mirar lo ya visto: esa es la última épica que parece quedar antes del fin.

Durante décadas estos tipos de textos se han llamado distopías, y hay quienes dicen que es la forma que las literaturas tienen de criticar al presente, pero también de contagiarse del presente para interpretar ciertos futuros posibles. Ese cuento de Mariana Enríquez parece darnos noticia, allá a fines de mayo, sobre el futuro cercano, como si fuese una página de un periódico que, en lugar de infectar a los ciudadanos con sus noticias (redactadas para generar caos y beneficiarse con eso), describiera, en otro código, algo de lo que estábamos viviendo y la reconfiguración de los miedos que estaba a la vuelta de la esquina.

Primer punto, entonces: el 26 de mayo de 2020 Enríquez escribe sobre dos personas “jóvenes” aisladas de otros grupos etarios. Esos jóvenes además serán sacrificados para otras vidas, y los viejos sueños de juventud que todo lo experimenta quedan perdidos y enclaustrados: solo les queda mirar, describir y morir. Nada de esto ha ocurrido literalmente, pero sí ha ocurrido el miedo a que ocurra: parece existir desde mediados del 2020 un énfasis velado en las diferencias generacionales y los modos de atravesar la pandemia. Es como si ciertos jóvenes dijeran: no queremos ser los de ese cuento, no vamos a sacrificar nuestra juventud por otros, no seremos solo el ojo que hace zoom.

Segundo punto: en las calles del cuento solamente hay autos, las manifestaciones (a pie) han desaparecido. Hay un grupo de rebeldes del que se tiene noticias pero que ha fracasado; la violencia estatal tiene la forma del espectáculo eficaz y no conocemos los nombres ni los cuerpos de las víctimas porque son fulminados inmediatamente. El Estado es un Estado represor que emula, con tecnología avanzada y eficacia de banda ancha, la violencia de las dictaduras. El terror a que la forma de gestión estatal de una pandemia sea gemela al control militar en una dictadura es el miedo que un sector de la sociedad argentina ha consumido y propagado luego de mayo para romper las medidas de distanciamiento social, sea como un ejercicio de las libertades individuales por sobre los protocolos propios de una pandemia única; sea como voluntad política de desgaste; sea como desinterés por la gestión comunitaria de la salud.

El cuento de Enríquez reescribe dos miedos sociales (el de la juventud enclaustrada, el de los defensores a ultranza del sueño individual) y, lejos de lo que suele ocurrir en sus últimos relatos de terror (literariamente geolocalizados), los convierte en una distopía global (con edificios y sin territorio).

Hay un último elemento de terror, uno que no tiene que ver con la separación generacional o el infectadurismo covidplanista: lo que los personajes del cuento de Enríquez quieren hacer (o más bien lo que les queda por querer) es mirar y describirse el espectáculo de la violencia social. En ese espectáculo que contemplan resignados y en el que perciben cierta ominosidad (y cierta belleza) está también un último síntoma: como si no se pudiese hacer otra cosa que mirar el desastre del mundo. No hay ya olor (efecto del covid-19 quizás), no hay ya tacto, no queda poesía en el fondo de los ojos, no queda trabajo en común en construir otros relatos ni la posibilidad de mirar hacia otra parte. La última distopía es el “realismo” de la distopía (que a su vez es el pragmatismo urgente de los noticieros). Traduzco: es como si solo existiera lo que está existiendo. Ese es, justamente, el centro eficiente del terror.

 
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